EDUARDO GALÁN
En su imprescindible autobiografía «Mi último suspiro», Luis Buñuel cuenta un proyecto surrealista excepcional. Explica el cineasta aragonés que una de sus antiguas aspiraciones era abrir un pub en Nueva York. En dicho local sólo se serviría una copa al día (probablemente, conociendo a Buñuel, un Dry Martini). Lo excepcional de la bebida sería el precio: un millón de dólares. Por lo elevado de su importe, nada más pedir el cliente la carísima consumición, se pegaría un cañonazo al cielo de la urbe. Razonaba Buñuel que el bar sería un éxito porque cada vez que sonase el cañón sobre el cielo de Manhattan, los neoyorquinos que lo escuchasen exclamarían «ahí está otro cabrón que se ha gastado un millón de dólares en una copa».
Al Real Madrid, como si fuese el cliente descrito por Buñuel, hay que pedirle que se lo gaste todo en un solo trofeo. La Liga es ese trago de un millón de dólares y, desgraciadamente, nos parece demasiado cara. Tras sufrir el aburridísimo partido contra el Nàstic, los cinco puntos que nos separan del equipo «teletubbie» han tomado la forma de un muro insalvable.
Nada más lejos de la realidad. Con once jornadas de por medio y con dos partidos vitales agazapados en ellas (Valencia y Sevilla), el equipo blanco todavía tiene cosas que decir. Lo único que nos aleja del liderato somos nosotros mismos. ¿Qué quiere Emerson con sus declaraciones de «Harry el sucio» venido a menos? ¿Está Roberto Carlos para jugar a algo? ¿Tomarán de una vez las riendas del equipo Raúl y Guti? ¿Cuándo se va a dar cuenta Capello de que su forma de ver el fútbol (plana, repetitiva y atropellada) no encaja con su plantilla?
Si conseguimos superar nuestras batallas internas, ojalá los madridistas tengamos clara una cosa: en el barullo liguero actual (y en el surrealismo), todo es posible. ¿Nos hemos olvidado de que muchos nos daban por desaparecidos en noviembre? Además, ¿no sería bonito conquistar este costosísimo campeonato?, ¿no sería maravilloso dar nuestro particular cañonazo buñueliano? Qué divertido volver a ver, como pasó en las 29 ocasiones que ganamos la Liga, a nuestros colegas periféricos ejercitar con frases malsonantes un sentimiento que adoran: la envidia.