TINO PERTIERRA
Amor y horror. El pegajoso perfume del miedo. Un aniversario sin sorpresas. Una ausencia que duele e inquieta. Sombras que devoran el alma, penas amortajadas por la confusión. Una mujer en el abismo. Y un hombre que, para rescatarla, deberá lanzarse al vacío de su memoria, adentrarse en su oscuridad para encontrar la luz que permita entender el desorden propio antes de ordeñar el caos ajeno. Los bosques de Upsala (Alfaguara) cierra con una contundencia inapelable la «trilogía de la muerte urbana» que había entregado ya dos perlas como La calle de los suicidios y Mimodrama de una ciudad muerta. Los bosques de Upsala: el lugar donde los ancianos, en la Europa vikinga, pasaban sus últimos momentos de vida cuando habían dejado de ser útiles para la comunidad. Y se colgaban. La novela de Álvaro Colomer también dibuja un paisaje desolador y poético, exquisitamente cadavérico, fúnebre que no macabro, maquillada su lividez de emociones rotas por un humor aliado del escalofrío. Una casa puede ser un sarcófago, un corredor puede conducir a la muerte. La incertidumbre es la más cruel de las certezas. Retrato de una depresión, crónica de unos pobres amantes: una novela siempre al acecho del lector para ponerle en guardia contra cualquier evidencia, contra cualquier atisbo de conformismo. Colomer desafía a quien lo lee a bajar al mismísimo infierno, habitado por traumas de baldosas ensangrentadas y balcones abiertos al precipicio de la mente. Y con sorpresas encerradas en armarios que huelen a dolor y despedidas aplazadas. Un pasillo, un balcón, un armario: con sólo tres decorados, Colomer pone en circulación un tráfico denso, intenso y frenético de desasosiegos y lamentos. De preguntas sin respuesta, o de respuestas que no admiten preguntas. «No sé por qué quiero morir, pero no puedo dejar de desearlo». Una frase para quebrar cualquier tentación de encontrar soluciones rápidas a problemas eternos. Lentos y devastadores. Y una conclusión que envenena como la picadura de un mosquito tigre y aturde como el silencio de la habitación con bicho. El miedo mueve al mundo y lo inmoviliza. La plaga del miedo: lo que no queremos ver, lo que silenciamos. Y antes de precipitarse a un final bello y desesperado en su poética lucidez, Colomer ofrece un rayo de luz en forma de amor, de amor triste pero amor al fin y al cabo. ¿El amor como único antídoto contra el miedo? Podría ser. Debería ser. Es.