M. F. D.
OMAR. Hace unos meses un gol marcado por Ronaldinho al Villarreal mereció ser repetido en televisión decenas, tal vez centenares, de veces, mientras corrían en su honor ríos de tinta. Ronaldinho había recibido un balón con la portería a sus espaldas, lo había acunado con el pecho y con una media tijereta lo había proyectado hacia atrás, sorprendiendo al portero rival y quizás a sí mismo, pues tiró sin ver. El clamor del campo le avisó de que había acertado. Fue todo un alarde de imaginación y calidad. Pues bien, el gol que marcó Omar en el minuto 36 del partido de ayer fue mucho mejor. Por dificultad, por dinámica de la jugada, por belleza de movimientos, por intención. Omar recibió el balón desde la izquierda, enviado por Canella. El balón, bien dirigido, venía a unos veinte centímetros de altura. El pequeño Omar estaba en el pico del área pequeña, con el gigantón Mora cosido a sus espaldas. Y se decidió a inventar. Recibió el balón con la izquierda y en el control le salió en vertical, apenas por encima de su cabeza. Y entonces decidió ir a su encuentro, buscándolo en el aire. Saltó de lado, poniendo el cuerpo en horizontal y desde esa posición hizo una tijera lateral. Golpeó con la derecha, buscando el palo contrario, no con fuerza, sino con precisión. Eso se aprecia. Y lo consiguió. Bajo los palos estaba otro gigantón, Oliva. La trayectoria, aunque por arriba, le resultaba tan inalcanzable que ni siquiera intentó la estirada. Omar sí vio entrar el balón. Seguro que se dio cuenta de lo que acababa de hacer: un gol como habrá pocos.