Sakhir (Bahrein), Á. FAES,
enviado especial de
LA NUEVA ESPAÑA
La parte trasera del pelotón de la Fórmula 1 también tiene sus luchas y algunas son a brazo partido. Como la polémica que alcanzó su punto álgido con ocasión del GP de Malasia, con la escudería Spyker quejosa por el manido tema de los «coches cliente». La escudería holandesa denuncia que la japonesa Super Aguri lleva el mismo chasis que el Honda del año pasado, algo totalmente prohibido. De paso, Spyker también acusa a Toro Rosso de llevar la misma carrocería que Red Bull, aunque cada una luego monte motores distintos.
La acusación ha llegado hasta límites muy cercanos al espionaje industrial, porque Spyker apoyó su denuncia contra Toro Rosso presentando planos originales del coche, planos cuya procedencia no pudo explicar. En Red Bull y Toro Rosso se busca al chivato y Ecclestone pretende una reunión entre los equipos para evitar que el conflicto acabe en manos del Tribunal de Arbitraje Deportivo, lo que comprometería los acuerdos del Pacto de la Concordia suscritos en los años ochenta entre equipos y constructores.
La cuestión de fondo de la denuncia de Spyker alcanza hasta los derechos de televisión. Los ingresos se reparten entre diez equipos y son once las escuderías del Mundial. El último clasificado se queda sin su parte cada año. Pero Spyker lo tiene asegurado esta temporada, porque las escuadras recién llegadas no tienen derecho a cobrar de la televisión en su primer año. Es el caso de Super Aguri. Sin embargo, en el equipo holandés ven peligrar su parte del pastel para la próxima temporada y por eso batallan ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Es por casos como éstos por lo que el secretismo reina en la Fórmula 1 entre los equipos. Mecánicos e ingenieros firman estrictas cláusulas de confidencialidad cuando entran a formar parte de las escuderías. Y en el momento de abandonarlas encuentran muchas trabas por parte de sus ex patrones para incorporarse a otras ante el temor a la «fuga de información».