LUIS MUÑIZ
De los tres últimos libros de John Ashbery (1927), Un país mundano es el que con mayor intensidad expresa la vivencia de un presente fugaz, cambiante, de imposible captura lingüística. ¿Cómo se las arregla el poeta, pues, para acercárnoslo? Con tempo veloz y constante registro de lo aleatorio, es decir, llevando el poema al terreno de lo vertiginoso y lo inopinado. Pocas veces habrá tenido el lector entre sus manos un Ashbery más compulsivamente anotador y menos reflexivo. Quizá por eso, y como ya ocurría en sus dos libros anteriores, Secretos chinos (2002) y Por dónde vagaré (2005), ambos publicados en España en 2006, no hay en esta entrega poemas largos y morosos («habitables», como dice Miguel Casado en su ensayo sobre el poeta) al estilo de «Una ola» y «Autorretrato en espejo convexo», y sí, en cambio, meteoros poéticos que, al margen de su grado de inclemencia, el estadounidense utiliza muy gustosamente para lanzarse al torbellino de un mundo regido por lo azaroso.
Cumplidos ya los 82 años, Ashbery no parece el clásico poeta anciano aquejado por los males del paso del tiempo; hablar en él de lo elegiaco es casi traicionar el sentido de esa palabra, porque, más que lamentarse por las pérdidas, da la impresión de que las celebra, de que, a medida que va descartando opciones y deshaciéndose de lastre, el ritmo se hace más vivo y su percepción de la vida, más aguda: «El momento en que damos media vuelta no tarda / en convertirse en el banco de arena donde nuestro penoso esquife encalla». La velocidad, empero, le impide detenerse para dar cuenta de lo que deja por el camino: «Y divago, además, / en el ocaso en que cabe ganar todas las bazas / conforme envejecemos de una manera incurable, innegable, / solo que no puedo contar cómo sienta eso». El objetivo es siempre sumar, no restar; ir a por todas las bazas, aunque eso signifique no poder demorarse en cada detalle del material que le ofrece la vida.
Lo más asombroso del último Ashbery es que mantiene (si no acrecienta) sus tremendas dotes imaginativas. Para el próximo mes está anunciada en Estados Unidos la publicación de su nuevo libro, Planisferio, y todo índica que dos años después de Un país mundano el vértigo seguirá, ya que el poeta parece haber perdido cualquier interés que no sea el de mirar cara a cara el presente, mientras sigue fiel a sus procedimientos de siempre, en particular al acarreo de materiales lingüísticos (géneros, jergas, tonos) de diversa procedencia, articulados a través de violentas yuxtaposiciones, y a lo que críticos como Helen Vendler llaman «hospitalidad tonal», una versión posmoderna de la poesía democrática de Walt Whitman. Con lo primero logra un sofisticado programa de sedimentación que, a la vez, se desplaza a lo largo de las digresiones; con lo segundo (más difícil todavía) nos franquea la entrada a un mundo poético cuyas otras características (ambigüedad e indeterminación extremas, abstracción por ausencia de plano referencial) nos darían, casi seguro, con la puerta en las narices.
La diferencia, sin embargo, estriba en que en Un país mundano todos los cambios en la morfología del poema (vertidos estupendamente por Daniel Aguirre en su traducción) se operan con tal rapidez que producen inquietud y desasosiego, los mismos sentimientos que nos inspira la inusitada velocidad con que discurren los tiempos que vivimos, a los que esta poesía constantemente remite. La única nota de esperanza en este páramo de fugacidad la pone el último poema del libro, «Canción a coro», un remanso de duración en el que John Ashbery se permite legar a los poetas futuros una sosegada vista de su Rochester natal, después de retratar la vejez en estos hermosos versos: «Aparte / de eso, dormimos, cabeceamos / igual que juncos en la orilla de una laguna».