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Novelas SMS

El oficinista, de Guillermo Saccomanno, prosa concisa como anticipo de la futura forma de novelar

 
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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ Antes me corto una tecla que enmendarle la plana a mi vecino de columna Ricardo Menéndez Salmón, cojurado del premio «Biblioteca Breve» 2010, en compañía de otros y de Elena Ramírez, editora de un libro mío, allá por los noventa. Si han concedido los 30.000 euros a El oficinista, del escritor argentino Guillermo Saccomanno, a quien conocen del pasado año los feligreses de la «Semana negra» gijonesa, bien está, amén. Es más, han hecho muy requetebién, a poco que se piense. Han galardonado a la que quizá sea la avanzadilla de las novelas del futuro, muerta ya la trama intrigante, desaparecido el estilo de la época heroica de la novela, linchada la prosodia clásica. Un oficinista muy mal casado se enamora de una compañera de trabajo que tiene lío con el jefe de ambos: no busquen más argumento (o sea, más urdimbre) que ése: es lo que hay. La escritura, sincopada, tiro de ametralladora: frase, punto; frase, punto; frase, punto? y la frase, breve. Ni cadencias románticas, ni un narrador que se enrolla, ni apacibilidad neoclásica, ni experimentos posmodernos. Novela SMS, información concisa, abreviada, la máxima economía del lenguaje. De fondo, un paisaje de los que comenzó Blade runner y siguió cualquier película de catástrofes gore: helicópteros antidisturbios, manadas de cabezas rapadas, perros enloquecidos, niños clonados para adopción, horarios laborales asfixiantes, bombas, lluvia ácida? un paisaje de horror que, como decía el otro, bien pudiera ser ya el nuestro, si mirásemos bien. En la brevedad telegráfica, alguna frase memorable para citar: «Se pregunta si todo lo que hizo para ser feliz no fue demasiada infelicidad», por ejemplo. Y si hay que escribir veinte veces «las tres de la madrugada» en menos de una página, se escriben, apoteosis de la anáfora: véanse las páginas 124-125. Y si el protagonista corre, quede bien claro que corre: «Algunas piedras del collar saltan, pero él corre con las que pudo manotear. Puteadas del viejo. Corre. Gritos de la chica. Corre. Un silbato. Corre. Si se da vuelta está perdido. Corre. Siente una puntada en el pecho. Corre. Le falta el aire. Corre. El calambre en una pierna. Corre. Alto, le gritan. Corre. Un tiro en la noche. Corre. Otro tiro. Corre. El plomo rebota, un tintineo cerca. Corre. Un guardia le sale al cruce» (página 163). Es muy posible que estemos, pues, ante una de las novelas que los futuros docentes (si los hubiere) apliquen como lectura obligatoria (si las hubiere) en los institutos y en las facultades (si persistiesen). El premio «Biblioteca Breve» nació para aupar experimentos narrativos que se saliesen del runrún habitual y El oficinista a fuer que lo consigue. Así pues, no dejen ustedes de leerla, agobiarse con el frenesí de su escritura y contar en sus manos con un adelanto de lo que será novelar (si tal oficio durare) en un futuro que ya llega.

No obstante, si el gusto de quien esto lee es más clásico, acérquese a una editorial pequeña, amante de la calidad, como es El Olivo Azul. Ya cuenta en su catálogo con dos obras «menores» de Joseph Conrad, «el último gran representante de la época de la novela heroica», como escribe Jordi Doce en su muy atinado prólogo a La naturaleza de un crimen, de la que hablo aquí al haberla rescatado del olvido tan benemérita editorial. Es un testimonio curiosísimo este libro. Escrito a medias en los años veinte por Conrad y Ford Madox Ford (el que se aprovechó de Conrad, de quien se aprovechó Conrad, según el biógrafo que se elija leer), los prefacios de cada uno de ellos son un clamor por renegar de esa novela, de ese pecado del pasado. Clamor, sí, mas clamor sutil, si se permite el oxímoron. Conrad llega a escribir que se trata del «esbozo de un mero propósito», nada menos. Que ni recuerdan a ciencia cierta cuándo la escribieron, en qué circunstancias, pero que bueno, que ahí está. Yo me quedo con una definición del citado prologuista a este La naturaleza de un crimen, la confesión analítica de un malversador de fondos: «un divertimento muy ameno», que eso es lo que es, que nada mal está con la que cae. Incluso con frase asimismo memorable: «Soy hombre de mi tiempo, y no es éste un tiempo de grandes hazañas, sino de gigantescas operaciones especulativas» (página 24).

Ahora bien, si el gusto del lector es ya ultraclásico, amante de los relatos «al amor de la lumbre» (si la hubiere), la editorial Alfaguara acaba de reunir la obra breve de José María Merino con el título de Historias de otro lugar. Respóndame -en SMS o mensaje breve, claro- a la siguiente pregunta: ¿a qué personaje real corresponde el personaje ficticio de «La torre del alemán» que se describe en la página 192 de este volumen? No hay premio, sólo la satisfacción de una sonrisa común.

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