Algunos de los habitantes de la zona se sienten agredidos y abandonados por la Administración

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Algunos de los habitantes de la zona se sienten agredidos y abandonados por la Administración
Algunos de los habitantes de la zona se sienten agredidos y abandonados por la Administración  
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Pudo haber viñas en La Viña, pueblo bien orientado al sol del que posiblemente saldría un vino aceptable. Pero si las hubo, hace ya muchos años que no las hay. Ahora lo singular de esta aldea, que se articula en torno a un reguero en la parte baja de la ladera, es el buen estado de conservación de sus casas y el desarrollado sentido de la propiedad privada que tienen sus habitantes -casi por cualquier camino puede encontrar el viajero carteles que indican «propiedad privada», «fincas privadas» y cosas por el estilo-, seguramente exacerbada por el modo que han tenido la Administración y el Gobierno autonómicos de sacar adelante el parque de las Fuentes del Narcea e Ibias. El sentir de algunos de los habitantes es de abandono y agresión: «Mi casa es privada, como la tuya en la ciudad -le dicen al viajero-, y creemos que eso hay que respetarlo. Del mismo modo, son privados nuestros montes, no porque nos lo hayamos inventado, sino porque tenemos escrituras y documentos que lo demuestran. También lo es nuestra braña, a la que tanto os gusta subir. Que alguien viene educadamente a visitarla o a estudiarla, pues, bueno, estupendo, será bien recibido, pero que la gente no se crea que tiene aquí el mismo derecho que nosotros o más que nosotros. Si yo me meto en tu casa en la ciudad, la ley me sanciona. Pues esto es lo mismo. Lo que pasa es que ahora parece que quieren encerrarnos aquí como a los indios en la reserva y decirnos cómo tenemos que hacer lo que llevamos haciendo cientos de años. Y por eso no vamos a pasar sin oponer resistencia». Oyendo a algunos vecinos el viajero se da cuenta de que hay un choque muy fuerte entre lo que ellos sienten como libertades propias y el cambio de enfoque que el Gobierno y la Administración pretenden imponer orientando la zona al turismo sin preocuparse en exceso de preguntarles a los principales afectados, las personas que desenvuelven día a día su existencia en este medio. El viajero trata de explicar que no es necesariamente mala la regulación en ese ámbito porque puede proteger el patrimonio natural y cultural sin, lógicamente, afectar a la propiedad, y al tiempo puede servir para dinamizar algo la economía local. Trata de sacar adelante esos razonamientos, pero la cosa está tan enquistada que pronto desiste de su propósito y se la envaina dándose cuenta de que esta no es su guerra.

El viajero ha venido a descansar y se mueve lánguido y paciente entre las casas y los hórreos. Sube y baja, atraviesa un pequeño puente sobre un reguero, contempla un molino de agua y también los restos ruinosos de una casa. Alguien le dice que aquella casa se llamaba de Juan Lago y entonces se interesa por el resto de los nombres de las casas: Xabiel, Chaguín, Meirazo, Cabanas, Vicente, Julián, Quiroche, Campichín y quizá alguna otra. Revolotean y alegran el cielo las oscuras golondrinas, que ya han vuelto trayendo el calor y el recuerdo de cuando la juventud, en otros veranos, corría en tropel a bañarse al río y entre todos anegaban el pozo l'Umeiru, en el que ahora -el viajero lo sabe porque desciende hasta allí- abundan los renacuajos, y tiene un aspecto bastante abandonado.

A la braña de La Viña se puede subir por un cómodo camino transitable para vehículos todoterreno y tractores o por el camino tradicional, que atraviesa las tierras de labor del pueblo y enfila la montaña. El viajero, a las cuatro de la tarde, en pantalón corto, con una botella de agua, una gorra, un bastón y con el sol dejándose caer a plomo sobre su espalda compone una estampa bastante risible. Observándolo cualquiera diría que Chico Marx intenta imitar a José Antonio Labordeta, pero pese a su aspecto no se amilana y comienza a subir por el camino más ancho, que parece más descansado, aunque seguramente es bastante más largo. La ruta no es corta y resulta empinada, sin embargo le agrada comprobar, a medida que sube, que pese a dejar atrás fresnos y castaños, el robledal sigue acompañando al reguero prácticamente hasta el lugar donde se encuentran las cabañas, antaño refugio de pastores y ganado mientras aprovechaban los pastos de verano. Tras las vueltas y revueltas del camino llega sudoroso a la braña, en la que aún se pueden ver vacas y de la que le sorprende que casi todas las cabañas y hórreos -si, la braña de La Viña es famosa porque tiene hórreos- siguen en pie y, además, en bastante buen estado. Saca la cámara y mientras toma algunas fotos repasa mentalmente las algo más antiguas que le enseñaron en el pueblo antes de subir. Recuerda una en la que un hombre y una mujer posan orgullosos junto a un gran toro, recuerda fotos de boda en la iglesia de Veigalagar, otras en las que se mostraba el trabajo y algunas en las que aparecían los parientes emigrados a Madrid o América. También recuerda un puñado de ellas con grupos de personas en comidas campestres, procesiones, celebraciones, romerías... Entonces cae en la cuenta de que no ha visto ninguna fotografía de la braña, y piensa que le hubiera gustado ver aunque fuera una sola de este lugar hace cuarenta o cincuenta años. Se sienta un poco, descansa, disfruta del sosiego y cuando le parece, sencillamente se pone de nuevo en marcha, deshaciendo el camino. Ya cae la tarde y el sol incendia de naranja intenso las montañas anunciando buen tiempo para mañana. El viajero desciende y mientras lo hace piensa que si ahora pudiera contemplarse desde fuera, salir de sí mismo y mirarse desde el cielo, a vista de pájaro, sería apenas un punto en el hermoso lienzo que compone el paisaje.

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