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La vida insignificante en los relatos conexos de Trizas, de Luis Marigómez

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LUIS MUÑIZ
Trizas es el segundo libro de relatos de Luis Marigómez (1957), que también ha publicado los cuentos de Ramo (2001), las novelas Vísperas (1999), Rosa (2002) y A través (2007) y el poemario Año (2008). Además de su predilección por los títulos breves, del escritor segoviano y afincado en Valladolid destacan sobremanera su prosa sencilla y precisa, no exenta de humor ni de piedad, y, en este caso, el mantenimiento de cierto dibujo novelístico que permite al lector asistir al desarrollo de algunos personajes, sin comprometer por ello la independencia de cada historia.

El libro está dividido en tres partes, con historias de niñez («Secretos»), juventud («Baile») y madurez o vejez («Trampas») que no dejan lugar a dudas sobre adónde conducen las trizas del título: es el viaje de la vida haciendo sus correspondientes calas entre la fase de descubrimiento y la de decepción, y la estadía, crucial por inestable y metamórfica, en la de la explosión sexual, que Marigómez expone con crudeza en boca de jóvenes hombres y mujeres que saltan de cama en cama mientras intentan mantener limpios sus apuntes.

Los relatos, siempre en primera persona, se ocupan de asuntos nimios, del día a día: el crecimiento junto a un hermano mayor que fascina y, a la vez, resulta odioso («Gamusinos»); la práctica del deporte como superación y afán de destacar en la pandilla («Carrera», «Sirena»); el sexo como estricta y exigente disciplina de maduración y, también, infinita fuente de dolor («Margarita», «Limpieza», «Derrota»); la soledad del ama de casa («Pobre»), el oficinista («Café») y el jubilado («Oso»)?

Todos los personajes hablan sin pudor de sus vidas accesorias, lo que faculta a su creador para literaturizar lo ínfimo y lo anodino, la vida de la gente corriente que padece problemas corrientes. De ahí que algunos de estos cuentos puedan leerse como si fueran entradas de un imaginario diario engordadas con párrafos conectivos. La prosa, a veces notarial, ayuda a cimentar esta impresión, que en absoluto va en detrimento del proyecto, sino todo lo contrario: los relatos de Trizas obtienen sus mejores réditos de esta total ausencia de fatuidad, aunque, naturalmente, deberán abstenerse de leerlos quienes aún piensen en la vida como una aventura emocionante y colorista que rara vez cae en el tedio.

Sin embargo, la decisión de Marigómez de conectar unos cuentos con otros (especialmente los de «Secretos» y «Baile»), un sutil juego estructural que prácticamente desaparece del todo en «Trampas», otorga al conjunto una cualidad de obra mayor, de obra que termina elevándose sobre lo fenoménico y lo coral para alcanzar una dimensión arquetípica. Una cualidad que no traiciona el hecho de que en «Trampas» no sepamos ya casi nada de los personajes que nacen en «Secretos» y se desarrollan en «Baile»: si no sabemos de ellos, no es por tacha literaria, sino porque en la vida, como en Trizas, se rompen menos relaciones entre la infancia y la juventud, que entre ésta y la madurez y la vejez, cuando, fatalmente, volvemos a estar tan solos como cuando venimos al mundo.

Consciente de ello, el autor corta en «Trampas» los hilos novelísticos que había tendido entre «Secretos» y «Baile» y hace así aún más patente el aislamiento de sus solitarios protagonistas; a destacar, el amargado anciano viudo de «Oso», obsesionado con el tesón de las hormigas que invaden su piso.

Como colofón de la obra, Marigómez propone el monólogo interior «Abuela», que puede contarse entre los mejores ejemplos que esta técnica haya dado en la narrativa española más reciente; sobre todo, por el fuerte contraste que produce ver al servicio de una existencia insignificante -que no asignificante- una fórmula normalmente asociada con lo anómalo o lo excepcional: una anciana que discursea como podría hacerlo cualquiera que encontráramos perorando sentada en un banco con sus amigas, perfecto trasunto de una vida tan hecha trizas como la mente que la gobierna: «un cacho de merluza cocida de la Benilde que me trae Ana ya no tengo ganas ni de ir al mercado dice que por qué no tengo un gato que me haría compañía yo no quiero gatos que huelen a pises yo lo que quiero es que vengan Isabel y Teresa y María y ella las cuatro aquí conmigo siempre con los niños también como antes lo felices que íbamos a ser».

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