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Historias ejemplares de una vida sin argumento

Luis Landero vuelve con Retrato de un hombre inmaduro

 
Historias ejemplares de una vida sin argumento
Historias ejemplares de una vida sin argumento  
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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ «¿Ha merecido la pena vivir? Tampoco lo sé, porque no consigo abarcarme a mí mismo y ver mis años desplegados en panorámica, formando un argumento (?). No sé nada, nada, nada. Ni siquiera sé si he vivido o no con cierta dignidad». Al final de su monólogo, dirigido a una mujer, durante una noche, quizá la última, en un hospital, a la espera de una intervención quirúrgica, un hombre «inmaduro», a las puertas de una vejez que quizá no llegue a conocer, hace balance de lo que ha sido su vida y llega a tan ambigua conclusión. ¿A qué llama Luis Landero «un hombre inmaduro»? En entrevista concedida a Begoña Piña, lo resume: «Un hombre inmaduro es un hombre que no tiene referentes para que su conducta sea coherente. Está lleno de ímpetus, de arrepentimientos? Una conducta a la deriva». Esto es Retrato de un hombre inmaduro: la historia de una deriva personal nada heroica, salpimentada de historias (o estampas) que la trufan, mantienen el hilo, pero no logran darle un sentido unitario a una vida que no lo tiene. Un hombre inmaduro: «Como casi todo el mundo, yo era bueno no por el bien que hacía, sino por el mal que dejaba de hacer». Un hombre normal, se decía antes. Un hombre que no es ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. El hombre medio de nuestro tiempo.


Publica Landero esta novela justo al cumplirse veinte años de Juegos de la edad tardía, la que le lanzara a la fama, la que le permitió irrumpir en medio de aplausos (Premio de la Crítica, Premio Nacional de Literatura) unánimes a aquel profesor, hoy recién jubilado, que había sido guitarrista, empleado en los oficios más diversos y modestos, extremeño de Alburquerque (1948), con aspecto noblote y nada en absoluto estirado: muy, quiero decir, fuera de la moda que se seguía en aquellos 80 de la «movida». Siguió, cinco años después, con Caballeros de fortuna, que hubo quien apreció como confirmación y novela de entidad (nuestro Martínez Cachero, por ejemplo), pero que no pudo escapar a la maldición de la «segunda novela», esa condena a la suspicacia crítica que acompaña en este país la obra siguiente a la que acaba de tener un gran éxito. Aparte de artículos, también recogidos en libro, Luis Landero ha ido completando una obra de ficción en la que retrata un mundo prosaico (en el mejor sentido de la palabra: un mundo de prosa, no de lirismo campestre), en el que los únicos héroes son unos seres infelices, también en el sentido recto del adjetivo: ausentes de felicidad, pero por su escaso arranque, su falta de afán o su exceso de afán. Así, hasta esa doble historia que conforma Hoy, Júpiter, hace dos años. Siempre, por centrar aún más su literatura, en el camino de Cervantes y de lo más granado del XIX europeo.


«¿Y qué podría contarle ahora? ¿Por dónde seguir en esta aldea en ruinas que es la memoria al cabo de los años?», dice a la mujer el narrador de Retrato de un hombre inmaduro. Ahí está la clave: qué más da que le cuente esto o lo de más allá si nada hay que unifique el discurrir de esa vida de la que hora hace balance (o memoria distraída). La vida ha venido, ahora se le va, y la repasa a retazos, sin orden cronológico ni de tipo alguno, según ha venido y se va yendo. Entre un sucedido y el siguiente, ese narrador reflexiona sin amargura, también sin entusiasmo, sin convencimiento, como si hubiese sido un espectador neutral de lo que le ocurrió. Reflexiona, que no filosofa: no eleva a mayores sus conclusiones, siempre provisionales, siempre desvaídas. Cuenta casos grotescos, cómicos, tragicómicos, de su vida en Chamberí, en empleos de medio pelo (una papelería, una revista de barrio). El caso del nómada sedentario y el del sedentario nómada; las historias de los personajes de la tertulia del bar Maracaná; el sexo mal tenido (por chantaje o por desatención); el hilarante caso del discapacitado a quien conduce presuntamente a una manifestación contra la guerra y le hace acabar en medio del fragor facha contramanifestante; el matrimonio gris; aquel Don Máximo Pérez que «cuando se disponía a hablar, yo lo veía investirse solemnemente con el bonete del sentido común»; la casi novela corta de Aquilino Lobo y la comunidad de vecinos que pretende encabezar, una narración Kafka puro si no fuese por lo descacharrante de la misma (aunque no falta quien alaba la comicidad kafkiana), pues ningún lector podrá evitar la carcajada ante el subepisodio de las patatas podres; esas minimáximas: «De noche, nunca salen las cuentas», que abren campo al escapismo: «entonces es cuando me cuento historias de evasión», cuando se imagina náufrago, aventurero?; la historia que se monta sobre un albañil muerto en accidente laboral, sólo para tener su corto tiempo de gloria? Historias de las que se puede sacar algún «ejemplo», alguna enseñanza, como el mismo protagonista hace con Las nieves del Kilimanjaro de Hemingway.


Recordemos lo que suele decir Landero sobre su estilo al contar: «Si escribo y algo me sale demasiado bonito, que huele a literatura, ¡fuera!» Retrato de un hombre inmaduro no tiene, en efecto, momentos de «literatura», desahogos con frases hechas. Es suficiente lo exacto, las pinceladas precisas: «Había mucha gente, el lugar era angosto, y olía a sudor, a sebo, a tabaco, a noche mal dormida». No se busque recreo en las palabras, irrupciones de florilegios líricos: nada de eso. Las palabras son las que son. Sólo, claro, algún guiño, alguna lucecita, ese «en la misma ciudad y con la misma gente» de la página 92, ahí encajado tras haberlo extraído de aquella canción triste «Se me olvidó otra vez». En definitiva, justeza cervantina en este relato que nos deja sabor agrio en la boca lectora. ¿Dónde está la vida?, se pregunta Landero: si escribe, se pregunta por qué no está en la calle; si sale a pasear y a observar, por qué no está escribiendo. Así, su personaje. Los 65 años del monologuista que narra se le han pasado sin argumento conductor, como tantos de sus contemporáneos hoy, sin que quede, al bajar la persiana, más que un montón de breves historias que alumbraron una vida y algunas reflexiones que las enlazan. Qué triste es todo.

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