POR LUIS M. ALONSO
Leonardo Sciascia (1921-1989) utilizó Sicilia como una metáfora de la vida hasta el momento de su muerte, hizo el pasado viernes veinte años, en Palermo. Entonces se extinguió una de las voces más claras y precisas del mundo intelectual italiano de todo el siglo XX, además de una de sus conciencias más sólidas. Periodista, escritor y analista de los hechos, Sciascia es un ejemplo del compromiso civil y la protección del valor supremo de la verdad. Veinte años después de su muerte, la Italia más asociada a los valores éticos echa de menos su enseñanza moral e intelectual, así como la escritura sincrónica y culta, la expresión mordaz y la erudición del escritor de Racalmuto. Para él, lo mismo que para Diderot, sólo existían el conocimiento y la verdad y, al igual que el ilustre enciclopedista del Siglo de las Luces, consideraba el primero un instrumento para alcanzar el segundo.
Sciascia, a la vez que un hombre con cultura del Setecientos, quiso estar también con su tiempo. Era un riguroso polemista de poderosa y lúcida inteligencia. Fue el verdadero puente de conexión de Sicilia con Europa. Combatió el «fascismo eterno», el «catolicismo manierista» y a los «cretinos de izquierdas», su servilismo oportunista, su indiferencia amoral, sus bandas y sus camarillas. Obviamente nunca tuvo el consenso de la «Italietta» mezquina, que lo consideraba un hereje.
Una de sus últimas batallas, un artículo publicado en la primera página del «Corriere della Sera», el 10 de enero de 1987, contra los llamados «profesionales de la antimafia» y las críticas posteriores a Borsellino por su desafortunada interpretación del drama apasionado de Aldo Moro, le ocasionaron un trato especialmente injusto cuando ya se encontraba debilitado por la enfermedad que le causó la muerte. Su verdad incómoda sobre la mafia, al igual que había sucedido anteriormente tras la ruptura con el Partido Comunista, le valieron feroces ataques.
El artículo, Los profesionales de la antimafia, incluido por Bompiani en uno de sus libros póstumos, A futura memoria (se la memoria ha un futuro) dejó tras sí un reguero de pólvora en un país donde la duda ofende, sobre todo en asuntos relacionados con la mafia. Lo encabezaba con dos citas de dos de sus novelas sobre la Cosa Nostra, El día de la lechuza y A cada uno lo suyo, este último editado recientemente en España por Tusquets, donde se puede encontrar la mayor parte de la obra de Sciascia traducida. Consciente de que en la tierra donde vivía sus críticas a los poderes antimafia le costarían las acusaciones de los que verían en sus palabras un apoyo a los mafiosos eligió las autocitas para recordarles a aquellos con poca memoria la existencia de esa clase de personas, tan comunes en Italia, «dedicadas al heroísmo que no cuesta nada y que en Milán, después de los Cinco Días, denominaron héroes del sexto». (Se conoce por Cinco Días al movimiento revolucionario que acabó con la ocupación austriaca en la capital lombarda). Para Sciascia, la antimafia se podía convertir en un instrumento de poder. «Puede suceder perfectamente -escribió- incluso en un sistema democrático, ayudado por la retórica y el espíritu crítico».
El escritor ya había denunciado en uno de sus libros más esclarecedores de la realidad italiana, Negro sobre negro, publicado ocho años antes, la dejación de responsabilidad de los políticos sicilianos a propósito de Palermo: «... donde la basura llega hasta las rodillas y la mafia al cuello (y no digamos la mafia por la que se interesa la antimafia), con el agua que no llega a los grifos...». Ahora, en su artículo del «Corriere della Sera», le reprochaba al alcalde democristiano de la capital siciliana, Leoluca Orlando, que se hubiera desocupado de los problemas de los palermitanos para exhibirse en reuniones, escuelas, congresos y manifestaciones. Y, al mismo tiempo, criticaba el nombramiento del juez Paolo Borsellino como procurador general de Marsala, no por tratarse de Borsellino, sino por el criterio seguido para su designación que había abochornado a miembros de la propia Magistratura.
Sciascia, la conciencia moral de una isla y de un país, había estado siempre en contra de la mafia y en defensa de la dignidad humana. Pero de repente se encontraba acusando a Leoluca y Borsellino, al que asesinaron años después, dos de las personas más queridas e implicadas en la lucha contra los mafiosos, de utilizar una causa noble para promocionarse públicamente. A Borsellino, al menos, la popularidad le habría costado muy cara.
El caso es que los enemigos del derecho a discrepar o dudar le atacaron de manera inmisericorde y hasta miserable, sin saber que el tiempo acabaría dándole la razón. Primero, de manera indirecta, fue Indro Montanelli quien hizo suyos algunos de los planteamientos de Sciascia, al reprocharle al juez de Milán, Antonio Di Pietro, la utilización de Tangentopoli con fines personales. Después, el propio Leoluca Orlando y la viuda de Borsellino reconocieron que lo único que no había hecho Sciascia era equivocarse. La mafia y la antimafia siguen siendo poderes paralelos con un importante auge en la vida social italiana.
El viejo escritor, al que no le quedaba mucho por vivir, se tomaba las acusaciones con resignación y sentido del humor. Opinaba que los periódicos estaban invadidos por moralistas sin moral, a algunos de ellos los definía como «cretinos de la izquierda» y a otros como «intelectuales afectados por el síndrome de Thompson». Este Thompson era un individuo sobre el que Flaubert se mofó después de que grabase su nombre en grandes letras en la columna de Pompeya en Alejandría con el fin de ganar la inmortalidad incorporándose al monumento.