J. C. GEA
De ser las vidas humanas tan largas como a veces llegan a ser sus obras, ayer mismo, 9 de diciembre, el gran Antoon van Dyck hubiese cumplido 410 años. No es una cifra redonda en los cómputos convencionales de una cultura abonada al sistema decimal y a sus fracciones; y, sin embargo, el resonante apellido del maestro flamenco lleva todo el año que concluye sonando aquí, en Asturias, en asociación con una efeméride que, a su vez, se ha sustentado en algunos de los nombres y las obras que persistirán al hacer recuento del arte español del siglo XX. Sobre ese pilar -una gavilla de los artistas ya indiscutibles del pasado siglo en España, con una atención especial a los creadores plásticos asturianos- se ha sustentado a lo largo de los últimos doce meses la celebración del vigésimo quinto aniversario de la apertura de la sala de arte Van Dyck, que estos días concluye el ciclo con una cuidada colectiva: «Joyas del arte español contemporáneo».
La muestra, instalada hasta finales de enero en Propuestas -la activa sucursal de la galería que fundaron en la primavera de 1984 Angelines Pérez y Alberto Vigil-Escalera, y que ahora dirige su hija, Aurora-, comparte con las celebradas durante el resto del aniversario un espíritu que ha querido ser de reafirmación en una línea que Van Dyck define -y subraya- como «ecléctica», pero que también exhibe un decidido viraje, confirmado en los últimos años, hacia las firmas más consolidadas de la vanguardia española del medio siglo en todos sus lenguajes.
Desde ese horizonte, la última colectiva de estas bodas de plata ha procurado, según Aurora Vigil-Escalera, recolectar «obra especialmente selecta y catalogada» de épocas «especialmente interesantes» -y no siempre accesibles para el coleccionista interesado- de muchos de los artistas que han marcado el rumbo de la abstracción española o la figuración más personal en la agitación de las décadas de los 50 y 60. Junto al indiscutiblemente más universal de todos ellos, Antoni Tàpies, se cuelgan, por ejemplo, un furioso Feito, rojo y pastoso, de 1961; «Mercado», un delicado Mompó de 1960; una característica arpillera de Millares, «Ínsula», fechada en 1968; una «Cabeza» de Saura de 1960, y un díptico sobre papel, «Dos damas», de 1957; espléndidos paisajes de la época castellana y romana de Vaquero Palacios; la «Figura número 5» de Antonio Suárez en su época de plena adscripción al Grupo El Paso? Además del pintor gijonés, la participación asturiana en la muestra incluye piezas de Orlando Pelayo, en la época de sus «Cartografías de la ausencia», y del escultor Vicente Díaz Canónico, con un bronce, y el madrileño afincado en Gijón José María Navascués, con piezas que, como siempre en su caso, sobrecogen por su fuerza y su excelencia: «No sabemos cuándo va a comenzar» (1974) y dos «Baúles» del mismo año. La selección se completa con obras de Vaquero Turcios, Farreras, Amadeo Gabino, Francisco Barón, Rafael Canogar o José Luis Sánchez que, como en el caso de las exposiciones precedentes de este ciclo, irán variando parcialmente sus contenidos hasta la clausura, ya en el año 26 de la historia de Van Dyck y en el undécimo de Propuestas.