EDUARDO GALÁN
Veintiocho minutos. Del minuto 12 al 40 de la emisión. Eso fue lo que tardó el jovencísimo Orson Welles en asustar a un millón de norteamericanos en 1938. Con la adaptación radiofónica de «La guerra de los mundos», el director norteamericano, relatando una ficticia invasión alienígena durante un «supuesto» informativo, consiguió desubicar al radioyente y colocarlo en el centro de un escenario de ciencia ficción. Muchas de esas personas, inconscientes del vodevil porque no habían escuchado el anuncio previo anunciándolo como tal, se escondieron en sus hogares y, alarmados, comenzaron a llamar a la Policía.
Cuarenta minutos. Del minuto 32 al 72 de la emisión. Aproximadamente, desde las 20.32 hasta las 21.25. Eso fue lo que tardó el Real Madrid en asustar a millones de aficionados futboleros el sábado. Muchas de esas personas, recién llegadas al bar o a su casa, inconscientes de que aquello podría ser una equivocación informática, reaccionaron de diversas maneras ante los temporales cincuenta y siete puntos de los merengues. Increíble. Un equipo de retales, desmontado a conciencia, con un entrenador depresivo, llega al liderato superando a clubes que se consideran cumbres futbolísticas desconocidas para el ser humano.
¿Qué sentiría ese aficionado barcelonista? Encogido en su asiento, sorprendido por el gol de Raúl que, como en «Apocalypto», eclipsó el sol balompédico y detuvo el sacrificio madridista. Seguro que el espectador blaugrana no pensó en las promesas incumplidas de Laporta, ni en el sistema «transformer» de Rijkaard. Probablemente, trató de sintonizar de nuevo la televisión para comprobar si eso que veía era cierto. Ah, y seguro que desconectó el teléfono móvil.
¿Qué sentiría ese aficionado madridista? Vapuleado por las circunstancias durante todo el año, ¿vería, como en el final de «American beauty», toda la temporada pasar por delante de sus ojos? Las paradas de Casillas, la puñetera eliminación en Champions... Ah, y seguro que comenzó a llamar a sus amigos culés.
Eso sí, al final todo volvió a su cauce. Y no fue Welles (¡qué pena!) quien nos despidió de la ilusión. Fue un muy discutible Turienzo Álvarez, desquiciado en el último tramo del encuentro, el encargado de cerrarnos el grifo liguero. Y lo único que queda claro es que, una vez terminado el partido, todos los madridistas apagamos el móvil.