JOSÉ LUIS ARGÜELLES
A sus 70 años, un aniversario que en México, su país, ha sido conmemorado casi como una fiesta nacional, José Emilio Pacheco (1939) es uno de los grandes poetas vivos y un maestro de la lengua española, a cuyo corpus poético ha contribuido con una voz en la que se cumple una de las características fundamentales de la gran literatura universal: toda renovación profunda despega desde las raíces mismas de la tradición y supone una identificación y una ruptura (Harold Bloom diría que una interpretación errónea), un tributo y una crítica. La concesión del último premio «Cervantes» al autor de Tarde o temprano supone el reconocimiento a una literatura que funde distintos planos existenciales y formales en una lírica de gran originalidad: la desnuda intensidad de su aparente sencillez es sólo la llave de un espacio complejo, de rara lucidez.
José Emilio Pacheco, que dejó señal de su distancia respecto al «circo literario» en unos famosos versos que le han causado malentendidos con periodistas de medio mundo, es un poeta apreciado y distinguido desde hace años por la crítica y los lectores más exigentes. Miles de personas saben de memoria «Alta traición», un texto imprescindible en cualquier antología de poesía hispanoamericana. Pero sólo desde la entrada del nuevo siglo ha empezado a recibir los mayores (y mejor remunerados) premios literarios que se conceden a un lado y otro del Atlántico. El «Cervantes», que es el de mayor prestigio, sólo ha sido el último. Hay quien relaciona esa carrera de distinciones y laureles con la teoría un poco absurda, todo hay que decirlo, de que ningún país soporta a más de un gran poeta vivo, por lo que en México sólo hubo durante mucho tiempo pedestal para Octavio Paz, que era quien mejor se trabajaba el mármol y la fama.
El también excelente poeta mexicano Marco Antonio Campos (recomendamos su Viernes en Jerusalén) recuerda en su reciente antología de poetas contemporáneos del país azteca, publicada por Visor, una coincidencia crítica de Pablo Neruda y Xavier Villaurrutia. Ambos han subrayado que la poesía mexicana era «formalista», en el sentido de rigurosa, contenida, ajustada al canon. Como cualquier generalización, es discutible. Y en el caso de José Emilio Pacheco es necesario, por tanto, hacer algunas matizaciones. Es cierto que en este lector infatigable de los clásicos, recreador en ocasiones de cierta visión minimalista de la lírica oriental, continuador de una tradición gnómica que se ajusta muy bien a su concepción pesimista de la vida, hay un extremo cuidado de los aspectos formales del poema, pero hay, asimismo -y de manera constitutiva, porque es al fin y al cabo lo que hace de su poesía un artefacto original-, una reflexión y un debate creativo constante sobre la retórica. Sus libros están atravesados por una de las reflexiones metapoéticas más singulares de la literatura de nuestro tiempo: «Todos somos poetas de transición:/ la poesía jamás se queda inmóvil», dice el dístico titulado, tan a propósito, «Manifiesto».
En los catorce poemarios de José Emilio Pacheco, desde Los elementos de la noche hasta los dos últimos, La edad de las tinieblas -en el que su autor vuelve a la poesía en prosa- y el ya citado Como la lluvia, hay una insólita coherencia que es muy de destacar, más si se tiene en cuenta que el primero de esos títulos fue escrito con apenas 20 años. Carlos Monsiváis, que pertenece como José Emilio Pacheco a la llamada «Generación de los años cincuenta», en la que se dan ciertas conexiones estéticas con algunos de los poetas españoles coetáneos, ha resaltado, con acierto, la «actitud democrática del "yo" poético» que habla en los versos de Tarde o temprano. Y es que hay en esos textos de buscada filiación figurativa, en muchos de los cuales es clara la apuesta por un tono antirretórico que en realidad es resultado de un sabio trato con la retórica, un diálogo a muchas bandas con los grandes temas y los asuntos cotidianos.
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