Algunos secretos de García Martín

El escritor publica La aventura, una antología que obliga a reivindicar su figura como poeta, y el diario Para entregar en mano

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La aventura (Antología poética)José Luis García MartínRenacimiento, 2011
La aventura (Antología poética)José Luis García MartínRenacimiento, 2011 

JOSÉ LUIS ARGÜELLES Tengo la convicción de que José Luis García Martín (1950) ha ejercido un notable magisterio sobre algunos de los poetas más destacados que surgieron a finales de los años ochenta del pasado siglo y en la década siguiente. Sin embargo, pocos de estos autores han admitido esa influencia, evidente o camuflada, a la hora de hacer confesión o recuento de sus deudas. ¿Cicatería, cálculo de quien está atento a las complejas señales del escalafón, falta de generosidad con el maestro…? Puede ser, aunque yo explico esa persistente reticencia por el enorme peso que ha tenido y tiene el autor astur-extremeño (nació en la cacereña Aldeanueva del Camino, pero la mayor parte de su vida ha transcurrido entre Avilés y Oviedo) como crítico, y más concretamente como infatigable paladín de una manera de entender la poesía, de pronunciarse y defender lo que él mismo ha llamado «poesía figurativa» y otros, más divagadores o con menos escrúpulos a la hora de interpretar con precisión la teoría de Robert Langbaum, han denominado como «poesía de la experiencia», con incuestionable éxito. ¿Cómo ligarse a alguien puesto en el punto de mira de tantas trincheras sin atraer, al mismo tiempo, el fuego de los adversarios? La vida literaria ofrece mezquindades de este tipo, como supo por ejemplo el también combativo Clarín, sin ir más lejos.
Lo cierto es que se ha prestado una insuficiente atención pública (o publicada) a la obra poética de García Martín, casi oscurecida por el peso de las armas del crítico en ejercicio, por los dictámenes del estudioso e, incluso, por la prosa del escritor de diarios. Es, supongo, una píldora amarga para quien ha dedicado tanto tiempo y páginas a dar cuenta minuciosa de la lírica española del último medio siglo. Porque el también profesor de la Universidad de Oviedo, además de colaborador de este periódico, es autor de una ceñida y rigurosa poesía que le sitúa, a mi juicio, entre los más sobresalientes creadores de su generación: el grupo que tras la muerte de Franco y la llegada de la democracia empezó a cuestionar, en la línea abierta por Juan Luis Panero y algunos otros, buena parte del programa estético de los «novísimos».
A quienes puedan pensar que hay hipérbole en lo que digo, les propongo la lectura -al azar de cualquier poema o por el orden cronológico que traza el índice del libro- de La aventura, antología que acaba de publicar la editorial Renacimiento con prólogo de Rosa Navarro Durán. Esta infatigable catedrática, especialista en las letras de nuestro Siglo de Oro (suya es la tesis de que el autor del Lazarillo es Alfonso de Valdés), firma un trabajo quizás en exceso impresionista y sin algunas contextualizaciones necesarias, aunque una guía útil para acercar al lector a los temas y obsesiones del poeta García Martín. Aprovechando que éste acaba de publicar en La Isla de Siltolá Para entregar en mano, donde reúne el diario que apareció cada domingo en LA NUEVA ESPAÑA entre septiembre de 2008 y junio de 2009, no resulta un ejercicio carente de interés la comparación de ambos libros. Descubrimos pasajes, pasadizos, tránsitos que muestran la coherencia (no estoy seguro de que esta sea la palabra precisa) de una visión del mundo filtrada por las relaciones no siempre cordiales, peso casi siempre emocionadas y emocionantes, entre literatura y vida. «Todos los caminos que yo sigo acaban en una página impresa», afirma García Martín, quien, sabedor de que todo lo que no surge de la autobiografía y de la tradición es plagio, muestra sus antecedentes y devociones sin complejos: Borges, Pessoa, Cavafis, Brines, Li Po, Omar al-Jayyam…
La aventura reúne 113 poemas, de los que tres son inéditos, más otro texto, «Un deudor», que sirve de pórtico a la antología: «Llego lleno de deudas/ a la vejez tranquila./ Cómo puedo pagarlas si no me queda más/ que la piel y los huesos/ y la fértil memoria». Es una gavilla bastante representativa de casi cuarenta años de escritura poética, aunque queda fuera de la selección Marineros perdidos en los puertos, publicado en 1972. El libro arranca con tres textos de Autorretrato de un desconocido (1979), poemario en el que, aun cuando hay mucho de ejercicio técnico y una voz que suena impostada en ocasiones, ofrece ya las perspectivas y los espacios (casas, plazas, calles…) que el poeta irá ocupando, en volúmenes posteriores, con una visión mucho más compleja y menos enfática.
El enigma de Eros (1982), del que La aventura rescata cuatro poemas, es ya un libro maduro que sintoniza con los vientos de cambio de buena parte de la poesía española de aquel tiempo, que fue el de la llegada de Felipe González al poder. Se publicó dos años después de una antología que daría mucho que hablar, Las voces y los ecos (1980), y en la que el propio García Martín estudiaba esas mutaciones en el panorama lírico del momento y daba significativa entrada a poetas (de Víctor Botas a Miguel D´Ors) que en nada se parecían ya a los «novísimos»: el clasicismo sustituye al vanguardismo; la mitología «camp» se diluye en favor de los viejos mitos grecolatinos; hay un regreso a las composiciones estróficas tradicionales y al rigor métrico; se recupera la anécdota biográfica (también la ironía) a la manera de algunos de los mejores poetas de la generación del 50 (Gil de Biedma, Ángel González, Gabriel Ferrater, Brines…), además de los tonos narrativos o meditativos y se cultiva, por ejemplo, el monólogo dramático con factura de poema histórico. El enigma de eros es un libro que incorpora todas estas formas de entender el poema; abre el camino a otros títulos importantes en la obra de García Martín como Tinta y papel (1985), Treinta monedas (1989), El pasajero (1992) o Principios y finales (1997). Son volúmenes en los que están presentes la elegía y, en ocasiones, el humor; también los homenajes mediante el procedimiento de la intertextualidad o el de la apropiación sintética de una voz admirada. Recogen algunos textos imprescindibles, a mi juicio, en cualquier selección de la poesía escrita en España desde 1975: «Pro domo sua», «El insomne», «Jovellanos, 3»…
Esta antología de García Martín, que reunió en Material perecedero (Ediciones Nobel, 1998) y Mudanza (Pre-Textos, 2004) su obra poética hasta esas fechas, se completa con poemas de Légamo (2008), su último libro y el que tiene mayor acogida en La aventura. Es un título importante en la trayectoria de su autor y uno de los más personales y consistentes entre los publicados en los últimos años. Poeta de variados registros, pero al que le gusta el uso de los moldes endecasilábicos y frecuentar el soneto en versos blancos, García Martín corre el riesgo de incurrir en un cierto manierismo que los poemas de Légamo evitan por la intensidad expresiva de su escritura, la desolación metafísica de su visión («El tiempo ya es ceniza entre mis manos,/ son ceniza mis manos en el viento/ en esta noche, en el jardín sin nadie,/ con sólo un árbol donde Dios se ha ahorcado».) o por el renovado encantamiento ante los frutos cotidianos que ofrece la vida: «La primera mañana en la ciudad,/ desconocido entre desconocidos,/ Adán de ingenuos ojos/ que no se cansa de mirar/ un reluciente paraíso,/ la primera mañana del mundo».
Es el mismo deslumbramiento que centellea en muchas de las líneas de Para entregar en mano, el penúltimo diario de García Martín. Para éste, lo «fundamental» de este tipo de escritura, que él contribuyó a poner de moda junto a autores como Andrés Trapiello o José Carlos Llop, «es que refleja la instantánea del momento, que no se somete a los retoques de la memoria. Que muestre el día a día, con sus inconsecuencias, con sus incongruencias». García Martín ha ido amortiguando su gusto por la polémica, por el peligroso juego de deslizar venablos, por la crudeza de dar pelos (o palos) y señales junto a nombres y apellidos. Quizás no es ya tan divertido e hiriente, pero sus lectores hemos ganado, a cambio, un escritor de mayor densidad: ha construido un lúcido personaje que se mueve entre el deseo y la realidad; sueña despierto y colecciona amaneceres, puentes o jardines, además de encontrar en la rutina «ese chaleco salvavidas que nos protege del abismo sin fondo». Viajes y opiniones políticas o literarias, aforismos engastados en la joyería de las horas, fantasmagorías, minucias y tesoros que componen el retrato de alguien que deja este pertinente aviso: «El secreto del arte es desnudarse con arte y nunca desnudarse del todo».

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