LUIS M. ALONSO
El Nuevo Periodismo no fue algo emprendido al azar por una serie de reporteros de Estados Unidos, sino un renacimiento de la tradición europea del realismo literario, injustamente ignorado por generaciones posteriores dedicadas a mirarse el ombligo. De un solo golpe, Tom Wolfe destronó la novela que se estaba escribiendo, rompió con las apreturas anglosajonas del texto telegráfico en los periódicos y reclamó el manto de la ficción que se escribía en Europa en los siglos XVIII y XIX, en especial la obra de Balzac, Dickens, Fielding y Zola.
De todos ellos, Dickens encarna mejor que nadie la imagen del reportero incansable. Conocía el lugar donde creció como la palma de su mano. Lo amaba y lo aborrecía. «Una ciudad despreciable de día y aún más de noche». Su colorido permanece en las estampas que ha publicado Abada en una cuidada edición de Miguel Ángel Martínez-Cabeza (Escenas de la vida de Londres por Boz), con las ilustraciones originales de George Cruishank, un dibujante de gran fama con el que mantuvo una relación que acabó tan mal como podía esperarse. Cada vez que se veían uno de los dos cambiaba de acera. Cruishank fue, junto a Robert Seymour y Phiz, el mejor ilustrador de Dickens.
Ese colorido de Londres es el de Saffron Hill, en Oliver Twist; Salem House, en Nicholas Nickleby; las nieblas de Casa desolada y el de los comerciantes, en David Copperfield, o la familia Weller, de Los papeles póstumos del Club Pikwick. Por entregas, aquella sociedad y sus cosas aparecían ante los ojos de los lectores como la mejor crónica periodística. Tanto en las novelas como en los artículos que los londinenses esperaban como agua de mayo estaba ya esa verdad urbana regalada por la ficción, transmitida y encumbrada por personajes de carne y hueso.
Los protagonistas de sus historias llegaron a ser unos poderosos vehículos de opinión de la época. Sus más memorables y profundas contribuciones periodísticas se podría decir que fueron las críticas sociales, incluidas también en su obra de ficción. Su versión narrada del periodismo le permitió expresar opiniones más fáciles de digerir por cualquier tipo de lector. El objetivo era llegar a un público masivo, entre el que se encontraban aquellos que no tenían dinero para comprar los periódicos, que empezaron a circular de boca en boca. Al mismo tiempo, pretendía obtener una mayor comprensión de los hechos reflejados en las noticias, algo que obtenía mediante la ficción de sus novelas por entregas inspirada en la realidad.
Animó a los más ricos a tratar con amabilidad y respeto a la clase trabajadora, algo difícil de lograr en el contexto de una época marcada abiertamente por el abismo de la desigualdad social. Pedía a los poderosos que hiciesen todo lo posible por mejorar las condiciones de vida de los humildes. Una de sus ideas obsesivas era evitar una revolución, como la que había tenido lugar en Francia, rompiendo el muro que separaba a las clases acomodadas de los pobres y los indigentes, dos categorías en la etapa que precedió la llegada de Victoria al trono y, todavía más acusadamente, después. Algunas de sus ideas para mejorar la sociedad sí fueron tenidas en cuenta, por algo era uno de los hombres más influyentes de su tiempo. Su editor del «Morning Chronicle», un diario «whig» (liberal), segundo en circulación después del «Times», decía que nadie como él era capaz de aplicar la paleta de colores en la descripción de los lugares como de las personas. Por ejemplo en los «niños en cuclillas y caídos en las esquinas» que retrató en sus paseos por el hospicio municipal.