JUAN CARLOS GEA
Hace un año, Miguel Galano (Tapia de Casariego, 1956) subió hasta los altos de Ladines, en Sobrescobio, para gozar durante una semana de la hospitalidad de su amigo Cuco Suárez. El inquieto artista y ahora también gestor cultural ha levantado en ese imponente enclave de montaña un refugio, aún escasamente conocido por el público, en el que desde hace tres años opera con estatuto de Fundación un centro de formación, residencia e investigación para artistas, un espacio expositivo y un lugar de retiro para todo aquel que busque simultáneamente aislamiento (físico) y conectividad (digital). Aunque, en realidad, Galano, fiel a su método habitual de trabajo, sólo necesitó estar. Es decir, mirar, impregnarse del paisaje y bajarlo de vuelta, interiorizado, para dejar que el recuerdo fuese fermentando en pintura. Ahora, el producto de ese proceso se expone hasta el 5 de diciembre en el mismo lugar en el que se originó.
De hecho, ya conocía el sitio, «un lugar espectacular», y ya lo había pintado. Pero en esta ocasión dispuso de tiempo para embeberse de Ladines, que además favoreció al visitante con una semana de nieblas en las que se sintió «doblemente a gusto». Y, en ese estado de receptividad, Galano se limitó a hacer lo que suele hacer ante el paisaje: «Nada. Empaparme y mirar. No puedo pintar con la montaña delante, así que, con la misma filosofía y el guiño que le hice a Corot en "Corotiana", la exposición que hice en el Bellas Artes: cargué de "souvenirs" para que fueran reposando en el recuerdo y pinté el pasado verano, ya en Tapia. De manera que la exposición podría titularse perfectamente "Souvenirs de Ladines"».
Los «souvenirs» llegaron a ser 25 óleos, muchos de ellos sobre papel, de los que se han seleccionado una docena. En ellos, el protagonismo corresponde totalmente al paisaje romántico por excelencia: la montaña. «No fue algo premeditado, porque en realidad tenía previsto pintar alguna otra cosa; pero la montaña se fue apoderando de todo y echando fuera el resto hasta que la exposición quedó como una monográfica sobre la montaña».
Y la montaña se manifiesta, ciertamente, en ella. No sólo como moles oscuras bajo horizontes quebrados, sino también, muy especialmente, como el clima del monte en un otoño asturiano: sutil, envolvente, gris y capaz de diluir y esfumar las masas de piedra, convirtiendo la forma misma de lo permanente y lo sublime en algo tan digno de delicada compasión elegiaca como cualquier otro de los motivos de la obra de Galano. Esa conversión de la montaña en algo casi evanescente se aprecia sobre todo en papeles en los que Galano ha trabajado con una gran inmediatez y soltura.
«No pretendí atender a una fidelidad topográfica. Para nada. Hay siluetas o perfiles que sí que se refieren a los que vi, pero luego es la propia pintura la que te lleva, sobre todo en un proceso de ejecución tan rápido», cuenta. Aunque al final la cartografía de la emoción y la cartografía real están mucho más cerca de lo que creía: «Comentando la exposición con un lugareño, me hizo un repaso de todo lo que se veía allí: este pico es tal pico visto desde este ángulo, éste es tal otro? Como suele suceder siempre con el espectador, encontró algo que yo no había visto ni pretendido hacer conscientemente».
Para Galano, esta muestra viene a ser «un peldaño más, un escalón en un proceso que, más que cambiar, se afianza». Pero en el que caben aún nuevos climas y nuevas paletas, como lo confirma la opinión de estudiosos de su obra como Juan Manuel Bonet, que ha detectado esas modulaciones inéditas en parte de la obra que expone estos días en su primera individual en Barcelona, en la galería Víctor Saavedra. Unas piezas de tema mediterráneo que pintó «a modo de homenaje» a la Ciudad Condal en las que, dicen los que las han disfrutado y lo conocen, Galano se esponja de «souvenirs» nuevos.