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«Conquista de lo inútil», la aventura selvática de Herzog

El director de cine transforma el delirante rodaje de Fitzcarraldo en una crónica íntima

 
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«Conquista de lo inútil», la aventura selvática de Herzog
«Conquista de lo inútil», la aventura selvática de Herzog  
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ANDRÉS MONTES «Hoy, miércoles 4 de noviembre de 1981, poco después de las doce del mediodía, hemos conseguido pasar el barco desde el río Camisea por encima de una montaña hasta el río Urubamba». Con esta anotación en su diario Werner Herzog (Munich 1942) documenta uno de los escasos momentos de verdad que pueden encontrarse en el cine. Esa es la escena culminante de Fitzcarraldo, la película protagonizada por el insufrible Klaus Kinski que narra el empeño de un marginal de la fiebre del caucho amazónico, desquiciado por el amor a la ópera, por llegar hasta una concesión cauchera casi inaccesible, cuya explotación le permitiría materializar su sueño de llevar la voz de Caruso al corazón de la selva. Dos mundos, ópera y selva -la refinada elaboración de lo humano y la naturaleza más indómita- en apariencia contrapuestos cuya conjunción dota a la película de gran vigor plástico y a los que el director encuentra un nexo común en la condición compartida de ser exuberantes y esenciales a un tiempo.

Aquellos apuntes -que Herzog se resiste a llamar diario y con resonancias conradianas prefiere identificar como un conjunto de «paisajes interiores, nacidos del delirio de la selva»- tomaron forma de libro veinticuatro años después, superados los demonios que impedían a su autor encararse con ellos. Ahora nos llega en castellano Conquista de lo inútil, título que anticipa al lector la voluntad delirante que mueve un proyecto cinematográfico en el que el «así se hizo» es ya propiamente una película.

El libro arranca, y no por casualidad, en San Francisco, a mediados de 1979, en casa de Francis Ford Coppola, quien dirigiera Apocalipsis now en una lucha con los elementos no muy distinta de la que Herzog nos cuenta. Los temores previos ensombrecen el ánimo y el director escribe: «Cuesta acometer este trabajo, esta enorme carga de sueños. Sólo los libros dan algún consuelo». A partir de ahí, Herzog se enfrenta a medios de muy distinta naturaleza pero todos hostiles.

Primero, la selva y el río, elegidos como terreno de batalla para dotar a la narración cinematográfica de una inusual carga de autenticidad. No hay nada en la aventura de Fitzcarraldo que no haya sido antes un desafío para los artífices de la película. La identificación entre el personaje y el director llega al extremo de que, tras la huida de Jason Robards, el primer protagonista, y ante las dificultades para reemplazarlo, el propio director reconoce: «¿Por qué no interpretar yo mismo a Fitzcarraldo? Me atrevería a hacerlo, porque mi proyecto y el del personaje se han vuelto idénticos».

La selva es omnipresente, la mayoría de las veces en la vivencia de su fuerza destructora -«aquí hasta el plástico se pudre, como las cosas orgánicas»; «la selva... es una huelga permanente en contra de los esfuerzos humanos»-, en su capacidad para perturbar el comportamiento humano -«la selva es obscena. Todo es pecaminoso, por eso el pecado en cuanto tal no llama la atención»- y en la constatación de que «en su ser más íntimo, la naturaleza nunca es pacífica». Pero también hay ocasión para la contemplación poética de un río «de belleza indecente».

El segundo medio hostil al que se enfrenta Herzog es el proceso del propio cine. Las dificultades financieras lo ponen al borde de la indigencia. «Estaba tan en quiebra que no tenía nada que comer», relata. La producción se acerca a lo imposible por la necesidad de construir en un entorno selvático un campamento para todo el equipo de filmación y casi mil extras. Obstáculos que se convierten en una «carga abrumadora sobre mis espaldas, todo es demasiado precario: la organización, la financiación, las fechas, la calidad humana». «En mí se agita la desolación, como termitas en un tronco caído», escribe en uno de esos momentos al borde del abandono. Su propio empeño lo acerca al fin: «Estoy tan cerca de los fundamentos del mundo material que hoy he pensado que ya estoy familiarizado por completo con la muerte».

Y el tercer medio hostil es su entorno personal, sobremanera Klaus Kinski, ego desbordante como la propia selva al que no aplaca ni la música con la que Fitzcarraldo intentaba apaciguar a los habitantes de la espesura. Los arrebatos coléricos del actor fueron una perturbación continua. Incluso los caciques de las tribus que participaban en la película se ofrecieron al director para acabar con aquel ser infernal y desasosegante.

El empeño triunfa. El barco asciende a la montaña y Herzog completará la película en 1982.

Veinte años después, al volver a aquellos escenarios en los que la naturaleza ha borrado cualquier huella de su paso, anota: «Miré a mi alrededor, y en el mismo odio en ebullición se encontraba, furiosa y humeante, la selva, mientras el río, con majestuosa indiferencia y sarcástico desprecio, todo lo minimizaba: las fatigas de los hombres, la carga de los sueños y los suplicios del tiempo».

De todo ello queda la mejor película de Herzog, cuyo resultado no es equiparable al esfuerzo puesto en ella, y este libro que el director considera mejor garante de su posteridad que su propio cine.

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