POR LUIS M. ALONSO
Oscar Wilde fumaba cigarrillos en boquilla de oro y se paseaba por las calles con un girasol en la mano. Fue rico, grande y hermoso. Sus amigos y conocidos lo comparaban a un emperador romano, otros, al mismo Apolo, de lo que resplandecía. Según Pierre Louys, que lo llegó a conocer muy bien, poseía lo que Thackeray llamaba el don esencial de los grandes hombres, es decir, el éxito: sus libros asombraban y sus obras de teatro encantaban. Ameno conversador, Wilde tenía la facilidad para engatusar a los que le rodeaban: había sabido crear, a modo de fachada de su verdadera personalidad, un divertido fantasma, que interpretaba con ingenio.
Pero el Wilde que se registró como Sebastian Melmoth, primero, en el Hotel de Nice, y, después, en el hotel D'Alsace, de la Rue des Beaux Arts, no era ya el mismo hombre al que Londres y París se habían rendido, sino un ser débil y derrotado por la cárcel y los desengaños amorosos, sin alegría de vivir y apenas dinero en el bolsillo. Lord Alfred Douglas, aquella criatura caprichosa por la que se había jugado salud y prestigio, le había abandonado después de dejarlo sin una libra. Juntos habían hecho planes de compartir casa en la bahía de Nápoles y trabajar, pero Bossie le hizo saber en seguida que su único proyecto era que Wilde consiguiese suficiente dinero para los dos. «La única esperanza de vida o de actividad literaria era volver junto al joven a quien amaba antes. Con trágicas consecuencias para mi nombre», confesó por carta a Robert Ross, su amigo más cercano y comprensivo.
El reinicio de su vida en París, a principios de 1898 y dos años antes de su muerte, coincidió con la publicación de La balada de la cárcel de Reading; sin embargo, ya no volvió a escribir, pese a los esfuerzos de Frank Harris, su benefactor, un financiero que le ofreció pasar el invierno en la Costa Azul para insuflarle ánimos literarios y que se ocupó de pagar las deudas que iba dejando Wilde.
El hotel D'Alsace no era precisamente L'Hotel, el lujoso establecimiento que se edificaría más tarde en el mismo solar de la Rive Gauche y que actualmente vende, entre sus comodidades, la historia del ilustre inquilino. Aquél era un local de cuarta clase y la habitación donde moriría el escritor, en la primera planta, daba a un patio. El mobiliario consistía en una mesa coja, un sofá ajado y una cama demasiado corta para la estatura de Wilde. El papel que decoraba la pared era tan horrendo que Reginald Turner, el amigo que lo veló en las últimas horas, recordaría más tarde a propósito de él uno de los suspiros del escritor ya a punto de morir: «Me está matando. Uno de los dos tenía que marcharse».
El neoyorquino Herbert Lottman, último biógrafo del autor de El retrato de Dorian Gray, cuenta cómo hace ya medio siglo cuando llegó a París se instaló en un apartamento en un inmueble al lado del hotel D'Alsace. A través de la ventana de su habitación, también en la primera planta y con vistas al mismo patio, contemplaba un paisaje idéntico. «De haber vivido Wilde entonces, habríamos mirado los mismos árboles, y tal vez habríamos podido conversar por encima de la pared de separación...».
Lottman, historiador norteamericano y gran biógrafo literario, es siempre un autor capaz de sumergirnos en la tremenda ansiedad que da el transcurrir de los acontecimientos. Lo consiguió con Gustave Flaubert y Albert Camus; también en La caída de París, un apasionante diario que comienza un 9 de mayo de 1940 con la Batalla de Francia y acaba un día después del armisticio solicitado por el nuevo gobierno francés de Pétain, el día 23 de junio del mismo año; en La depuración y en La Rive Gauche, todos ellos parte de una trilogía y publicados en España por la misma editorial, Tusquets, en cuya colección «Tiempo de Memoria» figura ahora Oscar Wilde en París. El estilo narrativo ameno y fresco de Lottman nos permite en 237 páginas seguir los pasos del exuberante escritor irlandés por la ciudad que adoraba y en la que buscó refugio tras ser acusado de «delito contra las buenas costumbres» por el padre de su amante, Lord Queensberry, y cumplir dos años de cárcel. Todos le habían advertido que con Queensberry, el hombre irascible y violento que dotó al boxeo de guantes, no se jugaba y le animaron a irse antes a Francia o a cualquier otro lugar, pero Wilde por entonces no estaba dispuesto a renunciar a nada, incluido su sentido del humor: «Todo el mundo quiere que me vaya al extranjero, pero vengo de allí. Y ahora he regresado. No puede uno estar marchándose continuamente al extranjero, a menos que sea misionero, o viajante de comercio, lo que viene a ser lo mismo».
Por las páginas del libro de Lotmann desfilan los escritores que lo trataron en sus visitas y etapas en la Ciudad Luz: Marcel Schwob, Pierre Louys, su falta de entendimiento con Marcel Proust, la ambigua relación con André Gide, Leon Daudet, Mallarmé, Valéry, y su admiración por Verlaine. También, las hipótesis sobre la enfermedad que le causó la muerte: la descartada sífilis, la intoxicación por mejillones y la que finalmente tomó mayor cuerpo de una encefalitis meníngea originada en una otitis.
Wilde descansa en París, en una avenida de olmos sin hojas en el Père Lachaise con su nombre grabado en la tumba cubierto de besos estampados con lápiz de labios. La tarde que me acerqué hasta su sueño eterno alguien había pintarrajeado: «L'importanza di essere Oscar».