Ahí, en el medio, tras un costoso ascenso social, con un matrimonio en crisis y una amante, Judith, a la que ansía volver a ver ahora. Ésa es la trama personal que se funde a la fuerza con la locura colectiva, frente a la que actúa irresoluto, amedrentado, un típico antihéroe. Frecuenta a Negrín (quien sale muy bien parado en la novela: activo, eficaz, sin esperanza, pero con convencimiento), a un tristísimo Moreno Villa, a un tenebroso y taimado José Bergamín, dueño de un cinismo atroz que se anuncia en la página 163 y se desarrolla al pasar la 700, justo después de que presenciemos la frivolidad de Rafael Alberti, con su colonia, sus bailes de disfraces y su mono azul impoluto. La mujer de Ignacio y su familia, el profesor Rossman, Van Doren o el capataz de obras (ése sí resoluto) animan un conjunto que nos trata de llevar a cómo era la España de 1936, que combate las simplificaciones ideológicas con que se historió después, y que lleve al lector a preguntarse, como pide Muñoz Molina, qué hubiera hecho él entonces, en aquellas mismas circunstancias, adónde hubiese ido, por dónde proseguir, cómo actuar.
Esa mezcla de lo personal y colectivo es La noche de los tiempos: la historia de un hombre atrapado en medio del caos. Dice Ignacio Abel en la página 908: «Yo estoy donde me han empujado. Podían haberme matado en Madrid y me hubieran matado seguro los del otro bando si me hubiera quedado con mis hijos aquel domingo en la Sierra. Yo no soy un hombre valiente. Ni siquiera soy muy apasionado. Casi nunca he tenido emociones muy fuertes salvo estando contigo, o algunas veces haciendo mi trabajo, imaginándomelo. No soy un revolucionario. No creo que la historia tenga una dirección, ni que se pueda construir el paraíso sobre la Tierra. Y aunque se pudiera, si el precio es un gran baño de sangre y una tiranía, no me parece que valga la pena pagarlo. Y si aun así estoy equivocado y para traer la justicia es necesaria le revolución y la matanza, yo prefiero apartarme, si tengo la oportunidad, al menos para salvar mi vida». ¿Qué hubiéramos hecho cada uno de nosotros?