por Luis M. Alonso
Alberto Savinio fue el seudónimo de Andrea de Chirico (Atenas, 1891-Roma, 1952), hermano del fundador de la Scuola Metafísica, Giorgio de Chirico, y, como él, pintor, además de escritor y músico. Savinio ha sido el pintor más dotado para la palabra que conozco y probablemente el escritor mejor dispuesto para la pintura. Leonardo Sciascia imaginó su huella en el siglo XVI en Sicilia en un mural de una iglesia de Catania, Santa Maria di Gesù. Lo hizo en un relato como homenaje a su mundo de memoria, incidencias, coincidencias y refracciones.
Savinio era un surrealista cívico: un adscrito al dilettantismo artístico, que aspiraba a iluminar el mundo con la luz de sus colores, la elegante sabiduría de sus palabras y el sonido de su música. Lean, por ejemplo, lo que escribió del pasado: «Es el pasado silencioso e inmóvil, como un mar abandonado por los vientos. Cerrado para siempre a las corrientes de cualquier movimiento, como también al paso terrible del destino, una severa calma lo rodea, asegurándole inmutable reposo. Todo lo que, desde el presente, pasa al pasado, a fin de posarse más fácilmente en aquellos lugares fijos donde la vida ya no gira, tiene que ajustar antes todas sus cuentas con el destino, y solamente entonces se vuelve sacrosanto y adorable en la persistencia del recuerdo».
Tuve ocasión de ocuparme de Savinio no hace todavía demasiado, con motivo de la bella semblanza de Capri que tanto le gustó a Raffaele La Capria. Ahora no hay ningún motivo para no volver hacerlo, coincidiendo con la traducción al español a cargo de Jesús Pardo de la Nuova Enciclopedia, un libro compuesto por las entradas que el autor publicó hasta los años cuarenta en la revista «Domus» y en los periódicos «La Stampa» y «Corriere della Sera». La declaración de principios del propio Savinio es lo que mejor define el espíritu de libertad de esta obra que edita Acantilado: «Tan descontento estoy de las enciclopedias que he hecho la mía para mi uso personal. Schopenhauer estaba tan descontento de las historias de la filosofía que hizo la suya propia».
Su enciclopedia, como toda obra de estas características, engloba conocimiento de la A la Z. Lo que pasa es que esta vez, más que otras, el conocimiento es una caprichosa suma personal y literaria del autor. Las entradas, sobre las más variadas cuestiones, conducen a otras muchas y van de los breves apuntes y artículos hasta los concienzudos ensayos. Es el caso de dos de ellas dedicadas al germanismo, que ocupan treinta páginas de un volumen de cuatrocientas. Savinio empieza por unas consideraciones en torno a los trinos de los pájaros que interrumpen la voz monstruosa del nacionalsocialismo, la torpeza de Wagner (Wagner era un gaffeur), la lucha de Indra contra Arimán, y los diferentes rostros del mal, encarnados en una misma raza: Atila, Alarico, Barbarroja, Guillermo II y Hitler. Y acaba en una misteriosa novelita de intriga, La vieja señora Plover, que cayó en sus manos cuando se encontraba en la casa de su primo, donde se había refugiado para escapar de los fascistas durante la ocupación alemana de Roma. En sus páginas está la pista que le lleva a recordarnos que los periódicos italianos del tiempo de Mussolini terminaron por nombrar «uischi» a lo que es whisky y a la irónica conclusión de que «con estos sistemas preparaba el fascismo la futura federación de los estados europeos» (página 200).
Savinio escribió que la escritura cierra la boca al hombre y da trabajo a su cerebro. El autor solía citar y cita en su Enciclopedia un error de idioma de Metastasio en el acto primero y la primera escena de Catone in Utica (Per lui più non s'adora?, página 301) para demostrar que han sido muchas las cosas que se han dicho en nombre de la poesía de manera distinta de como se han pensado, «solamente por la necesidad de forzar las palabras a entrar en la medida de los versos». El de Savinio era un aliento stendhaliano. Igual que Stendhal, consideraba que poeta no vacila ante el error con tal de obedecer las reglas de la métrica. «El lenguaje poético es una manera de arrumar las palabras en la memoria, que pide, sin embargo, cierta leva y, a veces incluso, una deformación», escribió el autor de la Enciclopedia, que ponía este ejemplo para ilustrar su aversión a las frases medidas y sonoras conservadas con fatiga: «Había un sujeto que estaba buscando la manera de hacer que las gallinas pusiesen huevos cuadrados, a fin de facilitar su empaquetamiento; la palabra poética es como el huevo cuadrado».
Coda. Es significativo que Savinio y Stendhal, dos de los escritores más amados por Sciascia, citado al principio, utilizasen seudónimos en lugar de sus verdaderos nombres, Andrea de Chirico y Henry Beyle. Aprovecho la coincidencia tan apreciada por todos ellos para recomendar la lectura de una cuidadísima edición de Alba, con traducción de María Teresa Gallego, Narraciones y esbozos, que incluye la práctica totalidad de los relatos y alguna que otra pieza inédita en español del escritor de Grenoble, que ordenó, como enmascaramiento póstumo, que grabasen en su tumba Arrigo, en vez de Henry, y el gentilicio «milanese».