Arte

La geometría del destierro

Lisardo regresa a Vértice con «Fricciones en el exilio», una individual organizada en torno al concepto de umbral en el que su pintura se hace más dura, quebrada y desasosegante

 
La geometría del destierro
La geometría del destierro  
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J. C. GEA JESÚS FARPÓN TRES DE LAS OBRAS QUE LISARDO MUESTRA EN LA GALERÍA VÉRTICE. / JESÚS FARPÓN Con ocasión de su última exposición en Gijón, Lisardo Menéndez Minas (Mieres, 1960) se autodefinía como «un pintor que trabaja en la frontera». Año y medio después, Lisardo ha decidido pintar la frontera misma; pues ese es el tema que articula su nueva muestra individual, en la ovetense galería Vértice. De nuevo bajo un título enigmático («Fricciones en el exilio»), pero mucho más descriptivo y concreto de lo que pueda sonar en primera instancia, Lisardo agrupa una serie de pinturas, la mayor parte de ellas de gran formato, en torno a una sencilla pieza escultórica en hierro: dos hojas enfrentadas que dejan entre sí una mínima abertura quebrada. Una estructura muy elemental con la que ha querido simbolizar «una puerta, pero no una puerta que intenta señalar el paso de un lugar a otro o un cambio de situación, sino que se simboliza a sí misma»: la quicio como lugar, el umbral como territorio, el límite convertido en una especie de suelo sagrado, «un templo» -sugiere Lisardo- levantado a esa condición de exiliado de la que habla el título.


Todas y cada una de las obras incluidas en «Fricciones de exiliado» alude de una manera u otra a esa forma, a veces repetida en toda su superficie y otras resumida en la fina línea de vacío que separa las dos hojas de la puerta. El lenguaje de Lisardo sigue siendo reconocible, y el mundo que construye también: un ascético universo de geometrías pintadas con una perfección extrema en el que se combinan grandes áreas monocromas de negrura contrapunteadas por líneas o polígonos de rojo puro y campos de blanco que velan estructuras y ritmos al límite de lo visible. Pero, tal y como advierte él mismo, es una pintura «más incómoda, más dura».


Y es verdad que el espectador no va a encontrar en esta individual los despejados espacios de meditación y concentración que Lisardo abría en etapas anteriores, y que obligaban a dirigirse hacia el interior de la obra. Aquellos recintos de blanco sobre blanco exigían una atención que compensaba con la revelación de un mundo sutil pero rigurosamente constituido, y también con «un estado de calma y relajación»; en este caso las «fricciones» son también fracciones, fracturas, anfractuosidades que escenifican la inestabilidad e incluso el dramatismo de «una armonía que se ha roto» y que también se muestra «en el paso, casi trabajoso, de una pieza a otra, ya que no hay una homogeneidad que ayude a darlo».


La fuente de esa disarmonía y de la imperiosidad formal que manifiesta la nueva obra de Lisardo hay que buscarla justamente en las «fricciones», las tensiones conflictivas que genera «un concepto de exilio que no es el habitual»: «No es el exilio de un lugar concreto y estable, un lugar definido donde uno tiene su vida, sus seres queridos sus amigos, y del que es expulsado o que añora, sino más bien el exilio de lo que se desea, de lo que se anhela», aclara Lisardo. No es tampoco «el aislamiento o la soledad que alejan del mundo a quien se encierra en el estudio para crear».


Es, tal vez, una especie de representación extremada, una territorialización simbólica de la insatisfacción permanente del creador y la frustración ante unas formas que, incluso en su perfección y su pureza, se quedan cortas «para satisfacer las presiones del yo profundo, que quiere expresarse» y acaban «encubriendo lo real que hay detrás de las apariencias».


Un discurso perfectamente compatible con una obra que en su tensión hacia la pureza y en su autoexigencia casi cruel delata, como mínimo, una tendencia hacia el platonismo y posiblemente, más allá de él, hacia una concepción mística que invita a mirar hacia maestros como Malevitch.


En esa superación del formalismo en el que perfectamente podría quedarse una pintura tan rigurosamente pensada y ejecutada, en esa «fricción» que desasosiega Lisardo y ahora también al espectador de su obra, se manifiesta al final la «ficción» que al final envuelve toda representación y toda forma. Incluso las este depurado universo de geometrías que el artista mierense está pintando desde el incómodo e intransitable umbral entre la apariencia y la realidad profunda; un territorio que se anhela, pero que se revela también tan inalcanzable como la patria lo es para el exiliado.

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