El fluir poético de Fernando Menéndez

Grafitis, aforismos, adagios y últimas rosas: composiciones recientes de un filósofo que quiebra el concepto en sensaciones

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Fernando Menéndez.
Fernando Menéndez.  
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SILVERIO SÁNCHEZ CORREDERA
Los libros del poeta Fernando Menéndez (Mieres, 1953), traducido también a lenguas extrañas, no ocupan mucho espacio. Opúsculos concentrados en un puñado de páginas cada uno, pasan inadvertidos en los estantes, faltos de volumetría. Sin embargo, son ya varias múltiples decenas de libros y un largo recorrido productivo, muy diverso, muy extenso, a la luz de un claro estilo, seña de identidad de su inconfundible verso: esencias de sentimientos, construcciones comprimidas portando ideas en esbozo, ocupando mínimos espacios y expresando desde su estrechez sólo lo justo. Escritura circular que gira entre el sentimiento estilizado tensionado hacia el concepto y el concepto quebrado en añicos de sensaciones.

En 2010 y 2011 hemos visto aparecer estas cuatro joyas: Última Rosa, Adagio de mar caballo, Aforismos en Re-mi bemol-do-si y Graffitis. En mi primera lectura de sus versos relampaguean sugerencias y emociones inducidas. Pero después vienen las lecturas que rumian sus sentidos más ocultos. Mi reto, en las segundas lecturas, es descubrir la clave de cada poemario y de su hacer poético, empeñado como estoy en una especie de filosofía de la poesía. ¿Existe un tema o una especie de lógica interna en ese cosmos sentimental, tal vez caos, que es la poesía? Busco los sentidos sencillos bajo las tonalidades de toda esa diversidad. Se trata de un reto estético donde trato de ver cómo gravitan entre sí, recíprocamente, los sentimientos y los conceptos. Para ello rompo los versos en su prístina belleza, las expresiones singulares que son los puntos de vista genuinos, con el fin de encontrar los nudos de su estribillo.

Última Rosa es un breve tratado sobre el casi nihilismo. El casi nihilismo de «tener entre mis manos sólo el polvo del sueño que soy», de los tránsitos de «melodía de noche y lánguida luz», de los «instantes de vida perdidos para siempre», en la conciencia de «cantar para ser el olvido mismo», mientras viajo «contra la muerte del más allá» e intento que «la nada entre en crisis» en el querer «ser otra naturaleza», «perdido todo sobre el vacío más alienante», porque «nos falta todo y deseamos todo» y no renunciamos a «esa última rosa», «la querencia que brota tras el horizonte». Y «la nada es la única certeza» aunque queda «la voz del poeta», «queda su rosa» hecha «con sombras suspensivas» que son «sed inextinguible» que «cavila en lo oscuro de la mortal pauta».

Adagio de mar caballo lo he interpretado en diálogo con la aridez existencial de Última Rosa. Una respuesta del poeta que cavila sobre el sentido de la poesía en el precipicio de la vida. «Sólo tenemos una luna, una memoria, un corazón», «sólo huellas de la melancolía», «pentagramas de espuma», pero «es tanta la belleza del pensamiento», «que los cantos nunca son sólo cantos, que los mares nunca son sólo mares»; «sólo dejamos huellas y heridas» pero en las «melodías del tiempo» hay «caballitos de mar» que «se saben intangibles de la duda y de la finitud», «adagios de mar caballo» que juntan «palabras y vientos, ideas y olas, sueños y caracolas», frente a los que, impostores, «entienden pero no comprenden» «los silencios de la existencia»; «en el sublime abismo» «un blanco día se refleja en el aire». La última rosa, la última arma contra el nihilismo, se ha metamorfoseado ahora en un caballito de mar, capricho marino que huye como un adagio de la nada.

Hay un lindero vital donde caminan juntos las ideas y los sueños; allí, la música acostumbra a colmar la palabra fallida. Aforismos es un canto de compromiso, en clave de quien no quiere escribir «ni una sola nota que suene a falsedad», en homenaje al compositor soviético Shostakovich, «solitario al poder y la riqueza», «compositor de nostalgias y concertista de sarcasmos». «Dejaste tu memoria en re-mi bemol-do-si contra la noche del fascismo», valiéndote del «ruido de la música frente al ruido de los hombres». Música y poema se confunden, ambos «notas de la duda en el último canto a la nada» y ambos «en la música, donde la luz y la sombra se dan cita» pueden repudiar a «el dictador: un asesino en perpetuum mobile» o a «el tirano: un añadido con ritmo absurdo» mientras «a golpe de Tam Tam el capitalismo nos lleva a la marcha fúnebre» o mientras «el déspota roba el sueño de la imaginación sonora», aunque «tenemos el silencio entre dos notas: un intervalo para encontrarse a sí mismo», pero ¡cuidado! «en las dictaduras no hay silencios sino asesinos» porque «el poder no vive entre poemas sinfónicos sino entre falacias fugadas».

Graffitis continúa en el tono beligerante de Aforismos en Re-mi bemol-do-si. La voz de la palabra, que antes habitaba en la música, «donde nace el dolor y vive la ternura», ahora se busca en la voz de la calle que expresa su arte con rudeza popular. Son grafitis que están pensados como si estuvieran escritos en un «banco del parque», en la «pared de un rompeolas» o en un «contenedor de basura» pero que el poeta los toma del latir de la calle, lo que equivale a decir que los construye él mismo mientras mira las entrañas de la gente común. En su conjunto, expresan el repudio de la infecta historia en que se ha convertido la política, si se tiene en cuenta que «hoy resulta complicado distinguir la democracia de la cleptocracia» en un mundo donde «los corruptos no mean solos» y donde «no hay mejor manera para disfrutar de lo inútil que hablar con un político», pues «los senadores son mónadas sin ventanas» y además «puedes impedir a un político robar, pero no ser un ladrón», así que «¡despertad, gilipollas!», como reza en «la mochila de un niño pera».

Las cuatro composiciones, distintas en su tema, son poemas escritos al borde del precipicio, al borde del nihilismo, justamente, según me parece, para no caer, para agarrarse en la caída. Se trata de un nihilismo casi optimista porque cuando ya parezca que no queda nada, siempre tendremos la belleza: la música, la palabra, el concepto elemental, el sentimiento de las vísceras.

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