Una cumbre en la Escuela de Oviedo

Carlos Iglesias articula un completo estudio histórico y filosófico sobre las "ciencias filológicas"

22.10.2013 | 02:59
El nacimiento de las ciencias filológicas carlos iglesias fueyoeikasía ediciones, oviedo, 2011, 703 páginas
El nacimiento de las ciencias filológicas carlos iglesias fueyoeikasía ediciones, oviedo, 2011, 703 páginas

El libro que hoy nos ocupa posee un potencial que entenderemos mucho mejor si lo situamos en el contexto en el que surge. Hace más de cuarenta años empezó a forjarse la Escuela filosófica de Oviedo. Gustavo Bueno escribía los Ensayos materialistas, la Metafísica presocrática, Etnología y utopía y El papel de la filosofía en el conjunto del saber, este último en respuesta a Sacristán, en lo que sería una resonante polémica mantenida entre los dos filósofos materialistas. En ese denso ambiente de ideas empezaron a forjarse filósofos de la talla de Urbina (cuya deriva propia le llevará a la estética y al materialismo fenomenológico), Vidal Peña (ontología e historia de la filosofía), Alberto Hidalgo (historia y sociología del conocimiento) y Carlos Iglesias (historia de la filosofía, ciencias humanas). Este núcleo inicial, que contaba con escritores como Cueto Alas, se irá ampliando progresivamente con nuevas figuras: David Alvargonzález (teoría de la religión, antropología, bioética), A. F. Tresguerres (etología y antropología), Pablo Huerga (teoría de la ciencia y política) y muchos más.

Carlos Iglesias, valorado por sus importantes contribuciones en la Historia de la filosofía (1978), que escribe conjuntamente con Urbina e Hidalgo, y en Symploké (1987), con G. Bueno e Hidalgo, deja ver ahora su verdadera talla filosófica en El nacimiento de las ciencias filológicas, editado recientemente, aunque el autor ya había empezado a trabajar en él en aquellos orígenes del materialismo filosófico. Se trata de una de las cumbres teóricas que despuntan en el paisaje de la Escuela de Oviedo.

El nacimiento de las ciencias filológicas no le lleva solamente a trazar las principales líneas motrices del proceso de constitución de la filología como ciencia, desde que en la Grecia clásica levantara sus cimientos hasta que en los siglos XIX y XX se instituyera como disciplina solidificada. El análisis que reconstruye es mucho más ambicioso que eso: en el taller del materialismo filosófico se utilizan más herramientas gnoseológicas que las meras aproximaciones descriptivas historicistas. Carlos Iglesias, al desplegar su estudio desde la teoría del cierre categorial de Bueno, llega a constatar que la "reflexividad" del signo se constituye como el eje central a través del cual ha de organizar su indagación.

Las ciencias filológicas, en el contexto de las ciencias humanas, no pueden dejar de operar dentro del "esquema reflexivo", aquel en el que el sujeto hablante se pone a sí mismo como objeto de estudio (reflexividad). Esta característica impone una de las limitaciones que las ciencias humanas no pueden superar, al contrario que las ciencias naturales, que llegan a poder deshacerse del imperio del subjetivismo. Mientras que en la primera ley de Kepler la Tierra gira en elipse en torno al Sol sin "ayuda" ya del sujeto reflexionante, en la diacronía del lenguaje se necesita de un hablante actual que continuamente vuelva sobre el sentido: los significados no "giran" al margen del sujeto.

Sin embargo, esta limitación que impone la reflexividad inherente a las ciencias humanas, si se aborda dialécticamente, nos permite comprender por qué fueron los siglos XIX y XX, y no el milenio de cultura griega, los que harían posible un primer "cierre" científico filológico. Los cierres categoriales de las ciencias se dan en contextos determinantes precisos, y estos pueden tardar en constituirse muchos siglos. Este lento proceso histórico es el que nos muestra Carlos Iglesias, a través de un trenzado de fenómenos que atraviesan la Antigüedad y la Edad Media y Moderna, en donde se incluye la formación de la lengua española y de sus diccionarios.

Con todo, haber mostrado estas condiciones de posibilidad de las ciencias filológicas no es más que un mérito junto a muchísimos más. Y entre ellos, sin duda, el haber trabajado con verdadera maestría las relaciones entre la filología y la historia como ciencias, incluida la historia de la filosofía, y, más en general, por delinear con finura los trazos en los que los procesos científicos y filosóficos se entreveran. Los análisis y clasificaciones sobre los distintos modelos históricos de ejercitarse la filosofía merecerían estar presentes en cualquier temario filosófico que se precie.

Leyendo este libro de setecientas páginas puede uno sentir el orgullo de ver que en España florece ya, después de tantos siglos de árboles aislados, un bosque filosófico de primera entidad. No está escrito con ese arte literario que tienen los franceses, por ejemplo, para divulgar la filosofía. Pero aunque el nivel de exigencia lectora sea alto, ello no quiere decir que solo pueda interesar a sesudos especialistas, sino también a un cúmulo de personas cultas que puedan estar abiertas a temas tan variados como el despliegue de la cultura griega, el indoeuropeo, las lenguas románicas..., al lado de consistentes análisis sobre la constitución de la antropología, de la etnología y de las ciencias humanas en general. La parte dedicada a interpretar la historia de la filosofía (como ciencia humana) es una de las joyas del libro. Obligada lectura, por supuesto, para todo estudiante universitario de Filosofía.

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