JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
En los años treinta, una parte significativa de la joven literatura española se hizo comunista y otra parte, no menos significativa, fascista. ¿Valía más como poeta Rafael Alberti que Agustín de Foxá? Yo creo que sí, sin que eso suponga restarle méritos al escritor que afirmaba «soy conde, soy gordo, soy diplomático, ¿cómo no voy a ser de derechas?». Y sin que tenga que ver la diferente jerarquía literaria con la adscripción ideológica.
No es necesario, nunca lo ha sido, pedir disculpas por ocuparse de autores comunistas; tampoco deber serlo en caso contrario. Juan Marqués lo hace en la «captatio benevolentiae» con que inicia su prólogo a En el alba no hay dudas, antología poética de Luys Santa Marina, en la que incluye muestras del libro inédito Laredo. También las pide -y quizá en este caso sí sean necesarias- por editar a un poeta de discutible interés.
Luys Santa Marina fue un personaje curioso. Sus comienzos como escritor pasaron por la exaltación lírica de la violencia y por evocaciones de la España imperial en un lenguaje trabajosamente pastichista. En Tras el águila del César, su primer libro, leemos: «Estábamos en una cantina. Vino un legionario. "Muchacha, dos copas para mí y el amigo?", "¿Dónde está tu amigo??", "Tú sírvelas, que ahora viene?". Apartó la chilaba y sacando la cabeza de un moro muy feo, la puso sobre el mostrador de cinc? La chica se desmayó y tuvimos que mojarle la cara. El otro reía: "¡Caray que eres sensible?! Bebe, bebe, Mojamed, que es tu última copa, y la pagarás con tu cabeza?". Y le echaba aguardiente por entre aquellos labiazos».
Su libro inicial de poemas, y también el más significativo, muestra una estética muy distinta. Primavera en Chinchilla apareció en 1939 y se escribió en la cárcel, donde pasó toda la guerra civil. No hay tremendismo ninguno en estos poemas breves que tienen que ver con la poesía popular y acaso con el haiku.
Luys Santa Marina, cántabro de 1898, se ocupó de organizar la falange en Barcelona. El 18 de julio reunió a los afiliados en un caserón de Pedralbes y al amanecer del día siguiente se lanzó con ellos a la calle en apoyo de los militares sublevados. Fracasada la rebelión, casi todos murieron o fueron detenidos. Entre estos últimos estaba Santa Marina, que fue juzgado y condenado a muerte el 22 de diciembre de 1936. Se le conmutó la pena gracias al apoyo de diversos intelectuales, como Carles Riba y Josep Janés, pero desde la cárcel modelo de Barcelona siguió manteniendo contacto con la falange clandestina. Volvió a ser juzgado y un tribunal popular lo condena de nuevo a muerte en abril de 1937. Esta vez es el gobierno republicano quien conmuta la pena capital por la de cadena perpetua. Pero Santa Marina continúa sus tratos con los quintacolumnistas y en mayo de 1938 vuelve a ser condenado a muerte por el Tribunal de Alta Traición y Espionaje. Se fusilará a todos los compañeros juzgados entonces, salvo a Luys Santa Marina, que sigue en el penal de Chinchilla, a donde había sido trasladado, cultivando su lirismo: «Olvidó el tiempo dar vuelta / a la ampolleta vacía, / quien sabe el año ni el día». La barbarie roja resulta extrañamente poco bárbara en el caso de Santa Marina. Quizá por eso, tras la guerra civil, ayudó a suavizar la condena de los vencidos, aunque no abandonara nunca su bronco vocabulario fascista. ¿Fue durante la guerra Luys Santa Marina un agente doble? ¿Ayudó a la detención de los quintacolumnistas con los que conspiraba desde la cárcel? Ello explicaría la insólita lenidad con que le trataron durante el conflicto, pero esa es una sospecha que nadie formuló en aquellos años y que tampoco nadie se ha ocupado de formular después.
El interés del personaje es mayor que el de sus versos. Como poeta, Luys Santa Marina siempre fue poca cosa. Casi todo lo que publicó tras Primavera en Chinchilla había sido escrito antes. Cierta resonancia tuvieron los poemas que expresan el desencanto de los excombatientes: «Del 33 al 47 / van catorce años, si cuento bien, / mucho ha llovido desde entonces, / mucho ha caído, mucho está en pie, / mucho ha caído como las hojas / que sirvieron cuando fue su vez? / Quizá justo sea, / pero solo sé / que de cada cuatro / cayeron tres». Pero esa resonancia fue más sociológica que literaria.
Algún comentario merece el trabajo de Juan Marqués, joven investigador que considera un «disparate» incluir a Santa Marina en la nómina del 27 (no es un disparate, simplemente supone considerar la generación como algo distinto de un grupo de poetas amigos) y confunde una edición crítica con la anotación de minucias insignificantes. El error no es solo suyo, abunda en los editores y estudiosos de literatura contemporánea. En las notas textuales, colocadas al final del libro, como debe ser, y no interrumpiendo los poemas, nos indica, por ejemplo, que en tal poema se lee «fué» (con tilde) en la edición original, y que otro poema fue reproducido en no sé que antología con tales erratas. Una edición crítica reproduce el texto de acuerdo con la última voluntad del autor, eliminadas las erratas evidentes y actualizada la ortografía, sin necesidad de explicitarlo en cada caso. Todo lo demás son ganas de perder tiempo, deporte bastante habitual en quienes editan a autores contemporáneos en presuntas ediciones críticas que solo sirven para dificultar la lectura y justificar una ayuda a la investigación.