Jovellanos, el viaje final

Juan Pedro Aparicio novela los últimos días del ilustrado asturiano

24.12.2013 | 02:03
Nuestros hijos volarán con el sigloJUAN PEDRO APARICIOEditorial Salto de Página, 2013312 páginas
Nuestros hijos volarán con el sigloJUAN PEDRO APARICIOEditorial Salto de Página, 2013312 páginas

Gaspar Melchor de Jovellanos y los setenta pasajeros que en noviembre de 1811 atiborraban el quechamarín "Volante" (una pequeña embarcación de dos palos) poco podían pensar que el viaje que emprendían no iba a durar unas cuantas horas, las que bastaban para arribar a Galicia desde Gijón, huyendo del invasor francés, sino que se prolongaría más allá de una semana, en medio de una infernal tempestad, para dejarlos exhaustos en Puerto de Vega (o Vega, o Veiga). Y, si bien su estado de ánimo nada bueno hacía presagiar, tampoco parece que Jovellanos supusiese que aquel iba a ser su último viaje: sin haber concluido el mes, rendiría la vida en la casa portoveguense del amigo que lo acogió, con la esperanza aún de ganar Inglaterra y reunirse allí con su amigo lord Holland y, quizá, con su amor callado, Ramona. Pero ¿qué sintió y pensó durante aquel atroz viaje, anciano ya, arrancado una vez más de Gijón, calumniado, sin dinero, con la mente clara pero el corazón hecho polvo, quien fuera la mejor mente del siglo XVIII español? Como no lo sabemos, se abre la puerta de la imaginación y por ella entra Juan Pedro Aparicio (León, 1941), ganador en su día del "Nadal" y del "Castilla y León" de las Letras, narrador en novelas y relatos, ensayista, colaborador en prensa, miembro del llamado "Grupo de León" (José María Merino, Luis Mateo Díez, acaso Julio Llamazares y, sin duda, Antonio Pereira, como hermano mayor) que tantas alegrías literarias nos proporcionó en su apogeo.

Aparicio imagina a Jovellanos lamentándose a las puertas de la muerte: "Toda esa espuma de acontecimientos que es el vivir se ha agotado para mí: sólo me queda esta regurgitación de pensamientos que constituye la memoria última sin posibilidad de ser compartida, de convertirla en palabra". Pero le acude un deseo: "¡Ah!, si al menos fuera capaz de imaginar desde esta peculiar situación en que me hallo a alguien que, muerto yo y muertas todas las gentes de mi generación y aun las de varias generaciones posteriores, alguien que desde otros siglos pudiera verme y adivinarme y recrearme; si me fuera dado ese privilegio a mí que, nacido en el siglo XVIII, he muerto en el XIX; si pudiera imaginar a alguien que, nacido en el XX y que viviera adentrado en el XXI, me reviviera en la escritura". El escritor leonés cumple el imaginario encargo jovellanista y eso es Nuestros hijos volarán con el siglo, exclamación esperanzada con que uno de los pasajeros del "Volante" (el polaco Bogdan Woreck, cuya vida constituye una novela intercalada en la anterior) concluye la que acababa de gritar: "¡Nuestros hijos lo serán de un mundo nuevo!". Eso y una especie de largo epílogo, por llamarlo así, titulado "Londres, 2012", en el cual un profesor español viaja a Inglaterra en busca de información sobre los amigos ingleses de Jovellanos y, mediante una trama ligera, nos revela el mundo que esperaba al prócer gijonés de haber llegado a Gran Bretaña. Es decir, da Aparicio la voz narradora a Jovellanos para que él mismo repase su vida (sus proyectos, el Instituto, Bellver, la Junta Central, la ruptura con Cabarrús, el ministerio no aceptado..., su dulce historia con Ramona) en ese viaje hacia la inesperada muerte. En una palabra, la vida y la obra de Jovellanos contada por él mismo sobre una mar cantábrica furiosa, en la que no faltará quien encuentre una metáfora de la laguna Estigia con un Caronte encarnado en el capitán vasco Sertucha.

El punto de un proyecto semejante es acertar con el tono. La tentación de hacer un relato marino apasionado (con Conrad o Melville o Stevenson a punto de pluma) seguro que rondó a Aparicio, pero la desechó en favor de la contención dieciochesca (salvo en el episodio del ataque inglés, muy al principio). No quiso contar lo que ocurría alrededor de Jovellanos sino dentro de Jovellanos. Por ejemplo: "Preferí los errores de mi pueblo a los posibles aciertos del invasor. (...) ¿No hay en nuestra pobre España cabezas prudentes, espíritus ilustrados capaces de restablecer su excelente y propia Constitución, de mejorar y acomodar sus leyes al estado presente de la nación, de extirpar sus abusos y oponer un dique a los males que la han casi entregado a las garras del usurpador y puesto en la orilla de su ruina?" Este es el tono: didactismo reflexivo. Lo que nos da una novela serenísima, de muy agradable lectura, bien salpimentada con detalles amenos o decididamente divertidos (el origen, uno más, de la expresión "echar un polvo", en torno a la página 240).

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