En el repertorio lírico barroco los «lamenti» son pasajes de especial intensidad dramática y espectacular belleza musical. Estos días se pueden escuchar algunos bellísimos en las funciones de Ariodante en el Campoamor. Estamos en Adviento y creo que conviene acudir a la ironía para encarar con buen ánimo el futuro tan tenebroso al que se puede ver, en nada, afrontada nuestra temporada de ópera y que, a buen seguro, tendrá un efecto de arrastre sobre el resto de la actividad de la ciudad. Ya se sabe que a mal tiempo buena cara.
Imaginemos un gran escenario barroco lleno de trampantojos y muchos efectos envolventes. Se alza el telón del teatro ovetense y la escena es tremendamente dramática. El ciclo operístico asturiano va a ser enterrado, en un orlado ataúd y, como corresponde, con pompa y boato escénico y escenográfico. Para ello se organiza un estrambótico cortejo fúnebre. Portan el cadáver lírico fornidos operarios y técnicos de la casa a punto de pasar una temporadita en el paro gracias a la ímproba labor de algunos de los que participan en el cortejo. Encabezan la marcha, rigurosamente enlutados, el presidente de la ópera Jaime Martínez acompañado de su muda directiva -todos han hecho convenientemente sus labores de manicura y pedicura y ahora el respetable espera que, al menos, bailen algo, aunque sea un chotis-. Le siguen, prietas las filas, Gabino de Lorenzo y Vicente Álvarez Areces, ambos del bracete e incapaces de mantener una industria cultural de rango internacional. Portan dos cofrecillos: en el de De Lorenzo se lee «cri», mientras que en el de Areces se aprecia la inscripción «sis». Se trata de una fórmula mágica -crisis- que vale para todo, a conveniencia, y es la disculpa perfecta para mandar currantes a la calle sin dolor, ahorrando supuestamente unos eurillos que luego acaban siendo gastados en solemnes chuminadas. De Madrid no acude nadie porque el Ministerio está ajetreado en evitar hechos luctuosos como el ovetense en ciudades como Barcelona, Sevilla, Bilbao o la propia capital, no vaya a ser que el caso de Oviedo acabe en pandemia tipo gripe A lírica. Ni tan siquiera han enviado un mísero telegrama de condolencia debido al recorte de un apartado llamado «gasto corriente». Siguen el peculiar desfile decenas de empleados del Campoamor y también del Auditorio temerosos de su suerte y los músicos de las orquestas que van a tener unas cuantas semanas de vacaciones forzosas. En una esquina se observa un individuo envuelto en una manta en la que está bordada la inscripción «Oviedo musical» y que está recibiendo una soberana somanta de palos por pedigüeño y quejica y por tener la osadía de afirmar que un músico, una peluquera y un tramoyista del teatro también pagan una hipoteca como los albañiles o los vendedores de coches. La tortura no tiene más objetivo que obligarle a decir que la ópera, la zarzuela o los conciertos no son más que un lujo para cuatro ociosos que mejor dedicaban su tiempo libre a fregar letrinas.
A un lado de la marcha, alzando un estandarte con una efigie krausiana, se divisa a Carlos Abeledo y sus mil once prohijados -al modo de Santa Úrsula y las once mil vírgenes-. Parecen también piadosos, aunque llevan a un director de escena justamente maniatado por sus excesos en los que obligó a una soprano a enseñar un tobillo en La Traviata. Vienen con otra pancarta en la que se lee: «¡Intolerable, esto no gusta en Oviedo!». Se cierra la marcha con varios críticos -entre ellos el más que torpe que firma esto y que también merece escarnio-, periodistas y miles de aficionados que asisten estupefactos a un espectáculo que no era el que estaba programado a priori. Rezan, con fervor, para que se produzca una resurrección o un milagro. Cuando todos terminan de pasar por el escenario se baja el telón y no hay ni ovación ni pateo. Sólo silencio y rabia contenida a la espera de que el temporal amaine o que el barco de la ópera se hunda como el «Titanic.» ¡Feliz Navidad!