ALFONSO LÓPEZ ALFONSO
Luis Amado Blanco (1903-1975), estricto contemporáneo y amigo de Alejandro Casona, fue, como éste, como Max Aub, como tantos y tantos otros, un habitante más del exilio provocado por la Guerra Civil. Nacido en Riberas de Pravia y criado en Avilés, fue estudiante y aspirante al parnaso en el Madrid de los años veinte. Comía gracias a su carrera de medicina y a su especialidad en odontología, pero además escribía y dejó una obra literaria no demasiado extensa que en los últimos años investigadores como Roger González Martell se han encargado de poner en valor. Exiliado en La Habana desde 1936, el triunfo revolucionario de 1959 le reportaría importantes cargos, entre ellos, desde 1962 el de embajador ante la Santa Sede. Desempeñando su puesto oficial en Roma lo cogió la muerte en 1975.
Antes de la Guerra Civil Luis Amado Blanco era autor de únicamente dos libros: uno de poemas, «Norte», y este 8 días en Leningrado, que reedita, tan primorosamente como es habitual en ella, la asturiana KRK. Aparecido por primera vez en 1932, cuando Rusia despertaba un gran interés editorial en España, se trata de un testimonio de primera mano que Amado Blanco escribió a partir de su viaje de bodas por el Báltico con parada final en Leningrado -San Petersburgo-. Dice José Ramón González en su exhaustiva introducción que la interpretación de la Rusia salida de la revolución que aquí se hace dista de ser unilateral y dogmática, y, una vez que hemos acompañado a Amado Blanco ocho jornadas -casi siempre de lo más turísticas-, hemos de darle la razón.
Para empezar, el propio autor nos lo deja claro: «Yo he sido de los pocos que han tenido la suerte de ir a Rusia, aunque por muy poco tiempo, ocho días, y a una sola ciudad, Leningrado, y sus alrededores: Peterhof y Destkoie Selo. No puedo, pues, en justicia, venir a hablar de la verdad o de la mentira de Rusia». Y, además, en las diversas discusiones que tiene con la guía que los acompaña durante todo el viaje -Ana Dmitrievna Beletzki- se ve su capacidad para el razonamiento y la réplica, unas veces algo lastrada por la ingenuidad y las buenas intenciones puestas en ese nuevo mundo que descubre superficialmente, pero otras cargada de cordial agresividad, como en la que sostiene la importancia de Trotsky en el proceso revolucionario y lo injusto de la «damnatio memoriae» a la que el estalinismo ya lo había condenado. En otras ocasiones, sencillamente, queda anotada la percepción para que el lector se haga su propia composición, como cuando tras visitar un templo se les acerca un pedigüeño y le pregunta extrañado a la guía cómo es que todavía existe la mendicidad en las repúblicas soviéticas, lo que ésta justifica diciendo que «los enemigos del régimen prefieren morir a trabajar (?). Algunos, vencidos sin lucha, piden a sus congéneres. Esto es todo. Pero no como en los países capitalistas, donde se implora porque no se puede hacer otra cosa. Aquí lo hacen porque les da la gana». En ocasiones, también, el olfato de Amado Blanco acierta de pleno en la descripción: «El Estado ruso debía prohibir este fetichismo malsano que se forma a la sombra de su nombre. He dicho San Lenin, y he dicho mal. Dios Lenin es el concepto acertado. En todas partes su estatua, su retrato, su recuerdo?». El sucesor de Lenin difícilmente estaría dispuesto a prohibir ese culto a la personalidad que orquestaba con fines propagandísticos muy determinados.
Pero, sin duda, el pasaje que da mayor valor al libro es el que se produce el quinto día de estancia cuando imprevistamente la guía se pone enferma y el matrimonio vaga libremente unas horas por la ciudad. Durante ese tiempo protagonizan un episodio novelesco al encontrarse en la puerta de un museo con un caballero que habla español y los invita a que le acompañen. Los lleva con sigilo a la trastienda de un anticuario y allí desahoga su oposición al comunismo: «Ustedes creerán, como todos los extranjeros, que tenemos una constitución por donde regirnos, un mecanismo de poder, perfecto por lo menos en teoría, ¿verdad? Pues nada de eso. Aquí quien manda es el partido, y dentro del partido, Stalin».
8 días en Leningrado es el testimonio de un escritor con voluntad de estilo, tanta que de vez en cuando el lector tropieza con metáforas algo chocantes: «La lluvia ha sacado la lengua y lame la ciudad como niño goloso llenándola de baba». Bastante menos que la finura con que está razonado y la inteligencia con que está escrito el libro importa hoy esa intención de darle un giro original a las palabras. Ésa es la hojarasca que se lleva el tiempo dejándonos a cambio, como una fotografía en sepia, el regusto a verdad que rezuma esta semana pasada en Leningrado, de donde Amado Blanco salió convencido de que «la economía mundial tiene mucho que aprender de la economía rusa», pero también de que en Rusia no había libertad: «En un régimen dictatorial, de partido o de persona, no puede haberla, y más aún en una dictadura que suprime de hecho la libre discusión, el florecimiento de otras tendencias dentro de la causa común».