RUBÉN SUÁREZ
No sé el porqué de tanta insistencia en resaltar los 82 años cumplidos por Alejandro Mieres a la hora de poner de manifiesto el mérito de exposiciones como la que ahora presenta en su galería Van Dyck, en comentarios tanto hablados como escritos que parecen olvidar que son bastantes los maestros de la pintura que han producido a edades avanzadas mucho de lo mejor de su obra, o que el propio Alejandro viene acreditando exposición tras exposición su capacidad de innovación, fuerza y frescura, profundizando en su propia obra, aquí o en Madrid en su reciente muestra en la galería Orfila. El mérito está, sin duda, en la actitud y la facultad que permiten a este artista, tanto tiempo de referencia en Asturias, renovarse a lo largo de su trayectoria, cuestión particularmente difícil, y quizá no tan evidente para todos, cuando se ha apostado por la monocromía y por un repertorio signo-matérico tan acusadamente personalizado. Pero desde su ensimismamiento en la materia extendida, agolpada o peinada, en las tensiones entre lo estático y lo dinámico y en las alternancias entre lo cóncavo y lo convexo o en la reflexión entre la espacialidad y la tridimensionalidad cada vez más pronunciada y compleja y en el aprovechamiento de la luz física y el color más materia «texturable», lo cierto es que Alejandro ofrece al espectador una experiencia perceptual plástica siempre rica y diversa.
El sistema de signos y formas de Alejandro Mieres permanece abierto a la incorporación de nuevos elementos expresivos y luego a las relaciones entre sí en distintos ritmos geométricos o en combinación ocasional con episódicas prominencias matéricas de orden informalista, o elementos ajenos a la pintura, todo ello buscando un encaje en el admirable orden compositivo de tradición constructivista donde la magia del color y de la luz resbalando sobre la superficie convierte sus pinturas en un hecho pictórico espectacular, pero sobre todo en un pensamiento plástico como entendimiento del paisaje a niveles más profundos que la mera representación objetiva.
Porque Alejandro Mieres se siente en comunión con la naturaleza, la integra en su obra como motivo y referencia, pero para crear otra realidad estética subjetiva. «Fuimos en tiempos pasados desde la naturaleza a la pintura. Vamos ahora desde la pintura a la naturaleza», escribió el propio artista aludiendo a esa posibilidad de descubrirla y sentirla a través del arte. Y no deja de ser curioso que siendo estas pinturas tan de la tierra, en sus corporeizadas densidades de pasta y arena, en el complejo y laberíntico entramado de las composiciones, en el vértigo y el fulgor de sus resplandores e ilusiones ópticas, podamos llegar a verlas también como enigmáticos ideogramas, mensajes o inscripciones interplanetarias, claro que bajo la fascinación de estas cosmovisiones de Alejandro Mieres, fruto, sin embargo, de una ilusión creada con mucho trabajo, mucho oficio de pintor, tres dimensiones, la luz y el color.