EDUARDO SAN JOSÉ
Vaya por delante y al grano: ésta se carga de razones para ser la mejor biografía integral de Gabriel García Márquez hasta ahora. De lo que venga después no se puede decir gran cosa, salvo quizá que este libro sólo puede ser mejorado por sus propias secuelas, que Gerald Martin anuncia ya entre las más de dos mil páginas que han quedado inéditas. A los diecisiete años de trabajo y trescientas entrevistas que acabó necesitando el inglés, el escritor colombiano sólo puso una condición: «No me hagas hacer tu trabajo»; lo que la convierte en una biografía no ya autorizada, sino tolerada, como se empezó a referir a ella García Márquez.
Cualquier comentario de la obra merece detenerse ante las opiniones cuando menos ambiguas que viene cosechando en la prensa española, y ensayar antes una legítima crítica de la crítica. Puestos en el trabajo de una lectura atenta de las setecientas y pico páginas (contando las jugosas notas), se habrá tenido tiempo de ir leyendo las reseñas que se han adelantado a atajar la publicación de la obra. Resulta que el reproche más común a Martin -el no aportar nada nuevo- revela como síntoma el mismo vicio que parece aquejar al conjunto de esas críticas, obligadas por el medio: la esclavitud de la novedad. El mismo imperativo de la primicia que echan en falta en la obra del inglés es lo que quizás ha apresurado a censurar que la nueva biografía del colombiano es decepcionante y anodina.
Pero léase más despacio y mejor, para descubrir de mano del preciso psicologismo de Gerald Martin la creación gradual de todo un personaje con nuevas notas y matices; y, sobre todo, compárese con lo que había hasta ahora: García Márquez: historia de un deicidio (1971), de Vargas Llosa, se quedaba en la prehistoria y era una recreación biográfica a lo Roland Barthes cuyo fin no es sino la pura crítica literaria. Las descripciones más saladas y ácidas de la bohemia de Gabo entre Barranquilla, París y Cartagena siguen siendo las de Plinio Apuleyo Mendoza (Aquellos años con Gabo, 2000), pero se quedan apenas en ese tranco de vida, y el libro no deja de ser una autobiografía malsana del autor de aquel Manual del perfecto idiota. Quizá la intensa entrevista que ambos mantuvieron en El olor de la guayaba (1994) sea la mejor en su género, pero ninguno podía mantener la distancia que exige la biografía. La más ambiciosa y conseguida hasta ahora era de Dasso Saldívar, con García Márquez: el viaje a la semilla (1997), excelente desde el punto de vista factual, para corroborar la asombrosa genealogía entre vida y obra; pero no desdice su título, y se queda en 1967, a las puertas de casi todo: del caso Padilla y la ruptura del grupo del Boom; de tantas y tan decisivas obras y etapas creativas. Esto, por no hablar de lo que va de las memorias del propio García Márquez, Vivir para contarla (2002), cuya decepción viene no tanto por las inexactitudes biográficas que Martin revela ahora, como por una ausencia de conflicto interior que sólo parecen superar las planas y satisfechas memorias de Pablo Neruda.
Se le reprocha a Martin no aportar novedades de la vida del colombiano, lo cual es como requerir a un fantasma. No terminamos de reconciliarnos con la idea de que un escritor es, siquiera en la definición, alguien que pasa una buena parte de su vida leyendo y escribiendo. Por eso los biógrafos de «hombres sentados» se fascinan ante cualquier voltereta de la criatura. Y bien, esta biografía aporta datos y episodios que el resto de biografías eludían o daban de paso. El más clamoroso ocupa a una mujer trascendental en la vida de Gabo, la española Tachia Quintana, quien por entonces, 1956, venía de un «amor fou» con Blas de Otero: el episodio de su convivencia en París, que a punto estuvo de echar al traste la promesa de matrimonio con Mercedes Barcha, y del aborto que terminó con su relación, mete las narices donde nadie había hecho, hasta una larga entrevista con Tachia.
Haremos a un lado el mediocre y a veces inoportuno dossier fotográfico del libro. Pero otros episodios cuyo reflejo parece haber defraudado, como el famoso puñetazo de Vargas Llosa, la importancia de Carlos Barral en espíritu y materia, o los manejos de la Mamá Grande, Carmen Balcells, creo que tienen su sitio en las memorias y biografías de éstos, pues por la parte de Márquez ya no pueden o quieren ofrecer más de sí. En cuanto a la relación del escritor con el poder, ningún testimonio ajeno ha sido tan expresivo al ofrecer el proceso y las causas de esa fascinación personal, en particular hacia Fidel Castro. Por otra parte, se nos muestra lejos del incondicional, como se puede ver en sus viajes por los países socialistas del Este o en su complejo papel como redactor de la agencia Prensa Latina. Quienes echan en falta no se sabe qué en la historia de los tratos de Gabo con el poder sólo buscan una confesión morbosa y una palinodia que en el fondo saben que no puede llegar jamás.
Si simplemente les gusta García Márquez, no lo duden ni un instante, esta biografía saciará su interés y en gran medida toda su curiosidad; incluso si sienten que ya les cansaban los mundos y modos de Gabo (la seducción nunca es sostenible) y casi daban esta biografía por descontada, aquí regresarán con mirada limpia al universo del colombiano, gracias a una obra que como poco es un prodigioso artefacto narrativo.