RUBÉN SUÁREZ
Expone Agustín García Benito en la galería Alfara de Oviedo al mismo tiempo que lo hace en el Museo Antón de Candás. Y en los catálogos de las dos muestras apenas encontrará el lector alguna información sobre la trayectoria vital y artística de este interesante creador plástico (en el de Candás incluso se omiten las fechas de la exposición), más allá de que nació en Fompedraza, VA, supongo que Valladolid, en reducción informativa a modo de matrícula de automóvil, y que es licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, doctor por la de Valladolid y profesor de la Escuela de Artes de Oviedo. No sé qué razón puede haber para esta cicatería en los datos sobre la aventura biográfica de un artista, cosa que nunca es ocioso conocer y que ahora suele ser práctica relativamente frecuente.
En cualquier caso, como lo que lógicamente interesa es saber sobre la obra, hay que decir que la de Agustín García Benito ofrece al espectador, en mi opinión, la posibilidad de una muy gratificante experiencia estética. Su trabajo permite adivinar que estamos ante un concienzudo y exigente investigador y experimentador en distintas disciplinas plásticas, lo cual es verdaderamente importante porque la historia del arte, y aún más en la actualidad, es también en gran medida la historia de las técnicas e innovaciones formales, decisivas para su desarrollo y para hacer posible trasmitir el contenido espiritual de la obra. De modo que resulta de interés el trabajo de este profesor, tanto en la creación como en los procedimientos, que se expresa en distintas técnicas: grabados, cerámicas, porcelanas, bronces, óleos... pero, para mi gusto, especialmente sugestivo en el caso de los «papeles», a los que el autor se refiere como «verdaderos sudarios de superficies en las que se ha grabado el trabajo, la vida y el paso del tiempo».
Esos papeles, «papier mache» me viene a la cabeza, impregnados y aprestados en su rigidez, sea quizá por colas, caolines, almidones o fibras de vidrio, hasta convertirse en esculturas de pared, son como expresión de un discurso autorreflexivo, sensible y refinado en una blanca, brumosa, monocromía que le contagia anhelos de sublimidad y trascendencia. En su conformación, las piezas dejan un sabor arcaico, como de objetos arqueológicos, restos de cerámicas rescatados del pasado. Pero luego, en la fractura, las calidades, texturas y signos de superficie, que hablan de la voluntad de autonomía de la obra, nos remiten al informalismo de identidad con la materia, incluso me han recordado, no se con qué punto de razón, por la importancia concedida a lo artesanal y a la monocromía, a artistas como Burri, Fontana o Manzoni, precursores del «póvera» italiano y defensores de lo manual frente a lo que entendían como minimalismo «tecnológico», claro que por supuesto desde muy diferentes poéticas plásticas.
Porque en el caso de Agustín García Benito, partiendo del hecho de que la pintura monocromática supone casi por naturaleza ausencia de imagen, las calidades de materia, signos y accidentes plásticos que ponen voz a la obra, no se dan como gestualidad expresivas testimonial e invasora, ni como pretensión de dar forma determinada a la materia sino más bien como profundización en la propia materia, viviendo de si misma, absorbiendo significados, sustancia segregada por sí misma y expandiéndose como un arrecife de coral. Obra con connotaciones emocionales, con posibilidad de expresar sentimientos y pensamientos mediante valores plásticos, con formas abstractas a la manera de la música.
Agustín García Benito. Distintas técnicas.
Galería Alfara. Oviedo. Museo Antón. Candás.
Hasta el 3 de marzo.