Crítica

El fin de la URSS

27.03.2016 | 05:35

El último imperio

Al final de todo
  • Autor: Serhii Plokhi
  • Editorial: Turner
  • 516 páginas
  • Precio: 34,90 euros

En cuanto a expansión territorial, Stalin fue el último y más glorioso Zar de todas las Rusias. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas constituyó el más extenso imperio regido desde Moscú. ¿Por qué entonces la alianza de eslavos y centroasiáticos se deshizo? ¿Fue un caso típico de descolonización tardía? Nos lo explica el historiador, y catedrático de Harvard, Serhii Plokhy en su libro El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética (Turner, Madrid, 2015, 516 págs.), una obra rigurosa y sobria, pero también amena.

La URSS, escribe Plokhy, murió como suelen morir los imperios: fragmentándose en territorios definidos por factores étnicos y lingüísticos. Sólo que ese movimiento de centrifugación no encontró la férrea oposición de la metrópoli. Al contrario, tras independizarse Ucrania, la Federación Rusa alentó la secesión de las Repúblicas de Asia Central. Por lo demás, el origen de todo este proceso se encuentra en la apertura del régimen comunista propiciada por Gorbachov a través de la perestroika (reestructuración) y la glasnost (transparencia).

Fue el reconocimiento de los derechos civiles (y en particular del derecho al voto) de los habitantes de las Repúblicas lo que hizo imposible mantener el imperio: las elecciones democráticas se revelaron incompatibles con el Estado soviético. O dicho de otro modo: la democratización del sistema emprendida por Gorbachov apenas aumentó el apoyo popular a su proyecto de reformar la URSS desde el Kremlin.

Lo único que consiguió esta política de apertura no fue otra cosa que animar a las naciones soviéticas a reivindicar su autonomía, amenazando de este modo la integridad de la Unión, a la que se habían incorporado por la fuerza. Así, en el verano de 1990, la mayor parte de las Repúblicas soviéticas ya se habían declarado soberanas, lo que significaba que sus leyes prevalecían sobre las de la URSS, cuya Constitución, por cierto, reconocía el derecho de secesión. El imperio, disfrazado de asociación voluntaria, seguía en apariencia intacto, pero el Gobierno central observaba ya, perplejo y alarmado, el espectáculo de su desintegración.

Ahora bien, el final de la Unión Soviética se distingue del de otros imperios en que una metrópoli rica en recursos naturales dificultó el acceso a los mismos por parte de las antiguas colonias. A Rusia, en efecto, le beneficiaba la pérdida de sus dominios más que a ningún otro imperio anterior, y Yeltsin y sus consejeros no sólo lo sabían, sino que contaban con ello.

Por otra parte, están los factores personales: no cabe duda de que la pugna por el poder entre Gorbachov y Yeltsin contribuyó decisivamente a la caída de la URSS, ya que la desaparición de la Unión era la única manera de eliminar de la escena política a su Presidente, Mijaíl Gorbachov.

Otro elemento esencial del proceso de desintegración fue la cuestión ucraniana. En el oeste de Ucrania, que, como las Repúblicas bálticas, no había pertenecido a la URSS en el período de entreguerras, las elecciones democráticas de 1990 expulsaron del poder a toda la vieja clase dirigente: era una región que nunca acabó de encajar en la Unión Soviética, que la había anexionado en virtud del pacto Molotov-Ribbentrop de 1939. Es probable que la Unión siguiera existiendo hoy, aventura Plokhy, si Stalin no hubiera pactado con Hitler ni reclamado luego la mitad de Europa oriental. En todo caso, Ucrania votó con asombrosa unanimidad a favor de la independencia. El país para cuya integración se había fundado la URSS abandonaba la Unión.

Incluso la población rusa de Ucrania era consciente de que la Unión Soviética no funcionaba: la economía se iba deteriorando muy rápido. Todos los ciudadanos de la República ucraniana, comprendidos los de origen ruso, estaban dispuestos a probar otra cosa. La gente se decía harta del caos y de la corrupción y el cambio que se le ofrecía era la independencia. Por supuesto, los secesionistas apelaban a la creencia, muy extendida entre el pueblo, de que Ucrania constituía una potencia económica y el granero de Europa, y ahora estaba alimentando a Rusia y a las demás Repúblicas soviéticas. Apostar por la independencia suponía elegir la prosperidad.

Finalmente, ¿por qué la burocracia comunista permitió, en general pacíficamente, la liquidación de su inmenso poder? Porque el grueso del dinero del Partido Comunista fue a parar a los bancos y negocios creados por los apparatchiks del PCUS y sus empresarios amigos durante los dos últimos años del mandato de Gorbachov. Apartados de sus cargos, los funcionarios del Partido buscaban transformar su poder político en riqueza material, asegurándose una vida cómoda fuera del aparato. El país se evitaba así un conflicto prolongado y posiblemente sangriento con una clase dirigente numerosa y aferrada a sus privilegios, que de otro modo no habría tenido nada que ganar con la transición política a un nuevo régimen. Hay sobrados motivos para considerar 1991 un año decisivo en la historia del mundo. Su influencia se percibe sobre todo en el espacio postsoviético, donde las relaciones internacionales y económicas y la política nacional siguen marcadas por los acontecimientos de un año que algunos tienen por annus mirabilis, y otros, como el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, asocian con el "mayor desastre geopolítico del siglo".

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