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Un relato de Europa

El historiador José Enrique Ruiz-Domènec aborda las claves de lo europeo en un libro muy personal, centrado en el peso de las ideas

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ANDRÉS MONTES Todas las crisis se parecen y cada tiempo feliz lo es a su manera. Que Tolstoi perdone la apropiación e inversión de términos pero cuando se lee que a raíz del crack económico del 29 «el pánico construyó la realidad a base de confusión, rescate de los últimos elementos del liberalismo en el sistema económico, humor negro sobre la falta de liquidez en la vida cotidiana y una falaz identificación de los responsables de la crisis» es difícil sustraerse a la impresión de que nunca aprenderemos. El historiador José Enrique Ruiz-Domènec completa la descripción de aquel tiempo de oscuridad económica y social con la constatación de que «Europa fue víctima de su ilusiones». Como diagnóstico colectivo, nada alejado de lo que hoy vivimos.
Esa esquina de la historia europea sirve de arranque para adentrarse en el sustrato común sobre el que hemos levantado toda un estructura económica y política cuya fortaleza está ahora sometida a las pruebas más severas. Mostrar la hondura y naturaleza de los vínculos que subyacen a esa construcción inacabada, y todavía bajo la amenaza de la frustración, es la pretensión de Ruiz-Doménec en Europa. Las claves de su historia, libro oportuno para insuflar coraje europeísta y casi desmesurado en su afán de comprimir en menos de cuatrocientas páginas más de 1.500 años de historia. Eso sí, bien escrito y adecuado para un baño rápido de conocimiento europeo para quienes prefieran sacrificar el detalle a la visión global . Y para quienes no consideren inconveniente una perspectiva historiográfica que se aleja de otras de raigambre materialista, de presencia más sólida y menos interpretativa.
La de José Enrique Ruiz-Domènec (Granada, 1948), catedrático de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Barcelona, es una trayectoria intelectual ligada a la nueva historia francesa, centrada en el análisis de las visiones colectivas de cada época y que atribuye a las ideas un peso y un potencial de cambio de los que carecen en otras visiones de la disciplina. Esa percepción distinta es hija de la década de los 80 del siglo pasado cuando, relata el autor, «toda una revolución política» arrasó con la Europa del Este y «transformó el paisaje intelectual». «Los intelectuales descubrieron durante esos años otros temas al margen de la lucha de clases o la renta feudal: el sexo, la raza, la cultura, el imaginario, la familia, la muerte, la vida privada, el amor». Asuntos que se convirtieron en la materia original de una forma de estudio histórico que Ruiz-Doménec domina con soltura y con la que supera «la trampa metodológica» que dominaba en la historiografía hasta aquel momento. Es entonces cuando la historia se hace más relato que nunca.
Fiel a esa línea metodológica el autor ofrece «su» narración de lo sucedido - el texto adquiere así desde la primera página un componente subjetivo impensable para algunos de sus colegas- en una obra iniciada hace cuarenta añoscon una pretensión bien definidia: «La historia que he intentado diseñar es de una realidad cultural por encima de la contingencia». Es esa narración desde una perspectiva tan personal la que hace sostenible buena parte del libro, lo que le aporta frescura y permite una relato cargado de infinidad de referencias procedentes de las inquietudes y los gustos más individuales del historiador. ¿Quién si no se atrevería a sostener que «la música es el elemento formativo de la memoria europea»? ¿Por qué no la literatura, las artes plásticas o el cine de cuyas referencias también está plagado el libro?
En el relato de Ruiz-Domènec, el único español en la comisión de historiadores de la UE que preside Eric Hobsbawn, hay tesis fuertes que chocan con otras interpretaciones que gozan de mayor aceptación. Así, frente a quienes hunden las raíces de lo europeo en el Imperio Romano este especialista en cultura mediterránea sostiene que «Europa es el resultado de un mestizaje de razas y culturas que tuvo lugar entre los siglos IV y VII», la consecuencia del cruce de dos civilizaciones, la romana y la germánica.
El vínculo entre la reforma protestante y el espíritu del capitalismo, el postulado clásico de Max Weber, es «una tesis ingeniosa que no se atiene a la realidad histórica», sentencia el historiador. Ruiz-Domènech anticipa en casi seis siglos el impulso de un nuevo sistema que ubica a finales del siglo XI, una etapa de prosperidad en la que «no hubo milagro económico. Todo comenzó en el campo de las ideas y los sentimientos. Europa ganó la libertad y la prosperidad gracias a una nueva moral del trabajo», que sustituyó «a la economía de pillaje y a la ostentosa distribución de regalos que la acompañó por una economía de beneficio».
Pero ¿en qué consiste la europeidad? «El cosmos europeo constituye un ordenamiento complejo de la realidad con más de mil quinientos años de vigencia: se fraguó en la Edad Media», afirma el autor para quien «la concepción europea del mundo es una idea de orden moral de la sociedad». Una idea que se construye, entre otros elementos, con «la religión cristiana, que se convirtió en una moral cívica» y con la lectura de los clásico sobre los que se asienta nuestro mundo intelectual . La singularidad de la idiosincrasia europea consiste, sin embargo, en su disposición a someter a debate las propias esencias. «Europa siempre le ha dado a las ideas matrices que la definen (cristianismo, humanismo, razón ciencia, técnica) el poder litigar en igualdad de condiciones con sus contrarias», establece Ruiz-Domènec. En esa cualidad radica el «modo de vida libre, crítico y cosmopolita» que nos caracteriza.
Pero Europa es también un proyecto que se levanta frente a «la aparición del Islam, que hizo inevitable su nacimiento» y que luego avanzaría «en la tensión entre la guerra y el comercio». Una trayectoria histórica en conjunto que debemos ver «no como una cadena de acontecimientos sino como una serie de problemas». Hay otros momentos claves: «la Ilustración, un gran monumento a la sutileza de la cultura europea», «la lucha obrera» que «nutrió el espíritu de Europa» con el desarrollo de «nuevas inquietudes». Y episodios que han terminado por enredarnos en lo que ahora sufrimos, como «la llegada del crédito a la clase media... uno de los principales hallazgos de la cultura europea».

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