Lecturas

Bienvenido, Mr. Isbert

Mi vida artística recoge las memorias del genial actor

 
Bienvenido, Mr. Isbert
Bienvenido, Mr. Isbert  

ALFONSO LÓPEZ ALFONSO Pepe Isbert está asociado en la memoria colectiva a varias insuperables escenas cinematográficas: en una habla -junto a Manolo Morán- a los vecinos de Villar del Río desde el balcón del Ayuntamiento diciendo aquello de «como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar?», en otra llega a un estudio de radio vestido de esquimal y suelta un monólogo conmovedor, en la tercera, y quizá la más famosa, pierde entre los belenes de plaza Mayor de Madrid a su nieto Chencho. El desgarro que hay en esa voz que llama al niño sigue erizando la piel.


Bienvenido, Mr Marshall, Historias de la radio, Mi tío Jacinto, El cochecito, La gran familia, El verdugo. La imagen que tenemos de Pepe Isbert es la de ese abuelo de España que nos han enseñado un puñado de obras maestras de nuestra cinematografía, sin embargo, si Rafael Alberti pedía respeto porque había nacido con el cine, Pepe Isbert podría haberlo pedido igualmente por haber nacido antes que el cine, pues fue tanto o quizá más, un hombre de teatro. Un gran intérprete de los dramas hechos para entretener a las clases acomodadas, ese tipo de teatro del que beberían y contra el que reaccionarían, primero Galdós -el paradigma es Electra- y luego las vanguardias.


Nacido en el Madrid más castizo en 1886, a los nueve años se queda huérfano de padre y para completar los ingresos familiares se pone muy joven a trabajar en espectáculos de variedades, trabajos que compagina por un tiempo con un puesto en el Tribunal de Cuentas. Carlos Arniches, emparentado con su madrina, lo introduce como meritorio en el teatro Apolo y de ahí seguirá una carrera siempre en ascenso en la que interpretará obras de los hermanos Quintero, Felipe Sassone, Jacinto Benavente, Gregorio Martínez Sierra, Pedro Muñoz Seca y un largo etcétera; alternará en tertulias como las del café de Fornos y se codeará con artistas como Santiago Rusiñol y Manuel de Falla. El Madrid de entre siglos y el teatro burgués son las raíces de Isbert. Se inicia en el cine en 1912 caracterizando a Pardiñas, el asesino de José Canalejas, pero el cine no será lo habitual hasta pasada la Guerra Civil. En 1915, después de esperar a que se haga mayor de edad, se casa con su prima Elvira contra la voluntad de los padres de la muchacha. En 1917 está de gira teatral por la Argentina y conoce a Enrico Caruso. Yendo con él una noche por Buenos Aires el tenor se arrancó a cantar «Celeste Aída» y un policía lo multó por alborotar a esas horas. Pepe Isbert y Luis Manrique, que los acompañaba, se peleaban por pagar la multa, pero Caruso se lo impidió diciendo: «Dejadme a mí ese honor. Es la primera vez que me cobran por cantar y no voy a desperdiciar la ocasión».


De primeras figuras del mundo artístico, de chistes que circulaban en el momento y de pequeñas anécdotas están plagadas estas memorias recopiladas por su hija María Isbert y publicadas por primera vez en los años sesenta. «¿Qué género le gusta más: dramático, cómico o sentimental?», afirma haberle preguntado un día a Benito Pérez Galdós: «Me gusta cualquier género, siempre que no sea el género tonto», fue la respuesta.


Durante los convulsos años treinta trabaja en Francia en los estudios que la Paramount tenía en Joinville y la guerra lo coge haciendo teatro en Barcelona, lo que lo obligará a pasarla entera en zona republicana, entre Albacete -donde para no tener muchos problemas pondrá en escena «Nuestra Natacha», de Alejandro Casona-, Madrid y Valencia. En la posguerra se convirtió en uno de los actores más importantes del país, pero fue sobre todo a raíz de su colaboración con Luis García Berlanga en Bienvenido, Mr. Marshall cuando adquirió una popularidad inigualable, que con el tiempo no haría más que crece -paradójicamente ayudada por un problema de laringe que le daba una voz característica y que le haría sufrir lo suyo- hasta su muerte en noviembre de 1966.


Estas páginas mantienen la gracia Isbert, el espíritu de su humor y muestran también a un hombre de familia, religioso y conservador hasta lo rancio, cuyas opiniones políticas han envejecido bastante peor que su cine: de la dictadura de Primo de Rivera dice que fue «benéfica para el país, porque nuestra patria ha necesitado siempre de una mano dura y enérgica que la guíe y corrija»; de la II República que «de España se apoderó una época de anarquía, inestabilidad, desasosiego, ignorancia e indisciplina que duraría ya hasta finalizar la Guerra Civil». Su ideario lo formaban el orden, el trabajo y la religión, por lo que no es de extrañar que se encontrara como pez en el agua durante el franquismo: «Me concedieron un puesto importante en la tribuna para presenciar el desfile de la Gran Victoria, que fue de una emoción indescriptible. Y en los corazones y los labios, un nombre mil veces repetido: ¡Franco, Franco, Franco!», pero lo cierto es que Pepe Isbert era ante todo un artista, un trabajador del espectáculo que procuraba seguir aquel consejo que Franco decía practicar él mismo: no meterse en política. Lo suyo fue siempre el espectáculo, y en eso hay que reconocer que era y sigue siendo un maestro. Para comprobar su actualidad únicamente hace falta, como indica el actor Javier Cámara en el prólogo a esta reedición, darse una vuelta por YouTube y echar un vistazo a alguna de sus míticas interpretaciones.


Pepe Isbert es sinónimo de ternura. Todos le queremos. Y lo de menos es que la afición al verso fácil, la ferviente devoción religiosa, las ñoñerías familiares y las opiniones políticas que se ven en estas memorias se nos caigan de las manos.

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