La expansión del repertorio operístico más allá de los cauces en los que estuvo décadas encorsetado ha permitido un crecimiento del género lírico en nuestro país sin precedentes por su intensidad y permanencia en el tiempo. De hecho, autores como Leos Janácek ya no precisan de una reivindicación justificativa de su valía para ser incluidos con normalidad en una temporada de ópera. En el caso del checo, su legado lo ubica como uno de los principales nombres del siglo XX y uno de los compositores de ópera más interesantes de la historia del género. No siempre fue así. Le costó a Janácek romper el muro, pero el tiempo ya lo ha ubicado en el Olimpo que le corresponde. Su obra, verdaderamente, es un fogonazo que estremece y emociona por su honda calidad musical y su inspirada enjundia dramática. Y dentro de su catálogo Jenufa es una de las cumbres de su abigarrada creatividad.
Estamos ante un drama naturalista, de acerada musicalidad y desarrollo dramatúrgico descarnado. Jenufa es una obra maestra que ya se puede escuchar en nuestro país con normalidad, con representaciones de manera frecuente y niveles de calidad significativos. En el Real se desarrollan ahora nuevas funciones del título y se están convirtiendo en uno de los grandes éxitos de la temporada en curso por la intensidad de una puesta en escena y de una lectura musical que enfatizan con rigor y criterio la trágica historia que Janácek expone de forma tan virulenta. En el fulgor de estas veladas tiene mucho que ver la experimentada batuta de Ivor Bolton. El director inglés atrapa la esencia de la partitura con una tensión y una fuerza arrolladoras. Construye un discurso musical limpio, sin aditamentos extraños, y consigue así un torrente de sensaciones a través de un acercamiento que deja ver en todo su esplendor la excelencia de la obra. Como complemento, el trabajo en la dirección de escena de Stéphane Braunschweig es magnífico en su concepto sobrio y abigarrado. Expone la historia con mesura, y de ahí extrae la fuerza que la música imprime al desarrollo dramático. Los personajes están construidos con acierto, muy bien definidos, y las diferentes atmósferas se recrean con minucia en un cuidadoso trabajo luminotécnico y de movimiento escénico. Es, asimismo, un elemento a favor el cambio del último acto, que lleva la acción a la iglesia, subrayando el acoso social y religioso que envuelve a los protagonistas.
En ese contexto, un equilibrado reparto sacó adelante la obra con eficacia y equilibrio. La poderosa personalidad escénica de Anja Silja volvió a demostrar su dominio absoluto del rol de Kostelnicka. Aunque, como es lógico, vocalmente su estado es problemático, convence por una interpretación interiorizada del papel que estremece por su fuerza.
Es la suya una exhibición de lo que es una verdadera cantante-actriz, modelo cada vez más difícil de encontrar en los escenarios. También brilló con fuerza la Jenufa de Andrea Dankova, holgada vocalmente, y a menor rendimiento funcionaron Jorma Silvasti como Laca o el Steva de Gordon Gietz. Un lujo fue escuchar tan bien cantada la abuela Buryja de Mette Ejsing, y muy bien el resto de los intérpretes, entre los que estaba la ovetense María José Suárez, siempre perfectamente adecuada a su cometido. El Coro «Intermezzo», ahora titular del Real, demostró su alta capacidad para sacar adelante un título como éste, comprometido y exigente. Al final, intensas ovaciones refrendaron una velada en la que, de nuevo, se pudo apreciar el enorme talento de Janácek, al que el paso del tiempo ha hecho justicia. ¿Quién hubiera imaginado semejante entusiasmo ante el compositor checo en nuestro país tan sólo veinte años atrás?