La montaña rusa

07.04.2008 | 00:00
La montaña rusa
La montaña rusa

La Liga no se decidirá hasta la última jornada y la ganará el Barcelona. Lo ha dicho el victorioso ZP, el de la segunda edición, nuevo mandato y refrendo del pueblo soberano, y aquí no le vamos a discutir al Presidente. Cada quien puede hacer sus apuestas, teñidas de afición y partidismo, o de pretendida objetividad y equilibrio. Tanto da. Los pronósticos son sólo pronósticos, necesarios, inútiles y divertidos. Valen poco, pero ayudan al entretenimiento y a pasar el rato. Y, como las promesas electorales, tampoco engañan a nadie.


Bien, lo evidente, jornada tras jornada, es que estamos metidos en un carrusel. En una Liga que parece una montaña rusa. Una cabra loca, ha dicho algún jugador. Un tiovivo, un tobogán y no sé si un despropósito. Hacía muchos años que no se vivía una competición con semejantes cambios de rumbo y altibajos. Mira uno cada lunes los periódicos y no sabe si está viendo la clasificación del campeonato o el índice de la Bolsa, el Ibex. Hoy arriba, mañana abajo, con las subprime que han puesto en circulación el Real Madrid y el Barcelona, y que, traducido en bonos, en ingeniería, metalurgia o basura bursátil, han contaminado también la garantía financiera del resto de las instituciones futbolísticas. Porque el problema para los aficionados es de crédito, de fiabilidad. De falta de confianza, en suma.


Al arrancar la competición todo el mundo apuntaba a la plantilla del Barcelona como la de mayor calidad y la más fiable para lograr el título. Todos los pronósticos señalaban al Barça como el gran favorito, ya que había conseguido sumar a su sólida base de pasadas campañas (Ronaldinho, Eto'o, Messi e Iniesta) el fichaje estelar de Henry, y las notables incorporaciones de guerreros tan consagrados como Touré, Milito y Abidal para fortalecer su centro del campo y defensa. Por el contrario, los cuantiosos gastos del Madrid parecían palos de ciego y de rico, que rebañaba a precio de oro lo que había en el mercado (sin contrastar, por otra parte), y que la excelencia preconizada o vendida desde la directiva podía quedarse en puro enunciado, vacua declaración de principios, puesto que luego no se esgrimían sólidas razones deportivas. Era insuficiente la contratación de un nuevo técnico, Bernard Schuster, que venía de hacer la mili en el Getafe frente al laureado y despedido general Capello, que ganaba los títulos, aunque fuera con maneras de sargento. Y para enredar las cosas, con los primeros lances afortunados, el presidente blanco se mostró largón e incontinente al aventurar que no encontraba en el horizonte enemigo que pudiera hacer frente a su equipoÉ En la Masía, por su parte -Laporta dixit-, tampoco se quedaban atrás en vaticinios y fantasías. Aseguraban haber puesto las bases para el conjunto que podía marcar una época. Pero no se contaba con el efecto Rony, la manzana podrida y el mal galáctico, y el discurrir de la competición echó por tierra pronósticos y favoritismos y puso a cada cual en su sitio, que, como se está demostrando, es terreno poco firme, arenas movedizas.


Endeblez, desorientación, petardazos, irregularidades ésas son las constantes que están marcando la actual competición y que afectan no sólo a los eternos candidatos. Han tocado también muy de cerca a los outsiders de las últimas competiciones. Valencia y Sevilla, que se vieron descolgados a las primeras de cambio y que, sin embargo -volvemos al carrusel-, en este último cuarto de Liga parecieron renacer de sus crisis y volver por donde solían, aunque lejos -imposible en el caso del Valencia- para meter la cabeza en el club de la Champions. Con todo, ojo, que a la chita callando, sin alborotar, o en el si son galgos o podencos, ahí está el porcelánico Villareal, que podría, si los hados deportivos tan esquivos para los pequeños así lo quieren, dar la sorpresa monumental de hacerse con la Liga. No es sensato pensar en el Racing -y menos después de lo de ayer- para tal coyuntura, pero sí necesario resaltar su brillante campeonato. Para completar el capítulo de las irregularidades que vamos narrando tampoco convendrá pasar por alto a los periquitos, tan entonados a mitad de temporada y tan desafinados en los últimos compases, y al glorioso pupas del Manzanares, que ahí va llevando paso de Yenka. Y otro tanto en cuanto a desafueros e inconstancias podría decirse de los que pelean por la permanencia, una difusa línea roja que, desahuciado el Levante, pisan nada menos que siete equipos: Murcia, Recreativo, Valladolid, Zaragoza, Deportivo, OsasunaÉ


A este errático campeonato, en fin, hay quien le hace una lectura positiva. El equilibrio-desequilibrio de la igualdad, de la fortaleza del fútbol español. Creo que es al contrario. Si algo parece claro entre todos estos devaneos que nos traemos entre manos es que la Liga española ya no es la Liga de las estrellas, y que el nuestro ha dejado de ser el mejor campeonato. La tierra de promisión es hoy Inglaterra. La Premier es la premier. La primera. Los euros se han convertido en libras. Lo inventores del fútbol, los autodidactas, se han bajado del pedestal y aprenden de otros campeonatos y estilos. Importan estrellas y técnicos. Renuevan sus decrépitos estadios. Han reconvertido, parece, los modales de sus indesmayables aficiones. Y cotizan en la bolsa internacional, con los inversionistas norteamericanos, judíos o kuwaitíes disputándose la titularidad de sus acciones. No sé si es lo mejor o lo peor. Vendrán los románticos y los que cultivan la nostalgia esgrimiendo la pérdida de las esencias y la desvirtuación del fútbol, pero éste es ya un puro espectáculo en el que estamos metidos desde hace mucho tiempo.

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