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Misión de audaces

«Soldados a caballo» relata de forma magistral la desconocida aventura de los comandos de EE UU que derrotaron en 2001 a los talibanes afganos

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TINO PERTIERRA Horse soldiers. Así se titulaba una notable película de John Ford, aquí rebautizada como Misión de audaces. Así se podría resumir también la esencia de un libro extraordinario: Soldados a caballo. ¿Es una novela? No. Es mucho más apasionante que la mayoría de las obras de ficción que se publican, y lo es porque lo que se cuenta no nace de la imaginación desbocada de un autor sin barreras sino de la documentación exhaustiva de un periodista que antes de lanzarse al galope narrativo se ha llenado las alforjas de datos, testimonios, detalles que humanicen y hagan lo más real posible un relato que por momentos parece imposible. El responsable de esa alquimia asombrosa entre veracidad y narración absorbente se llama Doug Stanton, periodista ante todo y sobre todo contador de historias. Sin duda, ésta lo es, al margen de las simpatías o antipatías que pueda despertar la trastienda de un episodio bélico tan reciente que aún quema en las manos: Afganistán, comienzos de siglo. La operación Libertad Duradera en marcha.

Con tan solo 350 soldados de las Fuerzas Especiales, un centenar de agentes de la CIA y 15.000 soldados afganos, en un tiempo récord y sólo 70 millones de dólares en inversión, se tumbó a un ejército talibán de 60.000 efectivos. ¿Cómo fue posible? Recordemos: el 11 de septiembre cambia el mundo. Los cimientos de la civilización occidental se tambalean con la caída de las Torres Gemelas. La primera decisión bélica de Washington es atacar el corazón talibán. Sin embargo, los bombardeos masivos contra los refugios talibanes, escondidos en lo más profundo de las montañas, no servían de nada.

Así que, en una decisión insólita, la Casa Blanca echó mano de las Fuerzas Especiales para salir del atolladero. No hablamos de los Navy Seals, de los Delta Force o de los Ranger, sino de gente con una preparación superior a todos. La guerra de Vietnam había dañado el prestigio de sus miembros, dignos sucesores en algunos casos de Los violentos de Kelly o los Doce del patíbulo, pero a nadie se le escapaba la realidad de estar ante una élite: soldados multiusos capaces de realizar cualquier tipo de misión, de valor probado y conocimientos exhaustivos. Y bien pagados: hasta 5.000 dolares al mes.

¿Solos? No, apoyados por 15.000 afganos de la Alianza del Norte, formada por caudillos locales con ejército propio y unidos contra los talibanes. No se trataba de combatir a un enemigo bien localizado y con unas estructuras fijas que permitieran usar el más sofisticado de los armamentos para vencer sí o sí. Montañas: muchas montañas. Una trampa gigantesca. La alta tecnología no servía de nada. Así que la fuerza expedicionaria tuvo que cambiar el chip y convertirse en soldados a caballo para poder combatir. Un regreso, en cierto modo, a la Edad Media.

Los todopoderosos helicópteros norteamericanos Chinook no estaban acostumbradios a volar por encima de los cinco mil metros de altitud que les esperaba. El radar no funcionaba y las cabezas de los soldados se «derretían» en aparatos zarandeados por cielos hostiles. Tampoco podían fiarse de la información sobre el terreno que pisaban porque en aquel octubre de 2001 los datos eran escasos, por no decir nulos. El soldado americano, pertrechado con un equipo casi futurista, se veía obligado a echar mano de tácticas y herramientas de otro siglo.

Dos comandos se encargaron, incrustados en las tropas la Alianza del Norte, de sorprender a los talibanes a lomos de pequeños caballos descendientes de los que usó Genghis Kan. La misión principal: recuperar el control de la ciudad de Mazar-i-Sharif y la fortaleza de Qala-i-Janghi. Lograrlo significaría hacerse con el control del Norte. O, lo que es lo mismo, poner Kabul a punto de caramelo, lo que significaría controlar el àís. Una vez descubiertos los objetivos tras masivas y suicidas cargas de caballería de los afganos (tres o cuatro mil jinetes al ataque contra el fuego enemig), los soldados americanos calculaban la distancia en coordenadas y facilitaban información por radio vía satélite a los aviones para que el bombardeo fuera más exacto. El 10 de noviembre de 2001, Mazar caía en manos de la Alianza del Norte pero de los soldados norteamericanos que lo hicieron posible no había ni rastro. El capitán Nelson, el fallecido agente Mike Span, el sargento primero Milo, el comandante Mitchell o el sargento primero Sam Diller no tenían derecho a la gloria.

En febrero de 2003, durante la invasión de Irak, perdieron la vida tres de los primeros miembros de las Fuerzas Especiales que habían logrado el éxito con una misión que parecía imposible, y que habían pisado Afganistán sin haber montado nunca un caballo. Lecciones perdidas. Sacrificios inútiles. Triste colofón a una historia apasionante, sobrehumana, que huye de cualquier fanfarria épica o ensaltación de barniz heroico, para narrar, sin esquivar ningún detalle por duro que sea, una aventura de coraje, aprendizaje, muerte y camaradería. Lo dicho: una obra maestra repleta de enseñanzas.

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