MELCHOR FERNÁNDEZ DÍAZ
l Sporting corre un serio peligro. No sólo por su clasificación, al borde de lo peor, sino porque la trayectoria que lleva -el peor equipo de su categoría en la segunda vuelta- justifica todos los temores. Y en vez de rectificarla, la consolida. El empate de ayer en El Molinón ante un rival directo fue un muy mal resultado. Pudo ser pésimo, pues estuvo a punto de perder una vez más, que hubiera sido la novena en campo propio. Lo evitó Omar, con un gol maravilloso. Pero ese golpe de inspiración individual, por excelso que haya sido, no bastó por sí mismo para ocultar un nuevo fracaso del equipo, la fealdad de su juego rudimentario e, incluso, su falta de carácter, benévolamente disculpada por sus generosos seguidores.
Es cierto que ayer se le acumularon los inconvenientes, porque a las bajas previas se añadió la lesión de Chus Bravo en los comienzos del partido. Quizá la decisión de Preciado de retrasar a Míchel al puesto de central fue la correcta. Míchel es uno de los pocos jugadores en forma del equipo y tiene recursos para defenderse en una posición en la que, además, ya jugó en su tiempo. Pero su hueco en el centro del campo no fue suplido por un Landeira que tiene muchos problemas, por su ritmo monocorde, para hacer notar su presencia, ni compensado por Andreu, cada vez más elemental en su forma de jugar.
Claro que esa debilidad en el centro del campo, y en particular en lo que respecta a crear juego, no parece formar de las preocupaciones de un entrenador que, desde que el equipo dejó de presionar arriba, como hacía en la primera vuelta, parece fiarlo todo al balonazo desde atrás, que deja al margen a la mayoría de sus jugadores para buscar, infructuosamente casi siempre, a los dos que quedan arriba.
No fue casualidad que el Sporting empezara a llegar mejor arriba -aunque nunca mucho- cuando trató de construir, lo que ocurrió después de la sustitución de Andreu, con Jairo en el medio campo, y de la entrada de Canella.
Jairo jugó por fin un partido completo. En la posición de mediapunta, o de segundo delantero, intervino con peligro las pocas veces que le llegaron balones en condiciones. En una incluso marcó un gol. Como centrocampista, al menos aseguró el balón y lo jugó hacia adelante. No es un guerrero, no disputa bien los balones altos, pero tiene un toque magnífico y pasa con calidad. En cuanto a Canella, es incomprensible que no haya tenido más oportunidades, ya sea como lateral o en ese puesto que ahora llaman interior cuando quienes lo ocupan juegan pegados a la cal. Canella tiene una forma de salir con el balón que es un verdadero don, desborda con la facilidad de quien, además de tener buena cintura, lleva el balón cosido al pie, se ofrece con buenos desmarques y centra muy bien, incluso en velocidad.
Pero esos cambios tardaron en cuajar y sólo sirvieron para evitar un mal menor, porque durante unos cuantos minutos el Sporting tuvo el partido perdido en el marcador tras haberlo tenido previamente perdido en el juego, al haber sido incapaz de contrarrestar la modesta solidez del Castellón, armada en torno a la fortaleza de Pendín y a la movilidad de Mario Rojas.
No fue ninguna novedad, porque en El Molinón todos los rivales se le crecen al Sporting. Lo inesperado fue que uno de sus jugadores más pequeños, Omar, se convirtiera con su genialidad en un atlante capaz por sí solo de sostener el cielo que amenazaba con caerle encima.