RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
En 1969, año de tres sucesos capitales para Estados Unidos -llegada a la Luna, «vietnamización» del conflicto en Asia bajo los auspicios de Lyndon B. Johnson y ascenso al poder de Richard Nixon-, John Cheever publica Bullet Park, alucinada y grotesca recreación de la clase media americana y su catastro de miserias: adulterio, alcoholismo, hipocresía, mitomanía, paranoia.
Incomprendida en su momento, la novela de Cheever es considerada hoy el acta de defunción de cierto american way of life y el pistoletazo de salida para una visión ominosa y ácida de la institución nacional por antonomasia, la familia, por aquel tiempo doloroso espejo de un país en caída libre. Sin su inquietante visión de los cadáveres que todo hogar esconde en los armarios de sus dormitorios, pudriéndose junto a los álbumes de fotos y los bibelots reunidos tras años de peregrinaje por las distintas ferias de la estupidez y el mal gusto, sería imposible entender libros como Ruido de fondo, de Don DeLillo, La tormenta de hielo, de Rick Moody, o Las correcciones, de Jonathan Franzen, por no mencionar películas como Terciopelo azul, de David Lynch, American beauty, de Sam Mendes, o Happiness, de Todd Solondz.
Al pie de la escalera, la esperadísima novela de Lorrie Moore que Seix Barral publica tras su aclamada colección de relatos Pájaros de América, puede interpretarse en esta clave heredera de la autopsia cheeveriana al organismo familiar. Del escrutinio de dos hogares, uno progresista y lleno de buenas intenciones, aunque con un aterrador secreto de alcoba, y otro típico del Medio Oeste rural y golpeado por el huracán de violencia posterior a la Era Mohamed Atta, la escritora de Glens Falls exhuma una lectura nada complaciente de una sociedad compleja y plástica, acosada por fantasmas difíciles de erradicar: belicismo, intolerancia, racismo.
El escrutinio de Moore (no hay familias «normales», no hay sabiduría posible, no hay redención «ahí fuera») se sostiene sobre dos pilares que impiden al lector abandonar su empeño por nihilista: la belleza y la ironía. Acostumbrada a oficiar como tábano de las sociedades occidentales, la literatura encuentra en esta novela una justificación que va más allá del artefacto estético. Porque Moore escribe extraordinariamente bien, cierto, pero su obra, como toda gran producción literaria, no se conforma con ser un ejercicio de estilo, sino que se transforma en un estilete sociológico, en una plantilla que se puede disponer sobre el mapa de la realidad de un país.
La literatura ha sido siempre un magnífico termómetro para medir el delirio epocal. Por eso, la Administración de George Walker Bush, que pasará a los manuales de historia como una de las más dañinas de todos los tiempos, será celebrada en los manuales de literatura como una de las más bienhechoras desde el punto de vista de la creación. El disparate político suele provocar la excelencia artística. Lo que Cheever apuntó hace cuarenta años, sus mejores discípulos lo confirman hoy libro a libro: nada como la literatura para diagnosticar las enfermedades de una sociedad.