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Periodistas y espías

El asesino ausente, la nueva novela de Tino Pertierra, y dos obras recuperadas de Humphrey Slater

 
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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ Ahora que el Ayuntamiento de Oviedo se ha cargado el premio «Tigre Juan» (hay que ahorrar y doña Cultura nunca ha dejado de ser la paganini preferida de las crisis de otros), conviene recordar que aún sigue vivo y coleando quien lo ganara en 1996. Lo contrario de otros galardonados o aspirantes iracundos, que tanto prometían y tanto, ay, faltaron a sus promesas. Hablo del gijonés Tino Pertierra, a quien ya sería injusto calificar tan sólo como periodista, pues va por la veintena de libros publicados: repito, por la veintena. A los ojos de cierta crítica, siempre Pertierra ha tenido dos defectos: que nunca se ha apuntado a capillita alguna y que escribe a diario. Se ha ido convirtiendo, pues, en un escritor que escribe y por libre, y en un periodista cuyo trabajo no falta día que no veamos en LA NUEVA ESPAÑA. Lo cual quiere decir que molesta a los atechados bajo algún laico patronazgo literario y, sobre todo, a quienes llevan quince años prometiendo la obra maestra narrativa de Asturias que ni llega ni llegará. Lo traigo hoy aquí por su última obra, El asesino ausente (editada por Cajastur), un diario de rodaje de Oviedo Express? que no es un diario de rodaje de las nueve semanas y media que duró el de Oviedo Express, la película de su admirado amigo Gonzalo Suárez. «Tino Pertierra ha hecho un reportaje que no se parece a ningún otro», prologa el director. Es así porque en el libro hay periodismo (Pertierra asistió como espía a las sesiones de rodaje desde dentro), pero también hay ficción (desde el mismo título) y mucho del cine del que tanto sabe: por lo tanto, un libro que aúna tres de las vocaciones de su autor, quien siempre, siempre está haciendo algo y preparando lo siguiente. De modo que los lectores que deseen eso que tanto nos gusta a tantos -el meter las narices en lo que dicen y hacen los actores y el equipo entre plano y plano- tienen aquí su libro. Y los lectores que no deseen sólo leer una relación de ocurrencias, sino también unas gotas de ficción muy «Gonzalo Suárez», a leerlo asimismo.


Mucho menos escribió en vida Humphrey Slater, un inglés que aparece en España en 1936 como periodista, que volverá como brigadista y terminará su vida, se supone, en nuestro país, porque nada se sabe de él tras perderse su rastro en 1958, en Madrid. Comunista convencido, antiestalinista después, dueño de una biografía agitada y pintoresca (destruye la estatua de Hitler en el Museo de Cera de Madame Tussauds), escribe dos novelas que ahora alumbra Galaxia Gutenberg. Me parece prescindible la primera, Los herejes, que quizá no cuaje las dos abismales partes en que se divide: de la Edad Media, la primera, a la Guerra Civil española, con los tres personajes principales homónimos. Pero leí con el máximo interés El conspirador, por mi afición inveterada a las novelas de espías y por haber dado pie a una película de los 50, otra de mis épocas dilectas en cine, con los Taylor, Robert y Liz, en los papeles del oficial inglés que espía para los soviéticos y su dulce esposa que no entiende la traición. Pero, bastándome eso, me he encontrado con sorpresa incorporada en una subtrama. Tal era el desprecio de Slater por los estalinistas que, en lugar de caricaturizarlos o sacarlos con rabo y pezuñas, los saca como son: unos burócratas incapaces de salir del bucle ideológico en que ellos mismos se meten. Por una parte, los dos enlaces rusos del espía son de un irresoluto y pasmón que dan risa; por otra, los diálogos decisorios entre un miembro del futuro KGB, un representante del Partido (con mayúscula) y el que preside sus reuniones y que aún debe consultar a Moscú (a otro alto funcionario a quien la vida y la muerte ajenas fastidian un fin de semana de caza) reflejan a las claras el barullo mental en que se movían los conductores del proletariado y que, a su vez, movían a su peones mediante el miedo y una monumental comedura de coco autoculpatoria en donde los hundían. Una joyita.

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