El miedo es la mayor y más peligrosa de las emociones. Una revolución pequeña (Lengua de Trapo) es la novela de alguien que coge el miedo por los cuernos y lo torea con la gracia de quien sabe que sólo con humor se puede tolerar este viaje entre tormentas que es la vida. Juan Aparicio-Belmonte (¡apellidos de torero!) es un autor con prosa de estocada y muletazos que lleva al lector a donde quiere con buenas artes y nobleza literaria. Risas envenenadas que dan una patada a la caja de Pandora para que salgan de ella disparates lúcidos y explosiones de cordura extravagante. Una delicia, vaya. Y algo se nota en cada línea, el placer de escribir: «Escribir me protege contra la sensación de vacío interior que me ataca cuando no escribo, pero no sé si lo hago para no sentir miedo. Es como una gimnasia intelectual sin la cual entristezco. Como el deportista que corre todos los días y cuando sufre un esguince se deprime. Algo así me pasa a mí. He adquirido la costumbre de la escritura, y ahora se ha transformado en vicio. Antes me costaba mucho más sentarme a escribir. Ahora tengo que hacerlo prácticamente a diario». Y eso que, cuando se termina la obra «siempre me pongo melancólico. El mayor placer de la escritura de novelas está, en mi caso, en la parte final, cuando ya sé que voy a terminarla y me parece que todo cuadra, veo los personajes, vivo las situaciones... Es entonces cuando tengo que dar por terminada la novela, lo que me produce una sensación ambivalente. Por un lado, de orgullo; por otro, de pena, porque es cuando más disfruto. En este sentido Una revolución pequeña no ha sido diferente de mis anteriores novelas».
Y un detalle interesante: al empezar la novela se siente «demasiado libre, cuando todo es posible ante la página en blanco. Puedes optar por cualquier vía. A medida que voy avanzando con la novela me voy sintiendo más prisionero de lo que ya he construido, en concreto, de los personajes, a los que ya no puedo manejar libremente, porque se puede resentir la verosimilitud de la narración. Este momento, el de la prisión, es muy placentero. El otro es el célebre miedo a la página en blanco: al desierto. Hay que empezar a construir, pero ¿por dónde empiezo? Es una libertad que asusta y que exige arrojo». En cualquier caso, «he disfrutado del paisaje. La novela pretende amenizar, pero también generar cierto malestar en el lector. Como soy mi primer lector, a mí me ocurrió lo mismo».