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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN El mundo de la poesía está lleno de humoristas involuntarios. Nada más cómico que las trifulcas entre poetas, sus declaraciones presuntamente teóricas, los prólogos y epílogos con que suelen acompañar sus libros (abstrusas pamplinas escritas por algún profesor amigo en las que siempre comienza afirmándose que el poeta no pertenece a ningún grupo ni generación y que por eso no obtiene el reconocimiento que merece).
Con la poesía pasa una cosa curiosa: es la cima y la sima de la literatura, la más alta cumbre, a la que llegan pocos, y el lodazal donde se revuelcan todos aquellos que tienen dificultades con la sintaxis y con la sindéresis.
Felipe Benítez Reyes publicó en 1995 Vidas improbables, una antología de poetas apócrifos que tres lustros después reaparece «corregida y aumentada con nuevas fantasmagorías». Se añaden cinco poetas -el modernista Miguel Conde Laffita; Ignacio Conradi, «un latinista en el ultra»; Manuel Ruiz Cotta, «surrealista circunstancial»; Lucki Johnson Jr., letrista de blues, y el beat tardío Harry Bandini -y bastantes poemas inéditos de los poetas ya conocidos.
Las breves viñetas con que presenta a cada antologado constituyen una colección de caricaturas que tienen vida independiente: pueden leerse como una colección de cuentos. No falta -no podía faltar- un representante de la poesía de la experiencia, «esa plaga endecasilábica fomentada por el entramado socialista a través de revistas como "Fin de Siglo" y "Renacimiento"» que garantiza «éxito fácil, acceso a casas editoriales y a revistas afines a la tendencia dominante, prebendas oficiales, viajes al extranjero, asistencia a congresos, premios amañados y promiscuidad sexual».
La poesía de la experiencia es un fantasma que recorre la poesía española contemporánea, un espantajo que al parecer sigue gozando de buena salud. Lo que Benítez Reyes afirma en broma, otros -como el reiteradamente galardonado Antonio Gamoneda- lo siguen afirmando en serio: que la llamada poesía de la experiencia cultiva el prosaico realismo porque el realismo es el lenguaje del poder y garantiza el éxito de público y los grandes premios. La burla de esos detractores de una estantigua que ellos mismos inventan y se creen le llevó a Benítez Reyes a publicar El sindicato del crimen, heterogéneo centón en el que se reúnen todos los poetas que alguna vez han sido tildados de poetas de la experiencia. El desopilante prólogo lo redacta otro apócrifo, Eligio Rabanera. No faltaron estudiosos que tomaron en serio tal compilación paródica.
En Vidas improbables hay humor, ejercicios de estilo y también verdadera poesía. La cita final es una afirmación del Mairena machadiano: «¿Pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más de un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más de uno».
¿Lleva dentro de sí más de un poeta Benítez Reyes? No parece que su caso sea semejante al de Fernando Pessoa. Los mejores poemas de este libro, los que son verdaderos poemas y no caricaturas, podían incluirse en cualquier obra suya sin ficciones autoriales. Es el caso de alguno de los que firma Pablo Arana o de la extensa «canción sabatina» de Harry Bandini. Quizá la poesía tradicional de Miguel Fonseca añade un tono nuevo, pero se trata de un tipo de poesía que siempre parece unificar a los diversos autores y que no permite distinguir demasiado entre una copla anónima y unos versos de Manuel Machado: «Para bajar al infierno / basta con una escalera / con un escalón de menos».
Benítez Reyes riza el rizo de su juego al incluir entre estos falsos poetas a un falsificador, Rogelio Vega, autor de apócrifos manuscritos literarios de poetas famosos. Ese invento le permite mostrar su habilidad en el pastiche, ofreciéndonos traducciones de Keats y de Leopardi, de Dickinson y de Eliot, además de un soneto ripiosamente borgiano: «Desde su sueño en vilo un hombre urde / la leyenda del alma y la caverna, / de los dos que son uno y de esa eterna / abstracción del amor. Nada le aturde».
No ha querido incluir Benítez Reyes este libro -curiosamente el más premiado de los suyos: los premios no suelen tener buena puntería- en su poesía completa. Y con toda razón: aunque incluye algún buen poema, no es un libro de poemas, sino un ejercicio de humor y virtuosismo, una muestra de amor a la retórica modernista, una no demasiado sangrante parodia de vanguardismos y realismos más o menos sucios y una broma que a más de uno no le hará ninguna gracia. Hasta se atreve a emular al inigualable Ángel Guache: «Mira tú si eres demonia, / que al mirarte se me empina / la torre de Babilonia».
La realidad una vez más supera al arte. Ni siquiera la descacharrante imaginación de Felipe Benítez Reyes es capaz de imaginarse poetas como algunos de los que circulan por los arrabales del Parnaso tratando de asustar al personal con sus subvencionadas ferocidades.
La poesía es un mundo en el que todo disparate y todo analfabetismo tiene su asiento. Quienes no se interesan por la poesía, salvo por la buena poesía, no saben lo que se pierden. Quizás este libro les pueda abrir el apetito.
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