COSME MARINA
Los cambios en la titularidad de las formaciones sinfónicas generan movimientos tremendos especialmente significativos por su virulencia e intensa actividad a lo largo del tiempo. No se piensen ustedes que se trata de estrategias con el objetivo de conseguir que una agrupación determinada avance en su calidad y afronte nuevos proyectos con la mayor garantía. Ni mucho menos. Es algo más rastrero y perfectamente entendible por todos. Me explico. Estamos ante un juego de intereses en los que las cuotas de poder -o lo que es lo mismo, la pasta- se ponen por delante de las ambiciones artísticas y culturales. Y, en el sistema, la presión de las agencias de conciertos es tremenda. Son ellas las que más apuestan, por los medios que sea, para ubicar a sus respectivos representados. ¿Por qué? Muy sencillo: si colocas a un director de tu agencia en una orquesta te garantizas que los solistas de esa agrupación sean en su mayor parte de la misma cuadra, con lo cual los márgenes y rendimientos aumentan. Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Si la misma agencia logra hacerse con el control de varias orquestas, entonces ya tiene la posibilidad de tejer un entramado de intereses que no hay quien mueva. Por una parte, rotará e intercambiará sus maestros en cada una de ellas y configurará las giras de los solistas en función del calendario de las que ya considera sus agrupaciones. Como los directores suelen pagar favores a otros colegas invitándolos a dirigir en su formación titular en menos que canta un gallo se diseña una temporada de conciertos en los que los criterios de calidad artística o de necesidades de la orquesta no son lo primero para valorar. Ni que decir tiene que las agencias más espabiladas apuestan por un doble golpe de estado en el que, además del titular, también queda bajo su influencia el gerente. Con esta acción el sistema se corrompe en su conjunto, porque distribución, dirección artística y gerencia, acaban en las mismas manos, ante la pasividad de muchos responsables políticos que ni tan siquiera atisban semejantes despropósitos. Y cuando un agente de estas características percibe cambios que impliquen merma en su cuenta de resultados, entonces su prioridad no es otra que heredar la orquesta a través de otro maestro que le permita seguir en el candelero.
En Asturias estamos en pleno proceso sucesorio. Una vez despejada la renovación de Friedrich Haider en Oviedo Filarmonía hasta 2012, ahora le llega el turno a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, cuyo titular, Maximiano Valdés, abandonará el cargo el próximo mes de junio. Director y músicos, fruto de una relación prolongada en el tiempo, han sabido construir una formación sinfónica de alta calidad, muy bien considerada en el conjunto del país y que representa a la región con estatus de primer rango. Es, por tanto, una orquesta muy apetecible para muchas batutas a la caza de una titularidad. Debe tenerse en cuenta que para un director la estabilidad al frente de una formación es básica. Le sirve de plataforma de lanzamiento y escaparate de sus posibilidades. De ahí que los candidatos asomen hasta debajo de las piedras. Los buenos, los regulares, los malos y los pésimos. Los que se agrupan en estos dos últimos adjetivos son los que atacan con mayor coraje y presionan por los cauces más extraños, conscientes de que los argumentos artísticos no tienen peso significativo. Es ahí donde algunas agencias con poder empiezan a mover fichas, intoxicar con rumores interesados y montar una estrategia la mayoría de las veces condenada al fracaso. La OSPA ha optado por un sistema de elección de nuevo titular impecable, que parte de un comité de trabajo en el que los músicos de la orquesta tienen arte y parte -esto es esencial, porque los propios músicos son los que van a trabajar con el nuevo director en el día a día, haciendo crecer el proyecto artístico, y su opinión es la primera que se debe escuchar-, y que ha marcado unas líneas de trabajo claras, independientes y con solvencia. La orquesta, y la Consejería, dan así un ejemplo de independencia de criterio y responsabilidad artística que bien se podría imitar en otras comunidades autónomas más dadas al pasteleo. Es una fórmula que blinda, precisamente, contra presiones o injerencias, sobre todo de las mediáticas, que en el pasado, y en Oviedo, tuvieron consecuencias catastróficas de las que más vale ni acordarse.