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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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ANTONIO RICO
¿La caja tonta? La televisión nunca fue tonta y el televisor ya ni siquiera es una caja, así que dejémonos de frases mal hechas y peor concebidas. Hagamos como Groucho Marx, que decía que la televisión hizo maravillas por su cultura, ya que cuando alguien la encendía él se iba a la biblioteca a leer un buen libro, pero al revés. Hablaremos de dos libros que tratan sobre dos series televisivas y, luego, encenderemos el televisor. Si lo prefieren, primero pueden ver un capítulo de «Los Simpson» y de «Los Soprano», y luego leer Los Simpson y la filosofía (Blackie Books, 2009) y Los Soprano forever. Antimanual de una serie de culto (Errata Naturae, 2009). A Groucho Marx le dará igual.
Veinte filósofos se reúnen y escriben un libro sobre «Los Simpson». Y no es un chiste. ¿Es que Homer Simpson tiene filosofía? Nadie lo duda. Pero William Irwin, Mark T. Conard y Aeon J. Skoble (no son nombres sacados de un capítulo de «Los Simpson», sino los nombres reales de los tres editores de Los Simpson y la filosofía) intentan no tanto revelar el significado filosófico de los guiones de la serie de dibujos animados como utilizar a los personajes de Springfield para hablar de filosofía. Platón lloraría de felicidad, y seguro que llenaría su famoso «mito de la caverna» de seres amarillos con cuatro dedos. «Los Simpson» puede parecer poco filosófica, porque se trata de una serie de dibujos animados y la familia Simpson es más famosa que los «Beatles», pero haríamos mal en menospreciar a Homer y compañía sólo porque son dibujos muy famosos. Como dice Matt Groening, una de las cosas buenas de «Los Simpson» es que si has leído algunos libros pillarás más chistes. Es decir, «Los Simpson» es una serie que te premia por prestarle atención, y ese detalle convierte a Homer en material filosófico de gran calidad.
Uno de los capítulos de Los Simpson y la filosofía se titula, precisamente, «Homer y Aristóteles». Según Raja Halwani, su autor, Homer es un tragón, un mentiroso, carece de sensibilidad hacia las necesidades de los demás, le falta amabilidad y sentido de la justicia, no es generoso, tiene colegas pero no amigos, deja mucho que desear como padre y marido, carece de sabiduría práctica, tiene sueños (ser dueño de los Dallas Cowboys) pero no metas, es incompetente en su trabajo y tremendamente vago. Homer no es un hombre virtuoso, pero hay algo admirable en él desde el punto de vista ético: su amor a la vida y al goce en el nivel más básico. No es poco, teniendo en cuenta que el sueldo de Homer le permite llegar con dificultad a fin de mes (renunció dos veces a comprar un aparato de aire acondicionado para que Lisa tuviera un saxofón), trabaja para un capitalista sin escrúpulos y vive en una ciudad horrible. Poner la lupa filosófica sobre Homer puede dar también resultados inesperadamente kantianos. Moe sólo se mueve por sus deseos, mientras que Ned lo hace por su conciencia moral, pero para que exista un verdadero sentido del deber moral estas dos tendencias (los deseos y el deber) tienen que estar en conflicto, por eso tiene mucho mérito moral que Homer renuncie a la fama tras haber pescado al «General Sherman» (un siluro de 200 kilos) para salvar su matrimonio. Gracias a esa misma lupa filosófica Lisa puede convertirse en un ejemplo perfecto de la relación amor-odio que la sociedad estadounidense mantiene con los intelectuales, el silencio de Maggie puede servir de reflexión acerca del valor de la palabra en Oriente y Occidente, Marge se presenta como la encarnación amarilla de la receta aristotélica para una vida feliz (es decir, moral) y Bart, el chico malo de la serie, puede dar pie a hablar de Nietzsche, el chico malo de la filosofía. No está mal, para ser unos simples, y famosos, dibujos animados.
Las cuatro partes de Los Simpson y la filosofía están llenas de ideas sugerentes, y el lector siente tanto placer al descubrirlas como cuando sabe la respuesta a una pregunta del «Trivial» o capta una de las alusiones que aliñan un capítulo de «Los Simpson». Es cierto, como apuntan William Irwin y J. R. Lombard, que no todos los espectadores se percatan de las alusiones a Ginsberg, Kerouac o el Bosco en «Los Simpson», del mismo modo que no es fácil conocer la respuesta a todas las preguntas del «Trivial» o estar familiarizado con la filosofía de Nietzsche, pero todo eso no impide disfrutar con «Los Simpson», con el «Trivial» y con un libro como Los Simpson y la filosofía. Los guionistas de «Los Simpson» saben que no todos los adictos a la serie captarán todas las referencias (un niño probablemente no entenderá una referencia a «Dallas» o a Stephen Hawking), así que utilizan las alusiones de tal manera que aumenten el disfrute de quienes las detectan y no entorpezcan la diversión del público para el que pasan desapercibidas.
Del mismo modo, los lectores familiarizados con Nietzsche, Kant o la palabra «heurística» disfrutarán con la lectura de Los Simpson y la filosofía, pero el desconocimiento de la filosofía de Nietzsche en ningún caso entorpecerá la diversión de quienes sientan curiosidad por saber qué se ve al poner la lupa filosófica sobre Springfield. Tanto si usted ha leído a Heidegger y a Roland Barthes como si no, disfrutará leyendo que Bart es un pensador heideggeriano y que «Los Simpson» es una serie posmoderna en el sentido en que se presenta como un pastiche autoparódico y autorreferencial de textos previos. Eso sí, si ha leído algunos libros pillará más chistes filosóficos.
Carl Matheson sostiene que el humor de «Los Simpson» es frecuentemente cruel, y que la serie deja de ser graciosa cuando se aleja mucho tiempo de la crueldad. Dale E. Snow introduce la lupa filosófica en la política sexual de «Los Simpson» y concluye que la serie es conservadora, no sólo porque Marge se mantiene dentro de los límites de la maternidad televisiva establecida a finales de la década de los 50 del siglo pasado, sino porque la familia Simpson se presenta como una parodia de la familia estadounidense, pero el ideal de la familia no queda hecho picadillo como sí ocurre, por ejemplo, con el capitalista señor Burns. Paul A. Cantor descubre que «Los Simpson» es una serie profundamente anacrónica por la manera en que se hace referencia a una época pasada, en la cual los estadounidenses se sentían más cerca de las instituciones y la vida familiar estaba fuertemente arraigada en una comunidad amplia pero siempre local. Así, Springfield es una especie de polis clásica, tan autónoma como el mundo contemporáneo lo permite. Sin abandonar la lupa filosófica, Daniel Barwick nos ilustra acerca de lo mucho que podemos aprender del señor Burns sobre cómo no vivir la vida. El dueño de la central nuclear de Springfield no es feliz porque es una persona de excesos vulgares y, sobre todo, no disfruta de las cosas más allá de lo que representan, por eso la vez que estuvo más cerca de la felicidad fue cuando disfrutó del sencillo placer de comer un helado en la feria de su ciudad.
¡Claro que se puede hacer filosofía utilizando a «Los Simpson»! La ficción puede estimular la reflexión, y más cuando la ficción se apoya en guiones maravillosamente bien escritos y muy divertidos. ¿Desde cuándo la comedia no es una cosa muy seria? Como dice Jennifer L. McMahon, los chistes de «Los Simpson» sobre todo lo divino y lo humano permiten que el espectador se interese por cuestiones que quizás de otro modo preferiría evitar. No caeremos en la trampa de decir que «Los Simpson» es una serie «inteligente», pero sus alusiones, dobles sentidos, gags visuales, parodias y humor referencial convierten a la serie en nuevo mito de la caverna platónica sobre la que aplicar sin complejos la lupa filosófica. Ahora bien, si de lo que se trata es de utilizar el microscopio filosófico, mejor nos vamos a otra serie y otro ensayo.
«Los Simpson» es una serie con muchos personajes, pero «Los Soprano» es una serie, sobre todo, de un personaje: Tony Soprano. La mayoría de las agudas reflexiones que nos esperan en las páginas de Los Soprano forever giran en torno al gran (en todos los sentidos) Tony Soprano, interpretado por el gran (en todos los sentidos) James Gandolfini. Por eso Iván de los Ríos, Ignacio Castro, Peter H. Hare y compañía abandonan la lupa filosófica y se pasan al microscopio para analizar una serie de proporciones eminentemente griegas acerca de un coloso frágil, cruel, contradictorio, bello y repugnante. Tony Soprano, dice Iván de los Ríos, no es un héroe griego, pero sí está caracterizado por el vicio predilecto de la literatura antigua: el exceso. El microscopio filosófico puede presentarnos a Tony Soprano como un nihilista o hacer que un tipo como Lacan tenga algo que decir acerca de ese mafioso adúltero, mentiroso, deshonesto, vicioso, que trafica con drogas y se dedica a la prostitución, la extorsión, la usura, el blanqueo de dinero, el asesinato, el robo, la pornografía y la corrupción de policías. Vaya tipo, Tony. ¿Por qué, se pregunta Noël Carroll, simpatizamos con un personaje de ficción por cuyo homólogo en la vida real no sentiríamos más que aversión? La explicación más simplona es que Tony Soprano satisface nuestros deseos más oscuros, pero el microscopio filosófico nos muestra otra cosa: Tony Soprano nos fascina porque nos aliamos con él. Tony, un gánster con problemas de clase media (depresiones crónicas, hijos díscolos, mujer aburrida...), parece relativamente menos sádico y con más conciencia social que los otros mafiosos de la serie, así que podemos estar tranquilos si sentimos simpatía por el diablo de Tony, porque esa simpatía es compatible con la antipatía hacia un gángster real con sus mismas características.
«Los Soprano» es, para muchos, la mejor serie de televisión de la historia. «Los Soprano» entretiene porque conmueve, acojona, sorprende e inquieta, y porque es la alquimia perfecta entre la acción violenta y la alquimia sentimental. El sorprendente y brutal «smash cut» (corte violento) final de «Los Soprano» pide a gritos la ayuda del microscopio filosófico, así como muchos finales de «Los Simpson» suplican la intervención de la lupa filosófica. Un ejemplo. Al final de «Salvaron el cerebro de Lisa», Homer y Stephen Hawking beben cerveza en el bar de Moe y hablan de la teoría de Homer de un universo en forma de donut. ¿A qué esperan? Desempolven la lupa, enciendan el televisor y pónganse a trabajar.
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