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Vísperas de fuego

Antonio Muñoz Molina afronta en La noche de los tiempos la historia de un hombre atrapado en el caos de la España de 1936

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Antonio Muñoz Molina
Antonio Muñoz Molina Pablo García
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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
Acabo de hacer un repaso a las reseñas y críticas que se van publicando sobre La noche de los tiempos, la última novela del académico y escritor Antonio Muñoz Molina (1956), y tal parece que anime a todas un juicio común: la novela es muy buena, pero larguísima. O, si quiero ser más exacto, la novela es larguísima, pero muy buena, por este orden. Es decir, bien está aunque cuánto ganaríamos si no contase casi mil páginas. Es más, parece como si las pegas que se le ponen a la novela apresurasen al reseñista o al crítico para disculparse en seguida y aclarar que, a pesar de todo, estamos ante una obra maestra. Leemos a Sánchez Ron: «Sorprende su habilidad para volver, una y otra vez, con exagerada repetitiva constancia, a los mismos temas y detalles, a las, mil veces repetidas, obsesiones y engaños (a su familia sobre todo) de Ignacio Abel (?). Sorprende y admira, aunque también puede llegar a fatigar al lector, que con frecuencia tiene que esforzarse por no perderse siguiendo frases demasiado largas y puntillosas (?). Es una novela ambiciosa a la vez que desmedida (?). Una novela, en definitiva, y por muchos que sean los peros que se la puedan, y deban, poner, admirable». En una palabra: primero, tirón de orejas; al final, alabanza extrema. Leemos a Santos Sanz Villanueva: «No se tome como cicatería o lugar común ponerle una pega a este excelente conjunto, su excesiva longitud. Es el precio del criterio más acumulativo que selectivo del autor y de un recrearse un poco en la suerte de sus capacidades. De ahí la rémora de páginas prolijas y de algunos pasajes pegadizos aunque en sí mismos excelentes (?). Una magnífica novela, una grandiosa novela, referente inexcusable entre las que se asoman con lucidez libre de maniqueísmos a entender la existencia humana, no sólo española, en el inhóspito mundo contemporáneo». En una palabra, lo mismo que la anterior. Fernando Iwasaki la llama «magistral e imprescindible», dos adjetivos más gastados que ni se sabe, aplicados una y otra vez a cualquier cosa que salga de las editoriales. (Abro paréntesis: si de verdad fuesen «magistrales e imprescindibles» todas las novelas que en sus fajas de portada o en sus presentaciones así se ven calificadas por colegas, amigos famosos, paniaguados de relumbrón y semejantes, un servidor de ustedes habrá leído o intentado leer unas ciento cincuenta novelas «magistrales e imprescindibles» sólo el año pasado. Y no).

Así, pienso que Muñoz Molina ya se encuentra en la zona de «no criticar, peligro de muerte» para hispanistas, profesores, cátedros y críticos: enhorabuena. En lo que a mí respecta, en estas mismas páginas alabé sin reparos El jinete polaco (1991) y Ardor guerrero (1995) y mucho me gustan las columnas de su autor; un poco menos, Sefarad (2001); nunca fui forofo ni de El invierno en Lisboa (1985), ni de Plenilunio (1997), ni menos de Beltenebros (1989); me interesa todo lo escrito sobre la Guerra Civil, antes incluso de haber preparado la edición de las Herrumbrosas lanzas benetianas en un solo volumen; y, por último, no tengo reparo ante los tomazos morosos o tupidos, que decía Ortega, siempre y cuando me cuenten muchas cosas o me cuenten unas pocas muy bien. ¿A qué viene tanta declaración de principios? A que La noche de los tiempos me interesó por lo que trata y el castellano claro en que lo cuenta, me aburrió en muchas de sus reiteraciones, la tendré por obra recomendable para quienes quieran saber cómo era el aire de 1936 y no la veo como una obra magistral ni imprescindible.

Parece que la primera idea de Muñoz Molina se la inspiró la peripecia de Pedro Salinas, el poeta del Veintisiete, quien aprovechó una invitación para dar clases en Estados Unidos y quitarse de en medio cuando explota el julio de 1936. El protagonista de la novela se llama Ignacio Abel, un arquitecto que trabaja en el gran proyecto de construir la Ciudad Universitaria madrileña. En octubre de aquel año, se encuentra en la estación de Pennsilvanya, toma un tren para acudir a la Universidad que lo ha contratado y, durante el trayecto, su conciencia, en forma de una primera persona que ocupa su lugar, va reviviendo los meses pasados, las vísperas del fuego de la Guerra Civil. Es un hombre de esa «tercera España» a la que también se le desmorona el mundo aquel verano; que no pertenece con entusiasmo ciego a ninguno de los dos bandos; que simpatizaba con la República, pero abominaba de los desmanes de sus «elementos incontrolados» tanto como de los matones quintacolumnistas; que ve lo que pasa, pero no lo entiende ni comulga con las mentiras de los contendientes.


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