RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
Trago corto pero intenso, como demanda el alcohol que destila el alambique de Pierre Michon, El origen del mundo esconde la confesión de un deseo. Leamos: «No creo en las bellezas que se van revelando poco a poco, a poco que nos las inventemos; sólo me importan las apariciones». En la vida de todo hombre de veinte años existe una Yvonne de treinta o de cuarenta, primera sacudida de un mundo ciertamente adulto y a menudo inalcanzable, donde el todavía casi adolescente descubre de una vez y para siempre el más luminoso de los fuegos: la belleza y condena del cuerpo, la herida imposible de saciar que la carne convoca en el deseo. El narrador descubre a Yvonne y su sangre se amotina. Sólo el relato, escrito tiempo después, cuando es razonable pensar que el deseo se haya apaciguado, permite embridar semejante rebelión. Y aun entonces, movida tanta agua por la rueda de la edad, queda la marca de haber deseado hasta las heces. El origen del mundo -equívoca traducción del original francés, Le Grande Beune, que hace referencia a un río de la Dordoña- conduce así la vieja herida del deseo físico, de la pura posesión, hacia el misterio profundo de la literatura. Y no ya porque la palabra restituya lo imposible (la carne jamás gozada), sino porque celebra a quienes, desde una asumida indiferencia, son huella viva en la memoria de los hombres.
Como contrapunto a esta incursión en los dominios del hambre erótica, Michon propone un viaje hacia atrás, al marco no menos mítico que el paisaje de la novela propone, el del entorno de Lascaux y las expresiones más audaces y todavía hoy deslumbrantes de la mentalidad paleolítica, la de aquellos antiguos «artistas» (el escritor parece no querer renunciar a esa palabra) que cifraron en grutas anhelos quizá no muy distintos al del joven maestro que siglos más tarde visita las cuevas: la pasión de la caza, la desdicha de la muerte, la consolación de la belleza. Ciervos, caballos, bisontes; dioses, palos, piedras; comer, amar, matar.
Porque queda la gracia. La gracia de una escritura a un paso siempre del abismo, ese abismo que se abre a pies de quien convierte a la belleza en sustento de su propia tarea, en alimento de lo narrado. Pero la grandeza de Michon aflora ahí, en salvar los muebles al lograr que la belleza esté al servicio de otra cosa, esa verdad profunda e innegociable que la literatura revela en forma de anunciación, de apropiación, de «aparición». Yvonne es esa gracia de la mujer fabulosa que se repite desde la primera Venus; las bestias pintadas en las paredes son esa gracia del dominio humano sobre la Naturaleza; la embriaguez de la prosa de Michon es esa gracia de la literatura que no renuncia a ser una manifestación del misterio. Leamos: «Decir que era un bocado soberbio es poco. Era alta y blanca, era leche. Era algo amplio y copioso como las huríes en las Alturas».