COSME MARINA
En la historia de la literatura pianística la figura del compositor polaco Frédéric Chopin (1810-1849) ocupa un lugar central. El piano romántico es, sin duda, uno de los periodos más fértiles del instrumento y Chopin estandarte en la concepción del mismo desde propuestas imaginativas que siguen atrayendo y emocionando a sucesivas generaciones de melómanos. El mundo del piano es uno de los más complejos del entramado musical, tanto o más que el del canto. Y la interpretación de los grandes autores es asunto de enorme relevancia y trascendencia. Más aún en el caso del compositor polaco que exige cotas de altísimo refinamiento expresivo. No se puede obviar que en la eclosión del Romanticismo más furibundo el teclado se convirtió en un fabuloso vehículo de expresión creativa individual que, además, se modernizó hasta alcanzar unas posibilidades mayúsculas. De ahí que en autores como el que nos ocupa un mero ejercicio de virtuosismo sirva para más bien poco. O directamente para nada. Chopin configura un universo creativo particular en el que sus dos conciertos para piano y orquesta se convierten en ejes importantes de su carrera. Son obras en las que su arquitectura clásica se arropa por un espíritu romántico en el que brilla una profunda emoción que envuelve sus ideas musicales. A su música se han acercado muchos. Que dejasen huella ya son menos y, en nuestros días, cuesta encontrar intérpretes que aporten enjundia a la hora de acercarse a su legado pese a la extrema dureza y competitividad con la que se ven obligados a convivir los pianistas. Quizá la causa de cierta sequía esté en la prisa y el ritmo vertiginoso con el que se lanza al circuito a los jóvenes intérpretes, manejados sin piedad por las multinacionales. Las carreras necesitan tiempo para madurar, con aciertos y equivocaciones.
Rafal Blechacz ganó el premio Chopin en el año 2005 y, desde entonces, está manteniendo una carrera internacional en la élite que tiene, precisamente, en la música de Chopin uno de sus puntos fuertes. De momento da la impresión de que mantiene las riendas de su trayectoria y sus proyectos están cuidados y reposados. Blechacz edita ahora para Deutsche Grammophon los dos conciertos chipotazos con la orquesta del Concertgebouw de Amsterdam bajo la dirección de Jerzy Semkow. Son las suyas dos versiones muy interesantes, pujantes, llenas de vigor y, a la vez, meditadas, no impulsivas. Se percibe en la interpretación de Blechacz una libertad estética que se ajusta muy bien al lirismo de Chopin. Es este disco buen ejemplo de la madurez al teclado del pianista polaco en un trabajo honesto artísticamente que busca la profundidad por encima del atajo de la inmediatez. Blechacz tiene por delante una larga carrera que, dada su realidad actual, debe ir a más, a engarzarse como uno de los líderes del piano. Disfrutar con su Chopin es hoy un ejercicio placentero lleno de sugerencias y matices en lo que ya se oye y en lo que se atisba de proyección.