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Tinta fresca

Ladrones al atardecer

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M. Álvarez
M. Álvarez  
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TINO PERTIERRA Hay ausencias que nunca mueren. Siempre al acecho. Una amenaza con brotes de nostalgia alambrada. Padres que ya no están, sueños que se corrompieron, promesas aniquiladas, esas bombas que la vida arroja contra los inocentes. Historia de un ladrón roba silencios para hacer innecesarias muchas páginas: le basta con 90 para llevar a buen puerto su historia. Ni una palabra de más que estorbe y lastre el viaje. Entre líneas, fotografías en blanco y negro que cazan un avión al vuelo, o la soledad hermética de un motel, o las lágrimas de lluvia en un parabrisas. Mercedes Álvarez no dispara con balas de fogueo: el suyo es fuego real, doloroso por tanto. De alguna manera, vuelve sobre los pasos de La carretera, pero sin el cianuro apocalíptico de Cormack McCarthy. La prosa es destilada para que limpie mejor las heridas. Un padre, un hijo: dos destinos errantes y un viaje al Sur que simboliza la mudanza permanente, la condena perpetua a vivir siempre al filo del horizonte. Y retrato de la madre al fondo, una voz en la sombra con la que llenar el relato de emotividad transparente: está sin dejar verse, como una postal nunca enviada.

Un ladrón que odia a la humanidad (o, cuando menos, que no siente ningún amor por ella) descubre que puede decir te quiero a su hijo sin contaminarse por ello. El descubrimiento del deseo, el hallazgo de las primeras ruinas del padre y el miedo: así crece el niño, en medio de un paisaje fugaz y feroz de un país en ruinas y al atardecer, donde robar es a veces el único camino hacia la supervivencia. El amor es compatible con la vergüenza y el desprecio. Esta novela no pinta en blanco o negro, serpentea por todos los matices posibles para que los personajes tengan el espesor que los haga creíbles: humanos. Viajeros perplejos y asustados por un atlas universal de sentimientos confusos y certezas abrasivas: «Demasiado pronto en su vida estuvo cansado». La incomunicación parte los abrazos, no hay peor celda que la que se construye uno mismo con el absurdo propósito de protegernos contra la libertad. Al final, entre atracos con vocación de sacrificio y amores de una noche con pieles de alquiler, la autora alumbra un encuentro que une amor y dolor: fusión inevitable cuando se trata de llegar a este mundo de ladrones, farsantes, embusteros y fugitivos. De seres humanos para los que no ser feliz es más un alivio que una frustración.

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