RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
En arqueología, a menudo desde la parte se intenta reconstruir el todo. De un vaso, una forma de celebración; de las pocas teselas de un mosaico, el festín de la belleza; de unas monedas, unas fíbulas o unas arracadas, un mundo de lujo, goce y comercio. La vida detenida de esos pequeños objetos, hurtada al transcurrir del tiempo, se convierte así en una carta al futuro que el arqueólogo aspira a interpretar. Quién no ha sentido ese vértigo de las edades alguna vez, mientras contempla un anillo, una máscara votiva, un juguete de infancia, cualquier inocente y a la vez aterrador fragmento de una civilización extinta.
Al amor, a su fracaso y a su pérdida, a su aniquilación, le sienta bien la metáfora arqueológica. Basta pensar en la secuencia pompeyana protagonizada por George Sanders e Ingrid Bergman con la que Rossellini iluminó su insuperada Te querré siempre. Una vida en común mutilada, barrida por la desgana o el desconcierto, admite ser contemplada desde esa perspectiva del yacimiento. Porque la catástrofe amorosa abandona tras de sí multitud de objetos más o menos solemnes (camas, hipotecas bancarias, osos de peluche) en los que el pasado, de pronto, se manifiesta con una intensidad asombrosa, objetos que el arqueólogo (vale decir en este caso: el novelista) deberá contemplar con una mezcla de atrición y desapego.
Dos arqueólogos cuyo amor se ha derrumbado son los protagonistas de Las ruinas del amor, de la escritora israelí Tsruya Shalev, un libro que propone con sutileza y vigor toda una pesquisa acerca de la separación y sus brutales consecuencias. Brutales porque una separación es tan espantosa como un duelo, pero sin su legitimación social. Una ausencia de legitimación contra la que Ela, la narradora, se ve obligada a luchar sin descanso, para intentar salvar lo mucho que está en juego: un hijo común, unos espacios hasta ayer amables y ahora hostiles, unas relaciones humanas que se han convertido en lugares para la sospecha. Y, sobre todo, la propia identidad del amante que ha dejado de serlo, la propia sustancia de esta cronista del desaliento que, contra viento y marea, debe perpetuarse en un presente para el que ya no encuentra razón, la propia singularidad de esa mujer que, en una imagen apabullante, escenifica la fragilidad de la vida: una mañana de invierno, tras una tormenta de nieve, padre, madre e hijo corren a hacerse una foto en el jardín para testimoniar la nevada y, en cierta medida, eternizarla en una foto. No saben entonces que lo efímero no es la nieve, sino las tres personas que la pueblan, que ellos mismos serán un día fragmentos de una peripecia incomprensible.
Qué quedará, pues, de nosotros, de nuestro amor, de lo que un día fuimos y soñamos ser. Quizá sólo esto, tanto y tan poco: restos de viejas fotografías, facturas que en una mudanza se lleva el viento, instantes de vida que, como en una Troya íntima, gritan una historia que aspira a ser dicha.