RUBÉN SUÁREZ
Bien se podría decir de Miguel Mingotes que -como en su día se dijera de Marcel Duchamp- pertenece a una tendencia de la que él es el único representante. Su lenguaje es un personalísimo logro de ingeniosa sencillez capaz de transformar creativamente la realidad de las cosas mediante la más leve de las manipulaciones, sólo añadiendo un soplo de imaginación y un sutil, pero definitivo, toque de talento. Lo que hace que su obra sea tan singular es seguramente la peculiar sencillez del campo somático en el que se mueve, un juego conceptual en el que con la descontextualización de las diminutas cosas encontradas -en la presente exposición «Coses de la playa»- no pretende ir más allá de lo que en su nueva realidad, y tras la taumaturgia transformación, representan.
Lo que son les basta, sin otras lecturas, asociaciones simbólicas, implicaciones conceptuales metafóricas complejas: no hay provocación, ni doble sentido, ni trastiendas freudianas. Ni dadaísmo, ni surrealismo, ni poemas objeto... aunque sus objetos desprendan sencilla, ingenua y conmovedora poesía.
Dicen que el placer de los niños en el juego es mayor cuando juegan con juguetes creados por ellos mismos, y es bien posible imaginarse a Mingotes haciendo sus propios juguetes, disfrutando con ellos y permitiéndonos a los demás participar en ese juego que es su mundo de creación artística, mágico y tierno, que nos maravilla y nos produce una indefinible nostalgia cuando vivimos tiempos en los que todo, también el arte, suele ser tan complejo y pretencioso.
Nos gusta imaginar a Miguel Mingotes paseando por la playa, la mirada puesta en la arena y atenta a descubrir entre ella las cosas diminutas -conchas, cantos rodados, restos de materiales de construcción o de la naturaleza- que o bien coinciden con una previa búsqueda de determinada forma o bien suponen la revelación de una nueva experiencia formal para el artista. Recoge y embolsa, como dicen en esas series policiacas de medicina forense tan al uso, sólo que no se trata de pistas sobre una muerte, sino la semilla de una recreación artística. Y de ese modo las conchas de los moluscos pueden convertirse en «mar i poses», una línea magistral y un guijarro en un flamenco, un ratón o un barquín, un trozo de hoja seca en la pata de un patu, una concha de sepia en tabla de suelo lancha con motor fuera borda, una piedra y una clavija en un submarino y un botón en el ojo de un pez. Todo es posible en este mundo, todo nos resulta creíble porque el propio Mingotes cree en las fantasías que inventa y eso hace que sus ficciones tengan más fuerza y nos hagan olvidar la realidad de la materia que las sustenta. Habría que inventar otra palabra como papiroflexia para hablar de las sugestiones que es capaz de crear a partir de lo que me resisto a llamar «objets-trouvés».