RUBÉN SUÁREZ
«Nostalgia de quietud, de presente eterno», seis palabras que entresaco de un breve texto que Ramón Prendes escribe en el acostumbrado librito que Amador edita para sus exposiciones, porque entiendo que pueden ser reveladoras en cuanto al universo formal y conceptual que el artista gijonés se ha creado a partir de un proceso de introspección alimentado de vivencias pero también de sugestiones estéticas, literarias y filosóficas que expresa luego en fabulaciones pictóricas que en su tiempo dieron lugar a fantásticas figuraciones de faunas y flores imposibles en surrealistas paisajes y luego al nacimiento de sus características escenas metafísicas habitadas por ambiguas y enigmáticas construcciones de contundente peso visual y como congeladas en espacios unificados por el tratamiento de los simplificados volúmenes y la luz y las armonías cromáticas y visuales.
Esos escenarios, que tenemos asumidos como estilo característico, han ido evolucionando con el tiempo, aunque quizá no siempre en la medida de lo que la inquietud artística de Ramón Prendes hubiera deseado, y lo digo pensando sobre todo en aquel giro hacia la abstracción que se planteó en su exposición de 2003 en esta misma galería, una especie de traducción de su pintura a valores representados por su personal repertorio de signos y formas simples y pautadas, que si no tuvo continuidad contribuyó en cambio a enriquecer y depurar su pintura cuando retomó la imagen figurativa.
En la presente exposición vuelve a ponernos Ramón Prendes ante sus iconos característicos, pero dando al mismo tiempo noticia de nuevos movimientos en la conceptualización y la expresión formal de su pintura, más notoria en obras como «Indicio I y II» o «La sombra de Francis Bacon visita a Peter Schlemihl» -donde por cierto es la sombra huella de presencia humana- en las que los mezclados y aparentemente anárquicos toques de pintura entrecruzados causan un rico y jugoso disturbio pictoricista en los campos de color, antes en la pétrea impavidez, hablándonos de paisaje o vida más cercanos.
Por otra parte, hay dos obras que resultan ajenas a contenidos y formalizaciones de las demás y que por cierto no figuran reproducidas en el catálogo. «Gijón bahía» es una extemporánea singularidad que, en la diversidad del cañamazo que constituye su base cromática y textural, en breves trazos lineales espatulados de distintos colores, y en la pálida idealización paisajista gris-azulada parece situarse en la conjunción entre neoimpresionismo tardío y el simbolismo. La otra pieza tiene seguramente en su origen mayor calado conceptual; se titula «La gran cordillera. Abismo» y está compuesta por una gran masa verde con aplicaciones de negro que ocupa la mayor parte del cuadro dejando en su parte superior una estrecha franja azul como cielo y horizonte. Parece una interpretación de paisaje desde una tensión abstracción-naturaleza, pero tiene la virtud de secuestrar la mirada, inmovilizándola sin posibilidad de saltar de un objeto a otro para concentrarla en ella. No hay acción en esta pintura que parece poseer una energía interior extraña y seductora. Es la obra en la que es más perceptible la noción de silencio en una exposición que se titula «Silencio», y quizá un nuevo camino a recorrer por Ramón Prendes que nos adelante esta cordillera como tabla de contemplación.